Martín Aguirre, director de El País, no analiza la política uruguaya. La administra desde una posición que no es neutral. En su columna del 14 de junio ataca a los sectores de la oposición que exigieron ir “hasta el hueso” contra el presidente Orsi por el caso de la camioneta y luego señalaron la debilidad de sus propios dirigentes.
Los llama “foquismo de derecha”, los acusa de ensañarse con los “liderazgos propios, tradicionales y dialogantes” y advierte que dañan la democracia al rechazar la negociación.
Resulta difícil no notar que esa postura coincide con el interés de un diario que depende, como toda la prensa comercial, de sponsors y de pauta oficial de los gobiernos de turno, incluido el Frente Amplio. No es necesario asumir mala fe para ver que esa estructura de financiamiento no incentiva precisamente el cuestionamiento de fondo.
Por eso critica al oficialismo solo en superficialidades —un descuento en una camioneta, una declaración jurada— pero rara vez va al fondo: el aparato estatal sobredimensionado, el clientelismo generalizado, la educación pública que produce fracaso masivo generación tras generación, las regulaciones que ahogan la actividad privada y el gasto público que se financia con impuestos altos y deuda.
Esa es la línea que mantiene Aguirre. Prefiere la oposición dialogante, la que negocia, la que no rompe estructuras. Esa es, a su juicio, la derechita cobarde que protege.
La que tuvo cinco años de gobierno con Luis Lacalle Pou y mayorías parlamentarias suficientes para hacer reformas de fondo, pero eligió el centro. El centro que significa no tocar lo esencial, gestionar lo heredado y entregar continuidad.
No se desarmó el aparato clientelar, no se reformó de verdad la educación, no se redujo el peso del Estado sobre la economía. Se administró el sistema. Y Aguirre ahora sale a blindar esa misma lógica en la oposición actual.










