El sudor de las frentes del 88% de la población mexicana —que es cristiana— no tiene, de ninguna manera, que ir a parar en impuestos usados para destruir nuestra fe, nuestras familias y tradiciones, en las universidades públicas, que cada día son más un hervidero de socialistas, progre-globalistas y activistas woke.
Donald Trump, en su segundo mandato —iniciado en 2025—, ha declarado la guerra a las universidades que traicionan los valores cristianos, familiares y patriotas. Al congelar 2,200 millones de dólares en fondos federales y 60 millones en contratos a Harvard, Trump apunta al corazón del problema: los programas de Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI), que no son más que un caballo de Troya para imponer ideologías socialistas y anticristianas.
México debe tomar nota y auditar el dinero público que gastan nuestras universidades, desfinanciando de inmediato cualquier iniciativa woke que ataque nuestra fe, nuestra identidad y nuestra soberanía, y que busque instaurar, subliminal o explícitamente, el socialismo de la decadente “4T”. Como mucho de lo que ha propuesto Marx Arriaga (el trasnochado rojillo que lleva en el nombre la penitencia).
Harvard, con su fondo de 53,200 millones de dólares, es el emblema de una educación superior secuestrada por el progre-globalismo. Sus programas DEI, que Trump exige eliminar, promueven políticas de identidad divisivas, priorizando cuotas raciales y de género sobre el mérito.
Estas iniciativas socavan la familia tradicional y la moral cristiana. Qué importante que Trump demande auditorías externas a departamentos académicos y también sanciones a protestas antisemitas disfrazadas de activismo. Harvard se resiste, alegando autonomía, pero los contribuyentes no están obligados a financiar su decadencia.
Pero en México, el panorama es igual de preocupante. La UNAM, la Universidad de Guadalajara y otras instituciones públicas despilfarran millones del erario en cátedras, eventos y proyectos que glorifican ideologías y perspectivas de género, el socialismo y el relativismo moral. ¿Cuánto se gasta en conferencias que cuestionan la familia natural como núcleo sagrado de unidad social? ¿Cuántas aulas ridiculizan nuestra fe católica?








