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La moral por sobre el utilitarismo político

La moral por sobre el utilitarismo político
Milei corre la política del cálculo electoral y la lleva al terreno moral
porJuan Gabriel Flores
Opinión

Milei corre la política del cálculo electoral y la lleva al terreno moral.

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La política, muchas veces, se reduce a una lógica básica: ganar votos. Milei vino a romper ese esquema. Porque hay momentos en los que lo que está en juego ya no es una elección, sino una definición entre el bien y el mal.

Por eso, su discurso tras recibir el Doctorado Honoris Causa en la Universidad Bar-Ilan, en Israel, no fue una intervención diplomática más ni una exposición académica para cumplir protocolo. Fue algo mucho más profundo: la afirmación de un marco moral que divide al mundo entre quienes defienden la vida y quienes la destruyen.

En un escenario internacional atravesado por el terrorismo, la guerra y la ambigüedad moral de las élites occidentales, Milei eligió no relativizar. Dijo lo que muchos piensan pero pocos se animan a decir: no se puede convivir con quienes quieren eliminarte. Esa frase, lejos de ser un exceso retórico, es la base misma de cualquier orden civilizado. Sin derecho a la vida, no hay libertad. Sin libertad, no hay propiedad. Y sin propiedad, no hay prosperidad posible.

El punto central de su exposición —y el que más incomoda a la progresía global— es que la economía no es un juego técnico sino una consecuencia moral. Como sostuvo el propio Milei, justicia y eficiencia no son opuestos: son dos caras de la misma moneda. Esta idea dinamita décadas de relato estatista que pretendió justificar el saqueo en nombre de una supuesta equidad. La redistribución forzada no solo es injusta: es ineficiente. Y, más aún, es destructiva.

El ejemplo que el propio presidente plantea —quitarle al que tiene para repartir entre quienes no tienen— expone con crudeza la lógica del populismo. Es electoralmente rentable, pero económicamente devastador. Porque destruye el sistema de incentivos. Porque castiga al que produce. Porque premia la dependencia. En definitiva, porque reemplaza la cooperación voluntaria por la coerción estatal.

Lo que Milei está haciendo, y lo que su discurso en Israel terminó de consolidar, es romper con esa matriz moral. No se trata solo de ordenar las cuentas públicas o bajar la inflación. Se trata de reinstalar una verdad incómoda: robar está mal, incluso cuando lo hace el Estado en base a leyes aprobadas por el Congreso.

Este giro no es menor. Durante décadas, la Argentina fue un laboratorio del relativismo moral aplicado a la política. Se naturalizó que el Estado podía apropiarse del fruto del trabajo ajeno si lo hacía en nombre de una causa “justa”. Se construyó una cultura donde el éxito era sospechoso y la dependencia era celebrada. El resultado está a la vista: decadencia, pobreza y frustración.

Frente a eso, Milei propone algo radicalmente distinto. No una nueva ingeniería social, sino un retorno a principios básicos: respeto irrestricto por la vida, la libertad y la propiedad. Valores que, como él mismo remarcó, no son una invención moderna sino que están arraigados en la tradición judeocristiana que dio origen a Occidente.

Por eso su alianza con Israel no es solo geopolítica. Es civilizatoria. Es la decisión de pararse del lado de quienes defienden la vida frente al terrorismo, la libertad frente al totalitarismo y la verdad frente a la propaganda. En un mundo donde muchos gobiernos eligen la ambigüedad para no pagar costos, Argentina empieza a recuperar una voz clara.

La reacción de la izquierda no sorprende. Incapaz de disputar en el terreno moral, recurre a la descalificación. Habla de “discursos de odio”, de “extremismo”, de “provocación”. Pero lo que realmente les incomoda es otra cosa: que el modelo que defendieron durante décadas no solo fracasó económicamente, sino que es moralmente indefendible.

Porque en el fondo, la discusión ya no es técnica. Es existencial. Es elegir entre un sistema basado en la cooperación voluntaria o uno basado en la coerción. Entre la cultura del trabajo o la cultura del subsidio. Entre la vida o su negación.

Milei lo sintetizó con una claridad brutal: no hay convivencia posible con quienes destruyen la vida. Esa definición excede la política exterior. Es, en esencia, un programa de gobierno.

Y, sobre todo, es una advertencia. Porque cuando una sociedad pierde la capacidad de distinguir entre el bien y el mal, el resultado no es neutral. Es el camino directo a la decadencia.

Argentina, por primera vez en mucho tiempo, parece estar eligiendo distinto. Y eso —más que cualquier indicador económico— es el verdadero cambio de época.


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Javier MileiOpiniónMoralPolítica

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