Hay un error persistente en la vida pública. Se cree que las crisis se evitan con mejores intenciones. Se espera que el próximo ministro sea más honesto, que el próximo presidente resista la tentación y que el próximo directorio del banco central “haga las cosas bien”. Las sociedades que se arruinan no suelen hacerlo por falta de advertencias. Lo hacen porque dejan en manos de alguien el poder de romper la regla más elemental de la convivencia económica: no fabricar dinero para tapar gastos.
Esa regla no se sostiene con discursos. Se sostiene con prohibiciones. Cuando una institución puede financiar al Tesoro, tarde o temprano lo hace. No porque todos sus funcionarios sean corruptos, sino porque la política premia el alivio inmediato y castiga el costo diferido. La emisión ofrece un beneficio visible hoy y un daño difuso mañana. Esa asimetría explica por qué la inflación argentina no fue un accidente climático. Fue el resultado previsible de un diseño.











