Hasta el Siglo IV los cristianos se identificaban con los siguientes símbolos: un pez, un ancla, la imagen de un pastor cargando ovejas, un ágape alrededor de la mesa, el monograma de XP, las dos letras griegas, el alfa y el omega, la paloma, que representaba al Espíritu Santo, entre otros.
¿Y entonces, cómo vino luego la Cruz a suplantar a esta simbología primitiva?
Durante el Siglo II el cristianismo se expandió rápidamente por el imperio romano. La nueva fe creció tanto, que primero generó burlas entre los romanos, luego preocupación, después temor y finalmente desató un sinnúmero de persecuciones en contra de esta nueva religión; acusada de “ateísmo”, porque despreciaba a todo el panteón de dioses paganos romanos y no toleraba la relajada moral del Imperio, así como la promiscuidad imperante en Roma.
Se ha conservado, en un muro de un sector dedicado a los sirvientes, en el monte Palatino, en la Ciudad Eterna, el famoso “grafitti de Alexámenos”. Se trata de un dibujo del Siglo I DC, donde se aprecia, a la izquierda, una figura humana (Alexámenos) que rinde honores a un personaje, a su derecha, con cabeza de burro, que aparece crucificado. Aparece una leyenda en griego que reza “Alexámenos adora a su dios”, por obvia referencia satírica a Cristo.
Es la primera representación gráfica de la crucifixión de Jesús. Demuestra que el hecho y la forma de su ejecución eran de público conocimiento en la época; así como objeto de burlas, por parte de los paganos. ¿A quién se le ocurría tener un dios muerto, en forma tan oprobiosa y absurda?, habrán imaginado los autores del grafitti.

Grafitti de Alexámenos (Museo del Antiquarium Palatino de Roma)
El 28 de Octubre del año 312 DC, Constantino, uno de los aspirantes al trono romano, derrotó a su rival Majencio en la Batalla de Puente Milvio, en las afueras de Roma. Cuenta Lactancio, el maestro cristiano de Crispo, hijo primogénito de Constantino, que la noche antes de la batalla, Constantino tuvo un sueño, donde se le apareció el Dios de los cristianos y le ordenó dibujar en los escudos de sus soldados, el crismón (la XP). Eusebio de Cesarea diría, 20 años después, que lo que se le había aparecido en el sueño era en realidad una cruz luminosa, con las palabras griegas τούτω νικα (o en latín: in hoc signo vinces, ‘con este signo vencerás’); y el propio Cristo invitándole a poner el crismón sobre el estandarte imperial (el labarum).
De ese modo y de a poco, la cruz fue apareciendo tímidamente en la historia de la simbología cristiana. Al año siguiente, y seguramente influenciado por su madre, la emperatriz Santa Elena, Constantino aprobó el Edicto de Milán. Después de casi dos siglos de persecuciones, el cristianismo pasaba a ser tolerado por el Imperio Romano.
De a poco, los cristianos fueron convirtiéndose en la religión oficial del estado. Ante las primeras herejías y diferencias que surgieron, Constantino convocó en el año 325 DC a los obispos cristianos, para que se reunieran en Nicea, en el primer concilio ecuménico, donde se estableció el Credo Niceo-constantinopolitano, que se recita en muchas denominaciones cristianas, hasta el día de hoy; y se condenó al arrianismo, como herejía. De un golpe, Constantino no solamente consiguió unificar el imperio bajo su mando, sino también a la Iglesia Cristiana, que amenazaba con disgregarse.
Fue en Nicea que el Patriarca de Jerusalén, el obispo Macario, le reclamó al emperador que le parecía aberrante que el sitio de la crucifixión y el sepulcro de Cristo, en Jerusalén hubieran sido tapados con escombros, bajo el reinado del emperador Adriano (117-138 DC), que luego se colocó una loza encima y con posterioridad se edificó arriba un templo dedicado a Venus. Que eso era una afrenta a todos los cristianos. Considerando razonable el planteo de Macario, Constantino lo autorizó a derribar el templo pagano y excavar el sitio, en busca de los Santos Lugares.
Eusebio de Cesarea, obispo y primer historiador cristiano, contemporáneo a esos hechos, narró en su “Vida de Constantino”, Libro 3, Cap. XXVI: “Hombres descreídos y profanos concibieron la idea de hacer desaparecer de entre los hombres aquel antro redentor… Y tomándose un gran esfuerzo, cubren todo el lugar con tierra traída de afuera. Después, elevado el nivel del suelo y tras pavimentarlo con losas de piedra, esconden, bajo tan ingente túmulo, la gruta divina. Luego… construyen un oscuro compartimiento al disoluto espíritu de Afrodita, donde ofrecen execrables oblaciones sobre profanos altares”.
En forma concordante, y en ese mismo siglo, San Jerónimo, traductor al latín de la Biblia, desde el griego (la “Vulgata”), también nos dice: “Desde la época de Adriano hasta el reino de Constantino, por espacio de unos 180 años, en el lugar de la resurrección se daba culto a una imagen de Júpiter, y en la roca de la cruz a una estatua en mármol de Venus… Se imaginaban los autores de la persecución que nos quitarían la fe en la Resurrección y en la Cruz si contaminaban los lugares sagrados con sus ídolos”.
Es decir, la tradición de los cristianos había mantenido la ubicación exacta de los Santos Lugares, después de casi trescientos años. ¿Es eso posible? Efectivamente, en primer lugar, no había transcurrido tanto tiempo desde la Pasión de Cristo; que fue un episodio que marcó a fuego a todos sus seguidores, en Jerusalén. Es de imaginarse que el lugar de su Resurrección debió haber sido un sitio de peregrinación, oración y recogimiento para los primeros cristianos; que se deben haber esmerado en preservar esos recuerdos, para la posteridad. Algo similar podría mencionarse entre nosotros, los tucumanos, por ejemplo. La tradición ha conservado que, durante un mes, en 1814, el Gral. José de San Martín residió en la estancia de Pedro Bernabé Gramajo, en la Ramada de Abajo, en Burruyacú, sin que hubiera prueba documental de ese hecho; sucedido hace más de doscientos años. Hasta el día de hoy, todos los 17 de Agosto el Gobierno de la Provincia rinde homenajes al Libertador en ese lugar histórico, que nadie pone en tela de juicio.
Es decir, que la tradición oral puede muy bien guardar la ubicación de espacios de gran relevancia histórica o espiritual, para transmitirlos a la posteridad, máxime si no han pasado tantos años.










