Uruguay está siendo testigo de una mascarada nauseabunda que desnuda al periodismo como lo que realmente es: una pandilla de operadores mediáticos al servicio de la izquierda y del consenso socialdemócrata, es decir la clase política en su conjunto; que Yamandú Orsi representa con su gobierno entrante del 1 de marzo de 2025.
Lo que alguna vez se vendió como un oficio noble, dedicado a la verdad y la fiscalización del poder, se ha convertido en una farsa grotesca donde comunicadores como Martín Lees, Iliana da Silva, Verónica Amorelli y Leonardo Silvera abandonan sin pudor las redacciones y los sets de televisión para trepar a cargos públicos en la administración de Orsi. Lo cual deja en evidencia entre líneas que estos 5 años anteriores se dedicaron a operar mediáticamente.
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Esto no es un cambio de profesión; es la confesión definitiva de que su supuesta independencia fue siempre una mentira, una herramienta para manipular a la opinión pública y apuntalar una agenda política que ahora los recompensa con sueldos estatales. El periodismo uruguayo no tiene credibilidad porque nunca la tuvo: es un nido de propagandistas disfrazados de informadores.
Tomemos a Martín Lees, por ejemplo. Durante más de 30 años fue el rostro de Subrayado en Canal 10, que leía noticias con esa calma impostada que hacía creer a las abuelas que estaban frente a un periodista serio. En diciembre de 2024, tras un retiro que duró lo que un suspiro, anunció que será el director de Comunicación Presidencial de Orsi. ¿Qué hacía Lees en 2019, cuando entrevistaba a Daniel Martínez en plena campaña? ¿O en 2015, cuando cubría los actos de Tabaré Vázquez? Su tono neutro, sus preguntas tibias, eran puro teatro: estaba allanando el camino para el Frente Amplio, operando desde las sombras mientras fingía imparcialidad. Ahora, desde la Torre Ejecutiva, no informará: maquillará discursos y filtrará verdades incómodas.

Luego está Iliana da Silva, la sonrisa confiable de Telemundo en Canal 12. Hasta enero de 2025, presentaba el noticiero de las 19 con esa mezcla de serenidad y autoridad que la hacía parecer una fuente fiable. Pero su anuncio de que será subdirectora de Comunicación bajo Lees destrozó esa credibilidad. ¿Recuerdan su cobertura del paro general de 2022, cuando el PIT-CNT paralizó el país? Su relato fue tan suave con los sindicatos —aliados históricos del Frente Amplio— que parecía un publirreportaje. Durante años, da Silva usó su silla en el noticiero para moldear percepciones, no para cuestionarlas. Su salto al gobierno es la prueba: no era periodista, era una operadora mediática esperando el momento de cobrar su cheque en la administración socialdemócrata.
Verónica Amorelli, panelista de "Esta boca es mía" también de Canal 12, es otra pieza de este rompecabezas podrido. El 15 de enero de 2025, entre lágrimas y frases vagas sobre “nuevos horizontes”, se despidió del programa para sumarse a la secretaría de prensa de la Intendencia de Canelones, el feudo de Orsi donde el Frente Amplio reina desde hace décadas. ¿Qué decía Amorelli en 2023, cuando debatía sobre los impuestos municipales en el programa? Criticaba con la boca chica, siempre cuidando de no herir a sus futuros jefes. Su paso por la órbita de Carámbula en 2020, como asesora informal, ya olía a compromiso político. Ahora, desde Canelones, seguirá operando, pero sin el esfuerzo de fingir neutralidad. Su credibilidad era tan sólida como un castillo de naipes en un huracán.









