Hay frases que, sin quererlo, se convierten en epitafios. El presidente Orsi eligió abrir su conferencia del 7 de abril con una sentencia que buscaba sonar compasiva: “la calle no es un lugar para vivir”. Tiene razón. Pero hay una pregunta que esa frase no puede esquivar: ¿quién convirtió la calle en lo que es hoy?

La respuesta está en los propios datos del gobierno. En una década, la cantidad de personas durmiendo en la calle en Uruguay se triplicó. Hoy ya no es una cifra: es una escena cotidiana en cualquier esquina de Montevideo. No en un país en guerra. No bajo una dictadura. En el Uruguay progresista, del Estado presente, del gasto social en expansión permanente. El Uruguay que el Frente Amplio gobernó durante quince años y que ahora, con cara de preocupación genuina, descubre que tiene un problema “mucho más grande” de lo que se suponía.
Orsi lo dijo sin anestesia: “hemos pasado quienes estamos en los gobiernos y el número creció”. Pasaron Vázquez, Mujica, Vázquez de nuevo. Pasaron los planes, los ministerios, los recursos, las declaraciones. Y la calle siguió llenándose.
El asistencialismo no es una solución. Es una industria que necesita que el problema nunca se termine.
La respuesta ante este fracaso acumulado no es revisar el modelo. Es profundizarlo. El nuevo plan —“Estrategia Nacional Integral para el Abordaje de la Situación de Calle”— propone 42 medidas y un enfoque bautizado “las tres V”: Vínculo, Vivienda y Vida. El ministro Civila se mostró orgulloso: pasaron de 5.000 a 8.000 plazas de alojamiento. El problema, mientras tanto, triplicó su tamaño.
Ahí está, en un solo párrafo, la lógica del progresismo asistencial: el Estado crece, los indicadores del Estado mejoran y el problema que el Estado dice combatir también crece. No es una paradoja. Es el modelo funcionando exactamente como fue diseñado.
El asistencialismo no resuelve la marginación: la administra. Cada refugio que se abre es, simultáneamente, una respuesta a un sufrimiento real y un incentivo institucional para que ese sufrimiento persista. Un sistema que mide su éxito por la cantidad de personas que atiende nunca tiene incentivos reales para reducir esa cantidad. El resultado es el ciudadano convertido en beneficiario crónico y el Estado convertido en niñera sin límites.
Las causas que el Frente Amplio no puede nombrar sin traicionarse
Orsi señaló que el 60% de las personas en situación de calle pasó por la cárcel o el INISA. Mencionó las adicciones. Citó el narcotráfico. Habló de salud mental. Todo correcto. Todo insuficiente.
Porque faltó la pregunta que quince años de gobiernos frenteamplistas nunca pudieron hacerse en voz alta: ¿qué rol jugó la desintegración de la familia, el debilitamiento de las redes comunitarias y la cultura de la dependencia que el propio Estado progresista cultivó? El Frente Amplio interpretó la calle como consecuencia exclusiva de un “sistema” cruel. Rara vez aceptó que también es resultado de decisiones personales, de adicciones sin tratamiento efectivo, de familias desarmadas, de una cultura que romantiza la marginalidad en lugar de exigir responsabilidad.
La triplicación no es un accidente. Es el fruto previsible de una lógica que nunca se preguntó por las causas profundas, porque hacerlo hubiera implicado cuestionar sus propios supuestos.
El narcotráfico que Orsi menciona creció bajo su coalición, en sus ciudades, en sus barrios. Las adicciones que cita tampoco son ajenas a las políticas de su espacio, que durante años normalizó el consumo como derecho individual sin hacerse cargo del costo colectivo.
El diagnóstico correcto, la medicina equivocada








