Guanajuato, como muchos otros estados, está empezando a vivir con mayor intensidad una especie de “efecto 2018”: el brincolín de la política, donde cuadros, operadores, liderazgos y estructuras completas comienzan a calcular desde qué trampolín conviene saltar rumbo a la siguiente elección. Y tiene lógica: cuando durante décadas una fuerza política ha dominado un estado y de pronto aparece la posibilidad real de disputarle la corona, empieza el tianguis de fichajes. El problema es que seguimos analizando el chapulineo como si fuera únicamente un asunto de traición, principios, ideología o colores. No. La política también funciona con incentivos, supervivencia, oportunidades, rentas y, sobre todo, capital político. Creer que todo mundo se afilia a un partido porque un domingo leyó sus estatutosen la pasada, se conmovió con sus principios de doctrina y decidió entregar su vida a la causa es bonito para una ceremonia de aniversario con la tóxica, pero como explicación del comportamiento político, es bastante ingenuo por no decir otra palabra. La gente también busca influencia, crecimiento, posiciones, capacidad de decisión, acceso al poder o posibilidades de incidir en la vida pública. ¿Existen convicciones? Claro que las hay; nada más que las convicciones también comen y sueñan.
Pensemos en un perfil que lleva años dentro de un partido. Conoce territorio, sabe operar una campaña, tiene relaciones, entiende determinadas estructuras, quizá mueve gente y hasta ha ocupado alguna responsabilidad pública, pero dentro de su propia organización sigue sentado en la tercera fila viendo cómo pasan los mismos de siempre. O peor: es de esos militantes a los que nadie recuerda hasta que hace falta una firma, una bandera, una matraca, llenar veinte sillas para la fotografía, conseguir representantes de casilla, pegar medallones en un crucero o caminar una colonia bajo el sol. Para la dirigencia es importantísimo, por supuesto… aproximadamente tres meses cada tres años. De repente llega otro partido y le dice: “acá sí me sirves”. Le hacen fiesta, anuncian su incorporación, le toman fotografías, lo presentan como una adquisición estratégica, negocian compromisos y le hacen saber que, si las cosas salen bien, habrá silla en la mesa de los grandes. Seamos intelectualmente honestos: ¿de verdad cuesta tanto entender por qué se cambia? Quizá no abandonó una carrera política extraordinaria; quizá simplemente dejó un lugar donde era utilería para entrar a otro donde, por la coyuntura electoral, su activo acaba de subir de precio. Eso no necesariamente es traición. A veces es puro arbitraje político: donde uno te cotiza en cero, otro descubre que vales diez.
Por eso el verdadero problema no empieza necesariamente con el que brinca, sino cuando su llegada altera el mercado interno del partido que lo recibe. Porque un político con capital nunca llega solo. Llega con familia política, operadores, liderazgos territoriales, líderes con presencia en colonias, asociaciones, relaciones empresariales, conocimiento electoral, posibles financiadores, movilizadores, votos y una bonita lista de compromisos que, curiosamente, no aparece en la fotografía de bienvenida. Y todo eso tiene precio. Cuando un partido entra en modo competitivo, su incentivo natural es acumular cuantos activos pueda, aunque doctrinariamente tengan la consistencia de una gelatina. Además, fichar a un adversario tiene doble rendimiento: no solamente sumas lo que trae; también se lo quitas al contrario. En términos electorales es una gran operación. En términos internos, empieza la gentrificación partidista: llegan nuevos vecinos con mayor poder adquisitivo político para las cúpulas del partido y, de repente, los habitantes de toda la vida descubren que ya no les alcanza para vivir en su propio partido.
Morena entendió muy bien esa lógica durante su expansión y los demás partidos la replican. Su crecimiento no consistió únicamente en aumentar una militancia originaria, sino en construir una coalición política mucho más amplia, incorporando cuadros, operadores, liderazgos y estructuras provenientes de prácticamente todo el sistema de partidos, fueran buenos, malos u horrorosos. Personajes que durante años habían estado en trincheras contrarias e inclusive nexos con el crimen organizado, para terminarcompartiendo proyecto porque, electoralmente, la operación tenía sentido. Desde la doctrina podían existir contradicciones obvias; desde la acumulación de poder, la matemática era impecable: sumar, quitarle activos al adversario y seguir sumando hasta hacer cada vez más difícil competir contra ti. Algo parecido a una concentración de mercado, nada más que en vez de comprar competidores compras capital político. Si trae estructura, cabe en la foto; la congruencia y los antecedentes ya se revisan luego, si sobra tiempo.
Y ahí viene la parte que casi nunca aparece en el comunicado de prensa: ese capital político externo jamás llega de a gratis. Cuando incorporas un liderazgo también importas sus compromisos. El recién llegado rara vez entra diciendo: “gracias por recibirme, no quiero absolutamente nada y mi gente tampoco, pero aquí me siento en la reunión”. Sería precioso, casi una aparición angelical. Lo normal es que llegue acompañado de operadores que apostaron por él, colaboradores que abandonaron espacios, cuadros que esperan continuidad y aliados que quieren cobrar el riesgo de haberse cambiado de camiseta. Entonces comienza la verdadera integración: candidaturas, regidurías, direcciones, secretarías, asesorías, posiciones administrativas, espacios de representación ysobre todo las bellas promesas presentes y futuras. En ciencia política podemos llamarlo distribución de incentivos selectivos; en grilla se llama “a ver, ¿dónde acomodamos a los que se vinieron?” Y esas sillas no se fabrican mágicamente. Salen del mismo comedor donde llevaba años formada la militancia propia por el color que la ciudadanía escogía en esto llamado partidocracia (no le hagamos con que es una democracia).
