ADN y la Revolución Ciudadana se reparten 134 de las 151 curules. Esto significa que los otros partidos están políticamente liquidados, sin figuras visibles ni estructura que los respalde de cara a futuros procesos seccionales.
Las reformas al Código de la Democracia son urgentes, pero las autoridades electorales han actuado con pasividad. Mientras tanto, cada nuevo proceso electoral se llena de nombres que nadie conoce y que no representan a nadie. La única alternativa para salvar la institucionalidad democrática es obligar por ley a la existencia de partidos con vida orgánica, formación de cuadros, democracia interna y representación verificable. De lo contrario, el país seguirá en manos de maquinarias políticas sin alma.
El correísmo destruyó los partidos con su modelo personalista y clientelar. Y ahora, tras su propio colapso, dejó tras de sí un páramo político donde solo sobreviven las agrupaciones con capacidad de controlar el poder o resistirlo.
Sin renovación ni alternativas reales, la democracia ecuatoriana se convierte en una ficción cada cuatro años.