“Las estadísticas sirven justamente para que nosotros no tengamos que sentir.” La frase no es de Toto Caputo. No es del Presidente Javier Milei. No está traducida del alemán de alguna cita perdida de Hayek o Mises. La cita pertenece a Iván Schargrodsky. Alguien que nadie, con un mínimo de honestidad intelectual, podría confundir con un liberal.
¿Por qué arranco esta columna con esa cita? Porque si uno prende la televisión, escucha la radio o lee los diarios que, hasta no hace mucho, representaban la voz de la “centro-derecha” argentina, parecería que el país está sumido en una crisis terminal. Que la economía no arranca. Que no hay empleo. Que la inflación no cede. El relato es coherente y consistente. Pero sobre todo, completamente desconectado de los números.
Los números fríos cuentan una historia muy distinta. El principal problema de los grandes medios argentinos es su AMBA-centrismo crónico y una haraganería intelectual que les impide ver más allá del Conurbano bonaerense. La Argentina no es el microcentro porteño. No es Palermo. No es La Matanza. Y sin embargo, esas coordenadas geográficas y mentales definen la agenda de casi toda la prensa nacional.
Lo que está ocurriendo en Argentina es algo que no tiene paralelos recientes en nuestra historia, pero sí los tiene en la historia universal. Federico Fernández, presidente de la Fundación Bases, siempre dice que la gesta que Milei está llevando adelante es comparable a lo que hicieron el ex primer ministro Mart Laar en Estonia y Leszek Balcerowicz en Polonia tras la caída del comunismo. Balcerowicz, ministro de Economía polaco, es el padre de la llamada “terapia de shock”: liberación de precios, apertura comercial y ajuste fiscal en simultáneo, de golpe, sin gradualismo. En su momento fue devastadoramente impopular.
Hoy Polonia es la economía más exitosa de Europa del Este. Esos países salieron del yugo de la planificación central con reformas de mercado radicales, dolorosas en el corto plazo e indiscutiblemente transformadoras en el mediano y largo plazo. Argentina está en el medio de esa misma clase de proceso.
Esa transformación tiene como consecuencia inexorable una reasignación de recursos. Los factores productivos —capital y trabajo— se mueven de sectores menos productivos hacia sectores más dinámicos y competitivos. Ese proceso no es indoloro —nunca lo fue en ningún país del mundo— pero confundir los dolores del parto con una enfermedad terminal es un error analítico grave, o una operación política deliberada. En cualquiera de los dos casos, merece ser señalado.
Nuestro país tiene inmensas ventajas comparativas en industrias extractivas y recursos naturales que, durante al menos treinta años, habían sido relegadas, estigmatizadas y explícitamente esquilmadas por los gobiernos de turno. Estamos hablando del petróleo —encorsetado durante décadas por el barril criollo—, la minería —prohibida o bloqueada en gran parte del territorio nacional por presiones ideológicas y corporativas— y el agro —saqueado de manera descarada mediante retenciones cuasi confiscatorias que desalentaron la inversión y premiaron la improductividad—.
Es natural —más aún, era predecible— que tan sólo con sacarle la bota de la yugular a estas industrias, estas mostraran crecimientos exponenciales. No se necesita ningún milagro. Basta con dejar de ahogar lo que de por sí quiere crecer. Vaca Muerta no apareció de la nada en 2024. Estaba ahí. Esperando.
Y es falso que estos sectores no generan empleo. El agro representa entre el 20 y el 25% del empleo total del país. La minería genera 4,4 empleos indirectos por cada empleo directo. La industria del petróleo, 7. Son las cadenas de valor más largas y densas de la economía real —las que traccionan camioneros, metalúrgicos, proveedores de servicios, comercios en ciudades que Buenos Aires ni sabe que existen.
El otro lado de esa misma moneda son los sectores que sobrevivían gracias a la demanda artificial. Sea por protección arancelaria —la manufactura industrial, que floreció a la sombra de un Estado que bloqueaba la competencia—, por consumo exacerbado como reacción a un peso que se depreciaba por minuto —restaurantes, indumentaria, consumo masivo—, o por una demanda desproporcionada ante la falta de alternativas viables de inversión —la construcción como vehículo de ahorro en un país sin mercado de capitales funcional—. Esos sectores sufrieron. Y tuvieron razones legítimas para hacerlo.
Pero los propios datos del INDEC muestran que el ajuste está siendo absorbido: comparando el primer trimestre de 2026 contra el mismo período de 2025, la construcción acumula un crecimiento del 2,1% y hotelería un 0,9%. La industria manufacturera sigue en terreno negativo en el acumulado del trimestre (-2,3%), aunque con un rebote de +4,6% en marzo que sugiere que el piso ya quedó atrás. Dos de los tres sectores que los críticos señalan como víctimas del programa ya están creciendo respecto al año anterior. El sufrimiento fue real. El diagnóstico terminal, no.
Vayamos entonces a los números que esta columna vino a mostrar. El EMAE —el Estimador Mensual de Actividad Económica del INDEC— cerró 2025 con un crecimiento acumulado de 4,4%, superando las expectativas del mercado que rondaban el 3,5%. Pero el dato que más importa no es ese: es lo que vimos en el primer trimestre de 2026. El EMAE marcó tres meses consecutivos de 0,4% de crecimiento en la tendencia-ciclo —un ritmo de 5% anual— alcanzando un nuevo máximo histórico de actividad económica. El acumulado del primer trimestre de 2026 arroja un crecimiento del 1,7% contra el mismo período de 2025.
En simultáneo, el dólar lleva meses de una estabilidad que habría parecido ciencia ficción hace apenas dos años, mientras el BCRA cumple con sus metas de reservas para todo el año en tan solo cinco meses. Finalmente, los datos indican que la tasa de inflación habría encontrado techo y se encamina nuevamente hacia un sendero de desinflación.
Con estos números, el humor social —en particular fuera del AMBA— debería empezar a dar la vuelta y encaminar al gobierno hacia mayores chances de un segundo mandato. Las estadísticas, como dijo Schargrodsky, sirven para que no tengamos que sentir. El problema es que en Argentina sentimos demasiado y miramos los números demasiado poco. Y cuando los miramos, los miramos desde una sola esquina del país. Hay una Argentina que está volando. Tiene la decencia de no salir en el noticiero.
Ahora lo importante es que el gobierno no cometa errores a nivel político que podrían empañar todos los logros en materia económica que tanto esfuerzo vienen costando.