Durante décadas los argentinos aprendimos a vivir con una certeza desmoralizante: hiciéramos lo que hiciéramos, el país no crecía. La convertimos casi en parte de nuestra identidad. Inventamos teorías para explicar ese yugo que nos aplastaba: la restricción externa, la puja distributiva, el complot del mundo contra nosotros, y nos resignamos a administrar la decadencia como si fuera un destino. Pero no era un destino, era una decisión. Habíamos elegido prohibirnos el crecimiento, y lo cumplimos con una disciplina que asombra.
Lo notable de este momento es que esa decisión se revirtió con la llegada de nuestro presidente Javier Milei a una velocidad que pocos imaginaban.
La reforma a la Ley de Glaciares no es un ajuste técnico: destraba las minas de cobre, plata y oro más grandes del mundo, que habíamos elegido ignorar mientras Chile, del otro lado de la misma cordillera, exportaba lo que nosotros teníamos prohibido.









