En los últimos días, dos casos en México han revelado cómo el discurso del agravio, basado en la identidad, raza, género o clase, está erosionando los principios fundamentales del Estado de Derecho. El primero involucra a la influencer Marianne “N”, quien apuñaló brutalmente a Valentina Gilabert, pareja de su exnovio. A pesar de la gravedad del ataque, algunos de sus seguidores intentan justificarla por su presunta depresión posparto, sugiriendo que debería quedar exenta de responsabilidad penal. Este intento de disculparla no solo es ofensivo para la víctima, sino que establece un peligroso precedente: usar enfermedades mentales como excusa para actos violentos.
El segundo caso es aún más revelador. Un conductor de Uber fue falsamente acusado de acoso sexual por una pasajera que no obtuvo lo que deseaba de él. Afortunadamente, una cámara del vehículo registró todo, demostrando su inocencia. Sin embargo, algunos piden impunidad para la acusadora, sugiriendo que sus posibles trastornos mentales justifican su conducta. Estos casos no solo muestran cómo el discurso ideológico está siendo utilizado para socavar la presunción de inocencia, sino también cómo las acusaciones sin pruebas están siendo aceptadas de manera peligrosa bajo la bandera de la cultura “woke”.












