Hay algo que el kirchnerismo hizo extraordinariamente bien durante veinte años: convertir el gasto público en una virtud moral. Si un organismo recibía más dinero, era porque el Estado “invertía”; si incorporaba empleados, era porque “ampliaba capacidades”; si un proyecto se volvía cada vez más costoso, había que interpretar ese gasto como una prueba de compromiso nacional. Preguntar qué había producido concretamente todo ese dinero terminaba pareciendo, en ese universo ideológico, una forma de herejía.
El proyecto Tronador permite observar esa maquinaria en estado casi perfecto. La discusión volvió a instalarse después de una entrevista a Noel de Castro, ingeniera biomédica argentina y candidata a integrar una futura misión espacial privada de Axiom Space, quien cuestionó con dureza la administración de recursos del programa espacial argentino. Según sostuvo, la Argentina habría gastado alrededor de USD 600 millones en el desarrollo del lanzador Tronador sin conseguir concretarlo.
La comparación que planteó fue todavía más incómoda. De Castro recordó que el desarrollo del Falcon 1 de SpaceX costó aproximadamente USD 90 millones. NASA respaldó esa cifra y también estimó en alrededor de USD 300 millones el desarrollo posterior del Falcon 9. Es decir, unos USD 390 millones para dos lanzadores que efectivamente alcanzaron el espacio.
Argentina tomó un camino muy distinto.
Desde 2007, alrededor de Tronador hubo prototipos, motores, ensayos, infraestructura, contratos, técnicos, funcionarios, presentaciones oficiales y nuevas etapas de desarrollo. También hubo avances tecnológicos reales y pruebas exitosas. Pero casi veinte años después sigue faltando aquello que debía justificar todo el programa: un lanzador Tronador operativo capaz de colocar una carga argentina en órbita.









