Uruguay siempre se ha jactado de ser "la Suiza de América", un oasis de institucionalidad, transparencia y bajo nivel de corrupción en una región plagada de vicios. Ese relato de excepcionalidad, repetido hasta el cansancio por políticos, intelectuales y medios progresistas, ha servido durante décadas como escudo para evitar cualquier autocrítica profunda. Pero los hechos, implacables como siempre, terminan por derribar los mitos más arraigados. Y pocos casos lo ilustran mejor que el de Sebastián Marset, el narcotraficante uruguayo que durante años burló a las autoridades de varios países... hasta que Bolivia, ese país al que muchos miran por encima del hombro, logró lo que el Estado uruguayo no pudo ni quiso: atraparlo.
El 13 de marzo de 2026, en un operativo respaldado por la DEA, las fuerzas de seguridad bolivianas capturaron a Marset en Santa Cruz de la Sierra. No hubo fuga milagrosa esta vez. El hombre que se paseaba por la región con múltiples identidades falsas, que administraba un equipo de fútbol de segunda división y que figuraba en las listas de los más buscados por Interpol, Europol y la justicia de Paraguay, Brasil y Estados Unidos, terminó esposado y extraditado rápidamente a EE.UU. Bolivia demostró que, cuando hay voluntad política y coordinación internacional efectiva, los narcos de alto perfil caen. Punto.
Mientras tanto, en Uruguay, el mismo Estado que se supone "excepcional" le facilitó a Marset las herramientas para seguir operando. Recordemos los hechos: en octubre de 2021, Marset fue detenido en Dubái por ingresar con un pasaporte paraguayo falso. Preso en Emiratos Árabes, solicitó ayuda a la Cancillería uruguaya. Y aquí viene lo escandaloso: el gobierno de entonces (bajo Luis Lacalle Pou) le tramitó y entregó un pasaporte uruguayo con una celeridad inusitada, incluso enviándolo en valija diplomática. Funcionarios ignoraron alertas de sus propios diplomáticos en el exterior y desoyeron recomendaciones de no apresurar el trámite.
Ese pasaporte no fue un mero documento administrativo. Fue la llave que abrió la puerta de la cárcel en Dubái y permitió que Marset huyera sin obstáculos. Con él en mano, se instaló en Bolivia, donde vivió bajo otra identidad (incluso con documentos brasileños o bolivianos falsos), invirtió en fútbol y siguió moviendo toneladas de cocaína hacia Europa. El escándalo derivó en renuncias en cadena: la vicecanciller Carolina Ache, el canciller Francisco Bustillo, el ministro del Interior Luis Alberto Heber, el subsecretario Guillermo Maciel y otros. Investigaciones judiciales, chats reveladores ("pierda el celular"), expedientes destruidos o "perdidos"... Todo un festival de irregularidades que, sin embargo, terminó archivado en Uruguay por "falta de delito", porque técnicamente Marset tenía derecho al pasaporte.








