De a poco, los cristianos fueron convirtiéndose en la religión oficial del estado. Ante las primeras herejías y diferencias que surgieron, Constantino convocó en el año 325 DC a los obispos cristianos, para que se reunieran en Nicea, en el primer concilio ecuménico, donde se estableció el Credo Niceo-constantinopolitano, que se recita en muchas denominaciones cristianas, hasta el día de hoy; y se condenó al arrianismo, como herejía. De un golpe, Constantino no solamente consiguió unificar el imperio bajo su mando, sino también a la Iglesia Cristiana, que amenazaba con disgregarse.
Fue en Nicea que el Patriarca de Jerusalén, el obispo Macario, le reclamó al emperador que le parecía aberrante que el sitio de la crucifixión y el sepulcro de Cristo, en Jerusalén hubieran sido tapados con escombros, bajo el reinado del emperador Adriano (117-138 DC), que luego se colocó una loza encima y con posterioridad se edificó arriba un templo dedicado a Venus. Que eso era una afrenta a todos los cristianos. Considerando razonable el planteo de Macario, Constantino lo autorizó a derribar el templo pagano y excavar el sitio, en busca de los Santos Lugares.
Eusebio de Cesarea, obispo y primer historiador cristiano, contemporáneo a esos hechos, narró en su “Vida de Constantino”, Libro 3, Cap. XXVI: “Hombres descreídos y profanos concibieron la idea de hacer desaparecer de entre los hombres aquel antro redentor… Y tomándose un gran esfuerzo, cubren todo el lugar con tierra traída de afuera. Después, elevado el nivel del suelo y tras pavimentarlo con losas de piedra, esconden, bajo tan ingente túmulo, la gruta divina. Luego… construyen un oscuro compartimiento al disoluto espíritu de Afrodita, donde ofrecen execrables oblaciones sobre profanos altares”.
En forma concordante, y en ese mismo siglo, San Jerónimo, traductor al latín de la Biblia, desde el griego (la “Vulgata”), también nos dice: “Desde la época de Adriano hasta el reino de Constantino, por espacio de unos 180 años, en el lugar de la resurrección se daba culto a una imagen de Júpiter, y en la roca de la cruz a una estatua en mármol de Venus… Se imaginaban los autores de la persecución que nos quitarían la fe en la Resurrección y en la Cruz si contaminaban los lugares sagrados con sus ídolos”.
Es decir, la tradición de los cristianos había mantenido la ubicación exacta de los Santos Lugares, después de casi trescientos años. ¿Es eso posible? Efectivamente, en primer lugar, no había transcurrido tanto tiempo desde la Pasión de Cristo; que fue un episodio que marcó a fuego a todos sus seguidores, en Jerusalén. Es de imaginarse que el lugar de su Resurrección debió haber sido un sitio de peregrinación, oración y recogimiento para los primeros cristianos; que se deben haber esmerado en preservar esos recuerdos, para la posteridad. Algo similar podría mencionarse entre nosotros, los tucumanos, por ejemplo. La tradición ha conservado que, durante un mes, en 1814, el Gral. José de San Martín residió en la estancia de Pedro Bernabé Gramajo, en la Ramada de Abajo, en Burruyacú, sin que hubiera prueba documental de ese hecho; sucedido hace más de doscientos años. Hasta el día de hoy, todos los 17 de Agosto el Gobierno de la Provincia rinde homenajes al Libertador en ese lugar histórico, que nadie pone en tela de juicio.
Es decir, que la tradición oral puede muy bien guardar la ubicación de espacios de gran relevancia histórica o espiritual, para transmitirlos a la posteridad, máxime si no han pasado tantos años.

















