Vivimos en un país donde la compasión se volvió un filtro de Instagram: se activa solo si la tragedia es estética, extranjera o trending. No es que seamos insensibles. Es que nos hemos vuelto expertos olímpicos en el arte de no sentir. Sentimos lo justo para parecer humanos y moralmente superiores, pero nunca tanto como para hacer algo al respecto.
Esta semana, México volvió a ser tendencia por lo de siempre: asesinatos. El delegado de la FGR en Reynosa, Ernesto Vázquez Reyna, fue ejecutado con una granada lanzada desde una camioneta. Sí, fue escándalo. Sí, fue noticia. Pero también fue otro capítulo más en la larga serie del horror nacional. No fue una serie de Netflix con John Cena: fue la vida real. Aquí, la violencia no necesita efectos especiales ni soundtrack. Solo impunidad, rutina y scroll.
Mientras los progres de exportación se rasgan las vestiduras por Sydney Sweeney o cualquier trending topic con valores inclusivos, México rebasa las 130,000 personas desaparecidas. No es una cifra: es una tragedia histórica. Hay miles de fosas clandestinas, muchas aún sin abrir, otras rebautizadas como “hallazgos” para no manchar más el discurso oficial. Tan solo recordemos Teuchitlán, Jalisco, donde operaron hornos clandestinos con precisión industrial. Carolina Robledo lo dice claro: "Teuchitlán es una maquinaria industrial de desaparición, diseñada para deshacerse de cuerpos sin dejar huella".
Y no es la única. Veracruz, Sinaloa, Colima, Chihuahua, San Luis Potosí, CDMX, Guanajuato, Guerrero, Tabasco, Estado de México, Tamaulipas, Sonora… el país entero huele a tierra removida y cuerpos ausentes.
¿Y la respuesta nacional? Nada. Ni un temblor en la conciencia, pero sí una estrategia milimétrica de cajas chinas para mantener al país distraído con el trending topic del día. Porque aquí el horror necesita competir con memes, reality shows y peleas de influencers para lograr al menos cinco minutos de atención. Y eso que ni siquiera hemos hablado del escándalo monumental del senador narcotraficante Augusto Gómez Villanueva, que en cualquier democracia decente habría provocado renuncias masivas, protestas y portadas internacionales; pero aquí apenas y logró colarse entre el video de un perro que baila salsa y una campaña de mezclilla con mensaje “inclusivo”. Porque cuando el horror es diario, deja de ser noticia.
La ciencia lo explica, aunque duela. Cuando una sociedad es expuesta crónicamente a la violencia, el cerebro se apaga emocionalmente. El sistema límbico, que regula nuestras emociones, reduce su actividad como mecanismo de defensa. Es decir: nos apagamos por dentro para poder seguir vivos por fuera.
Estudios con jóvenes mexicanos muestran que la sobreexposición a violencia —en redes, medios y la calle— modifica profundamente la respuesta emocional: las ejecuciones ya no provocan horror, las madres buscadoras se ven como notas costumbristas, y las fosas como puntos turísticos en Google Maps.