Ahí está la parte que sí debería preocupar a los partidos. Imaginen al militante que lleva veinte o treinta años haciendo campañas, pagando cuotas, cuidando casillas, organizando secciones, poniendo lonas, consiguiendo gente, defendiendo derrotas y aguantando candidatos que ni él hubiera escogido. Durante años le dijeron que tuviera paciencia, que siguiera trabajando, que el partido reconoce la trayectoria y que “ya vendrán los tiempos”. Un buen día entra por la puerta grande alguien que seis meses antes estaba enfrente y recibe reflector, capacidad de negociación y posibilidades reales de ocupar una posición. Entonces el militante descubre una diferencia bastante dolorosa: su lealtad tenía valor sentimental; el capital político del recién llegado tenía precio de mercado. A uno le dieron un diploma por veinte años de servicio y al otro le preguntaron qué quería para firmar.
Eso crea uno de los incentivos más desleales dentro de cualquier organización: “si quedarte veinte años no logró incrementa tu valor y no fichaste al menos un huesito mediano, pero irte, construir capital afuera y después negociar tu regreso —o tu incorporación al vecino— sí lo hace, el propio sistema partidista termina subsidiando el chapulineo que después condena en los discursos”. Es casi un programa de recompensas: acumule estructura afuera y cámbiela por mejores beneficios. Por eso tampoco todos los que se van merecen automáticamente el calificativo de traidores. Hay quien brinca por oportunismo puro, claro; la política no es precisamente un monasterio benedictino. Pero también hay quien se da cuenta que debes abandonar el partido para que alguien finalmente te ponga el precio justo a lo que sabía hacer. Si una organización solamente descubre el valor de sus cuadros cuando otro partido intenta llevárselos, el problema de recursos humanos no era del cuadro.
Y luego está el activo que todos presumen, pero pocos saben administrar: la lealtad política. Los partidos miden intención de voto, conocimiento, negativos, estructura territorial, rentabilidad electoral y hasta cuántas personas caben en un salón para aparentar músculo. Lo que casi nunca aparece correctamente valuado es el capital organizacional de quienes permanecen cuando no hay candidatura, nómina, presupuesto ni reflectores. Esa gente sostiene partidos enteros durante los años flacos. Paradójicamente, también es la más fácil de patear porque las dirigencias trabajan sobre una hipótesis peligrosísima: “estos güeyes siempre van a estar aquí”. Esa certeza convierte la lealtad en una especie de recurso humano desechable y gratuito.
En concreto, arriba se negocian incorporaciones, candidaturas y posiciones; abajo se organiza el foro de “Escuchemos a nuestra militancia”. Llegan los de siempre, se toman la foto, recuerdan a los fundadores, hablan de unidad, identidad, valores y futuro, y después todos regresan a casa mientras la cúpula continúa negociando exactamente lo que ya tenía decidido. Cada elección vuelven por el mismo militante para que camine la colonia, consiga representantes, llene el evento, defienda al candidato y cuide unas siglas que, con cada operación cupular, reconoce un poquito menos. Mucha épica para pedir el voto y mucha meritocracia para el discurso; a la hora de repartir las sillas, curiosamente siempre aparece una excepción perfectamente justificada. Los mismos de la cúpula conservan su lugar y los outsiders con suficiente capital consiguen boleto preferente que son los únicos que lograrán parar a Morena realmente. Al militante de treinta años le queda la satisfacción de haber sido “pieza fundamental acomodada en la foto en la fila 4” y lo que siempre pasa: no habrá puesto mis chavos, pero muchas gracias por venir y acomodar las sillas.
Eso es parte de lo que ya comienza a de manera descarada y seguramente se intensificará conforme avance el ciclo electoral. Todos van a intentar sumar capital político y sería absurdo fingir sorpresa: electoralmente es racional hacerlo. Si quieres arrebatarle poder a una fuerza dominante, buscas fracturar su estructura, atraer sus cuadros y convertir antiguos adversarios en activos propios. La cuestión verdaderamente interesante no será contar cuántos chapulines cruzaron la calle, sino medir cuánto capital externo puede importar un partido antes de depreciar el capital que ya tenía dentro; cuántos fichajes puede celebrar antes de convertir la lealtad de su militancia en un costo hundido; y cuántas sillas puede entregar a los recién llegados antes de que los de siempre descubran que quizá también ellos deberían ponerse en venta y moverse a otro partido.
Puedes llenar la casa invitando a media colonia, traer a los vecinos más populares y presumir que tienes la fiesta más grande y codiciada del rumbo. El problema empieza cuando quienes llevan años viviendo contigo, pagando las cuentas, arreglando las goteras y cuidando la casa descubren que los recién llegados tienen mesa VIP, barra libre y lugar reservado, mientras a ellos todavía les toca quedarse afuera cuidando los carros.