En lo personal, dado los precios, tuve muchos viajes en el 2016 y aproveché para conversar con los choferes y me interesaba saber como les iba. Ninguno estaba desconforme, algunos decían "me sirve" "es un extra" y la mayoría "me viene muy bien".
Usuarios contentos, trabajadores contentos. ¿Qué pasó entonces? Perdía el Estado y los empresarios, entonces bajo la mantra de "la seguridad" empezó a través de sus garras, sumado al lobby empresarial y sindical, a meter mano "para dar seguridad a todos"
A partir de ahí todo cambió. Los testimonios de los usuarios son unánimes: los autos ya no están tan limpios, los conductores parecen menos capacitados y los tiempos de espera se han disparado. ¿Casualidad? No. Desde que la Intendencia de Montevideo decidió congelar la incorporación de nuevos permisarios en 2018, la oferta de conductores se ha estancado.
Según un reporte de El Observador, muchos de los permisarios originales ya no manejan, dejando un déficit de vehículos que no se repone. El resultado: menos autos disponibles, más demoras y conductores que, sabiendo que la demanda supera la oferta, se dan el lujo de ser menos atentos. El país del empate ganó de nuevo, pero no hubo empates, hubo ganadores: el Estado, los empresarios y hubo perdedores: el usuario.
Entonces, la regulación, disfrazada de "protección al consumidor", ha creado un cuello de botella artificial. En un mercado libre, la competencia habría obligado a los conductores a mantener altos estándares para no perder clientes frente a otros dispuestos a ofrecer un mejor servicio. Pero con un número limitado de permisos, el incentivo para mejorar desaparece. ¿Por qué limpiar el auto o ser puntual si igual vas a tener pasajeros? El usuario, atrapado en un sistema donde no hay alternativas, termina pagando el precio de esta mediocridad impuesta.













