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La inflación colapsa y el 'partido del Estado' también

La inflación colapsa y el 'partido del Estado' también
La inflación colapsa y el 'partido del Estado' también
Imagen de Juan Gabriel Flores
porJuan Gabriel Flores
Opinión

La multicausalidad fue la coartada perfecta para robar sin culpa.

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Durante años nos repitieron que la inflación era un fenómeno “multicausal”. Un mal que había que administrar. Esa mentira —funcional al poder político— fue la coartada perfecta para licuar salarios, destruir el ahorro y multiplicar pobres mientras el Estado crecía sin freno. Hoy esa coartada se cayó.

La inflación del 31,5% en 2025 no fue sólo el registro más bajo en ocho años. Fue algo mucho más profundo —y por eso mismo intolerable para el kirchnerismo—: demostró que la inflación no era inevitable, sino deliberada. Que no hacía falta controlar precios, apretar empresas ni militar góndolas. Que el relato de la “multicausalidad” fue apenas una coartada para emitir sin límite. Y, sobre todo, que el poder político podía dejar de robar vía inflación, pero no lo hacía porque no quería.

Entre 2023 y 2025, la inflación anual cayó de 211% a 31,5%. Son casi 180 puntos menos en apenas dos años. No es suerte. No es contexto internacional. Es causa y efecto. Y esa caída explica algo que la política profesional prefiere no mirar: la pobreza bajó del pico kirchnerista del 57% al 27%. Treinta puntos menos. Trece millones de personas que dejaron de ser pobres. Sin planes nuevos. Sin relato. Sin épica. Con estabilidad.

Acá está el nudo del problema. Durante años, el kirchnerismo dijo combatir la inflación con controles de precios manejados por sindicatos, ““La Cámpora”” y organizaciones sociales. Un experimento grotesco: burócratas decidiendo cuánto valen las cosas mientras la maquinita seguía a toda velocidad. El resultado fue siempre el mismo: desabastecimiento, mercado negro y más inflación. Pero jamás se hicieron cargo. La inflación, decían, era “multicausal”.

No lo es. Nunca lo fue.

Como lo repite Milei hasta el cansancio, la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario. Exceso de oferta de dinero. Ya sea porque se imprime de más, porque cae la demanda de pesos o porque ocurren ambas cosas al mismo tiempo. Cuando el Estado inunda la economía de papel pintado, el dinero pierde poder adquisitivo y los precios suben. Así de simple.

Los números históricos son lapidarios y no admiten discusión. Néstor y Cristina multiplicaron por diez la inflación que heredaron: de 2,6% a 27%. Macri, pese a su retórica gradualista, la duplicó: de 27% a 54%. Alberto Fernández la cuadruplicó: de 54% a 211%. Y Milei hizo lo que nadie quiso —o se animó— a hacer: la bajó siete veces en dos años.

Este dato es dinamita pura para el sistema político que gobernó durante décadas. Porque demuestra que la inflación no era inevitable. Era funcional. Servía para financiar un Estado elefantiásico, para sostener redes de dependencia política y para esconder el saqueo detrás del humo de los precios. La inflación no fue un error: fue una herramienta de poder.

Por eso la reacción es tan violenta. Porque Milei no está administrando el problema. Está yendo a la raíz. Y porque no se trata solo de bajar un índice: se trata de exterminar para siempre el cáncer inflacionario que destruyó generaciones enteras. Sin emisión. Sin déficit. Sin excusas.

La Argentina está descubriendo algo incómodo para muchos: cuando el Estado deja de robar vía inflación, la pobreza cae. Cuando el dinero deja de ser una estafa, el salario vuelve a valer. Cuando se rompe el dogma keynesiano criollo, la realidad mejora.

Ese es el verdadero motivo del odio. No el estilo. No el lenguaje. No las formas. El problema es que, por primera vez en décadas, alguien está demostrando que el ajuste lo paga el Estado cuando deja de emitir.

La inflación no se negocia. No se “coordina”. No se administra. Se elimina. Y eso es exactamente lo que está pasando.


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