Hay países que necesitan convencer a los empresarios para que inviertan. Argentina pasó demasiado tiempo haciendo algo todavía peor: convenciéndolos de que invertir podía ser una forma sofisticada de ponerse voluntariamente en manos del Estado. Cambios impositivos, controles cambiarios, cepos, regulaciones nuevas y reglas modificadas cuando el capital ya estaba hundido transformaron una actividad económica normal en una apuesta política.
El RIGI nació precisamente para empezar a romper con esa historia. La primera Ronda de Negocios realizada esta semana en Rosario reunió a 43 grandes compañías y organizó más de 2.100 reuniones comerciales, mientras el Gobierno informó que más de 1.200 proveedores ya están vinculados a proyectos aprobados bajo el régimen. Pero el dato verdaderamente interesante no es cuántas empresas entraron a un salón, sino por qué ahora están dispuestas a poner capital.
Estabilidad fiscal, previsibilidad cambiaria, reglas aduaneras claras, seguridad jurídica y horizontes suficientemente largos para recuperar inversiones que tardan años en madurar. El capital no necesita que un funcionario lo felicite por invertir ni discursos sobre patriotismo empresarial. Necesita saber qué impuestos pagará, si podrá importar una máquina, qué ocurrirá con los dólares que genere y si un contrato firmado hoy seguirá significando lo mismo dentro de diez años.
Eso debería ser normal. En Argentina dejó de serlo.










