Quisieron tumbar a un Gobierno por una elección de concejales. Nacionalizaron un resultado provincial. Volvieron a subestimar a Javier Milei, el mismo al que en campaña llamaban “fenómeno barrial” y hoy los tiene de rodillas ante el sentido común de un pueblo que decidió decir basta. Ganaron una elección local, olfatearon sangre y montaron un operativo 24x7 para destruir al Gobierno nacional. Soñaban con la Asamblea Legislativa, con el helicóptero, con volver al poder para rescatar sus privilegios. Se quedaron con las ganas.
Fueron ocho meses de asedio constante, de titulares apocalípticos, operaciones mediáticas y conspiraciones disfrazadas de “preocupación institucional”. Pero la realidad los arrolló. El pueblo, el domingo pasado, les dio la espalda y convalidó el rumbo. Porque a pesar de los pronósticos del desastre, la pobreza empieza a caer, la inflación se pulveriza y la economía da señales de vida después de dos décadas de socialismo empobrecedor. Milei no solo estabilizó la macro, sino que encendió el motor del crecimiento sobre las bases más sólidas: el orden fiscal, la confianza y la libertad.
El kirchnerismo y sus satélites —esa red parasitaria que vive del miedo y del gasto— no soportan ver un país que avanza sin ellos. Les duele el éxito ajeno. Les duele ver que la Argentina puede respirar sin respirador estatal, que se puede producir, invertir y progresar sin ministerios que digan qué, cómo y cuánto. Torpedearon el programa económico porque la recuperación del país les quita el único relato que les quedaba: el del fracaso como destino inevitable. Sin inflación, sin déficit y sin relato, el kirchnerismo se queda sin oxígeno. Por eso recurren permanentemente al caos, al resentimiento y a la mentira.
Hubo sabotaje político y mediático desde el primer día. Mientras los números se daban vuelta y el mundo aplaudía la transformación, ellos jugaban al colapso. No soportan que la Argentina vuelva a ser creíble, que los mercados reaccionen con optimismo, que las inversiones regresen y que los indicadores se estabilicen. Hoy, luego de las elecciones, se desploma el “Riesgo País”, vuelan los bonos y las acciones, baja la tasa y se estabiliza el dólar entre las bandas. No hay fundamento técnico que explique esa euforia, excepto uno: la certeza de que la Argentina retomó el camino correcto, el del esfuerzo y la libertad.








