El gobierno te mintió. Sí. Pero el gobierno de Lacalle Pou también
porPedro Ponce De León
Política
La casa política uruguaya ambiente a la población y eso degrada la creencia de los ciudadanos en los partidos políticos.
Vamos al grano, sin anestesia ni paños tibios. Yamandú Orsi, ese candidato del Frente Amplio que se vendió como el hombre del pueblo, el exintendente de Canelones con pinta de gaucho moderno, nos bombardeó con mentiras que ya son marca registrada de la izquierda uruguaya. ¿Recuerdan cuando juraba que el Frente había dejado las cuentas en orden en 2020, con un déficit fiscal controlado y una economía blindada? Pura fábula. El agujero fiscal que heredó Lacalle Pou era un pozo sin fondo, inflado por años de despilfarro clientelista y subsidios a diestra y siniestra.
Orsi también mintió sobre la seguridad: prometía mano dura contra el narco, pero su partido miró para otro lado mientras los carteles se instalaban en los barrios. Y ni hablemos de sus cuentos sobre la educación, donde el Frente dejó un sistema en ruinas, con tasas de deserción que avergüenzan a cualquier país serio. Sí, Orsi mintió, como mienten todos los que vienen de esa factoría ideológica que prioriza el relato por sobre la realidad.
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Pero detengámonos aquí, porque el verdadero escándalo no está solo en la izquierda. No, señores. El gobierno de Luis Lacalle Pou, ese que se presentó como el cambio liberal, el que iba a desmantelar el estatismo asfixiante del Frente, también nos mintió. Y lo hizo con una traición que duele más porque vino envuelta en promesas de libertad económica y orden público. Lacalle Pou llegó al poder en 2020 con un mandato claro: romper las cadenas del Estado obeso, combatir el crimen sin piedad y devolverle al ciudadano el control de su vida. ¿Qué hizo? Absolutamente nada en los frentes que importaban. Peor: perpetuó el sistema que alimenta a la izquierda, allanándole el camino para su regreso triunfal.
Empecemos por lo obvio, lo que duele en el bolsillo todos los días: los combustibles. ¿Cuántas veces prometió Lacalle Pou desmonopolizar ANCAP, esa vaca sagrada del estatismo uruguayo? Cero acción. Siguió el monopolio intacto, con precios inflados por ineficiencias y corrupción histórica, mientras los uruguayos pagamos nafta a precio de oro. ¿Por qué? Porque tocar ANCAP es tocar el nervio de los sindicatos y la izquierda enquistada en el Estado. Lacalle optó por la comodidad, por no pelear la batalla que podía liberar el mercado y bajar costos para todos. Resultado: la gente sigue atada a un monopolio soviético, y la izquierda usa eso como munición para gritar "privatización" cada vez que alguien propone competencia real.
Y el gasto público, ese monstruo que devora el 30% del PBI uruguayo. Lacalle Pou juró bajarlo, recortar el derroche en ministerios inflados y planes sociales que premian la vagancia. ¿Qué pasó? El gasto siguió escalando, con un Estado que crece como cáncer. No tocó un pelo a los ñoquis, esos parásitos que cobran sin trabajar, ni a los planes sociales que mantienen a generaciones enteras en la dependencia eterna. ¿Por qué no les sacó los subsidios a los vagos que podrían laburar pero eligen el asistencialismo? Porque eso requeriría coraje político, algo que Lacalle demostró no tener.
Prefirió el populismo light: mantener el clientelismo para no perder votos, mientras el déficit fiscal se mantiene en niveles obscenos, por encima del 4% del PBI. ¿Reducir el déficit? Otra mentira. Lo maquilló con deuda y ajustes cosméticos, pero el agujero estructural sigue ahí, listo para explotar en la cara del próximo gobierno.
Ahora, la inseguridad pública, el flagelo que nos roba la paz diaria. Lacalle Pou rechazó de plano el modelo Bukele, ese que en El Salvador aplastó a las pandillas con mano de hierro y devolvió las calles a la gente decente. "No es nuestro estilo", dijo, como si el "estilo uruguayo" fuera resignarse a los narcos y los robos. ¿Combatió con fuerza la delincuencia? No. Optó por reformas tibias, leyes que suenan bien en el papel pero fallan en la calle. Los homicidios bajaron un poco, sí, pero los asaltos, el narcomenudeo y la violencia en los barrios persisten porque no hubo una ofensiva total. Rechazar a Bukele fue rechazar la victoria sobre el crimen, priorizando un "humanismo" que en realidad es debilidad ante los criminales. ¿Resultado? La gente vive con miedo, y la izquierda capitaliza eso con su retórica de "derechos humanos" para los delincuentes.
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Todo esto, esta suma de cobardías y omisiones, es lo que le dio oxígeno a la izquierda. Lacalle Pou no desmanteló el poder del Estado, no cortó las raíces del clientelismo que nutre al Frente Amplio. Mantuvo el gasto alto, los monopolios intactos, el déficit galopante y la inseguridad latente. ¿Qué esperaban? Que la gente, asfixiada por impuestos y precios, votara por más de lo mismo? No. El Frente volvió porque Lacalle les dejó el terreno servido: un Estado omnipotente que la izquierda sabe manejar mejor que nadie. Si hubiéramos tenido un gobierno verdaderamente liberal, uno que cortara el gasto, liberara mercados y aplastara el crimen sin miramientos, el Frente estaría en las catacumbas de la historia. Pero no. Lacalle mintió, traicionó el mandato y abrió la puerta al regreso del socialismo.
Uruguay merece más que esta alternancia de mentiras. Merece libertad real, no parches. Es hora de despertar.