A los mexicanos nos dolió Chicharito, pero no por aquel penal fallado en un Mundial ni por su declive futbolístico. Nos dolió en lo más profundo del orgullo patrio cuando dijo que las mujeres debían reconectar con su "energía femenina" y cuidar el hogar.
En cuestión de minutos, Twitter explotó, Facebook ardió, y hasta la presidente se dio tiempo para dar clases de moral feminista. Mientras, lejos de las cámaras y del trending topic, Irma, una taxista de 62 años en Veracruz, era secuestrada y obligada a grabar su sentencia de muerte.
Pero tranquilos, según Rocío Nahle, gobernadora del estado, Irma no murió asesinada; solo tuvo un oportuno infarto justo en medio de su secuestro. Una aclaración que, irónicamente, no generó indignación viral en la progresía mexicana, tan sensible y selectiva con sus causas sociales.
México se ha convertido en una sociedad que prefiere la indignación superficial por banalidades mediáticas antes que enfrentar la violencia estructural, la corrupción sistemática y la desigualdad crónica que realmente amenazan con hundir al país en un abismo irreversible.
El mexicano funcional al sistema actual es experto en la indignación conveniente. Un futbolista dice una estupidez, y las redes se incendian y se convierten en la Santa Inquisición del Internet. Pero cuando la sangre real corre en las calles, cuando aparecen cuerpos colgados de puentes o madres buscadoras son asesinadas por exigir justicia, el activismo digital se diluye en un silencio que al poder le resulta estratégicamente útil.
¿Dónde estaban los comunicados corporativos cuando desaparecieron miles de mujeres? ¿Por qué el Estado calla cuando asesinan a niñas junto a su madre como en Sonora? ¿Por qué una muerte por "infarto" durante un secuestro no escandaliza?
Estamos obsesionados con la simbología porque nos permite indignarnos desde el sofá, sin esfuerzo ni consecuencias reales. Pero encarar la violencia estructural, los feminicidios diarios (así tipificados en la legislación mexicana) o el avance incontenible del crimen organizado nos obliga a reconocer nuestra complicidad silenciosa.
Aquí aparecen las figuras incómodas que generan capital, como es el caso de Ricardo Salinas Pliego, incómodo para la narrativa oficialista actual. Un empresario controversial, detestado y admirado a partes iguales, que hoy representa una especie de resistencia cultural frente al discurso único del gobierno.








