Teuchitlán no es un caso aislado. Es la derrota moral de un país que no ha sabido enfrentar al crimen organizado, de autoridades incapaces —y sin voluntad— para frenar la impunidad, y de una sociedad que ha sido bastante permisiva ante el abandono de sus gobernantes.
El gobierno quedó exhibido en su absoluta incompetencia, con una actuación torpe. La sociedad no ha sabido exigir con la suficiente insistencia y, sobre todo, cientos de familias han sido mutiladas por la crueldad de los cárteles y la negligencia gubernamental.
Cada año nos hemos asombrado e indignado menos con descubrimientos escandalosos de sitios dedicados al asesinato de personas. Hemos pasado de la desaparición de individuos por disputas entre grupos criminales a horrores como las fosas clandestinas de San Fernando, Tamaulipas, donde migrantes fueron sacrificados por no poder pagar rescates. Ahora, en Teuchitlán, encontramos un centro de reclutamiento forzado de jóvenes, víctimas del hambre y la falta de oportunidades, con todo y sus tan mencionados programas clientelares de "Jóvenes Construyendo el Futuro"... a menos que convertirse en cenizas sea el futuro que les quieren ofrecer.









