Cuando Javier Milei decidió crear el Ministerio de Capital Humano, no fue un gesto meramente simbólico ni un nombre elegido al azar. Fue un homenaje explícito y profundo a Gary Becker, uno de los economistas más influyentes del siglo XX. El propio Presidente lo ha repetido en varios discursos: “El Ministerio de Capital Humano es un homenaje a Gary Becker”. Y agrego recientemente “deberían ponerle una estatua de él frente al Ministerio”.
Ya en la inauguración del Centro de Formación de Capital Humano, creado por iniciativa de la Ministra Sandra Pettovello, Milei contó con detalle que en su departamento del Abasto tenía un cuadro enorme de Becker derivando la ecuación de Slutsky intertemporal, que conservó todos sus libros y que la idea de ese ministerio es, sin lugar a dudas, un tributo a su teoría. En un artículo publicado mucho antes de pensar en ser presidente, el 1° de enero de 2014, en su columna de Infobae titulada “Capital humano y crecimiento económico” escribió textualmente: “Theodore Schultz hizo notar la importancia del capital humano y su contribución al crecimiento económico, lo cual fue formalizado y testeado por Gary Becker y plasmado en un modelo de crecimiento bisectorial (donde se acumula tanto capital físico como capital humano) por parte de Hirofumi Uzawa, quien hacía del tiempo dedicado a la educación el determinante principal de la tasa de crecimiento del progreso tecnológico (PTF)”. Esto es fundamental, el tiempo y la calidad del mismo dedicado a la educación superior es determinante para nuestro desarrollo futuro.
Becker, en su libro Capital Humano (1964), nos dejó una de las ideas más potentes y prácticas de la economía moderna: la educación no es un gasto social ni un derecho abstracto. Es una inversión. Los individuos y los países invierten tiempo, esfuerzo y recursos en formación porque eso genera un stock de habilidades, conocimientos y capacidades que aumentan la productividad, los ingresos futuros y el crecimiento económico general.
Becker distinguía claramente entre formación general (que sirve para cualquier empresa o sector) y formación específica (que se adapta a un trabajo en particular). La clave es que esa inversión debe tener un retorno positivo: los beneficios (mayores salarios, mayor productividad) tienen que superar los costos (costo de materiales de estudio, tiempo de estudio, oportunidad perdida de trabajar). Cuando el retorno es bajo o negativo, no estamos creando capital humano; lo estamos destruyendo. Eso es exactamente lo que estamos buscando aplicar en la reforma de la educación superior argentina.
No se trata de solo de una cuestión presupuestaria. Se trata de hacer que cada peso que el Estado invierte en las universidades nacionales genere más capital humano de calidad, más egresados preparados y más crecimiento y soberanía para el país.
Miren los números que venimos trabajando: el costo promedio por graduado en las universidades nacionales durante 2024 fue de 52,3 millones de pesos, ese costo promedio actualizado debe calcularse por año y por graduado. Y el tiempo promedio para recibirse en muchas carreras ronda los 9 o 10 años, incluso llegando en algunos casos a 12 años. Estos datos no son para criticar, sino para entender dónde hay margen de mejora: si queremos que la universidad pública sea una verdadera inversión en capital humano, tenemos que alinear incentivos para que los estudiantes terminen en tiempo y forma, que las carreras respondan a las necesidades estratégicas del país y que los recursos se usen con la máxima eficiencia.








