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Roca y Namuncurá: dos protagonistas clave en la consolidación del Estado argentino

Roca y Namuncurá: dos protagonistas clave en la consolidación del Estado argentino
Roca y Namuncurá: dos protagonistas clave en la consolidación del Estado argentino
porJuan Pablo Bustos Thames
opinion

En un nuevo aniversario del pase a la inmortalidad del ex presidente Julio Argentino Roca, exploramos su particular relación con el famoso cacique Manuel Namuncurá.


Manuel Namuncurá fue un lonco (cacique araucano). Nació en 1811 en algún lugar de la Araucanía (Sur de Chile); probablemente en la zona del río Llaima. Sin embargo, Manuel siempre se percibió argentino. Decía haber nacido en la provincia de Neuquén (en Pulmarí).

Era el tercer hijo del célebre cacique araucano Juan Calfucurá (chileno también) y de la india Juana Pithrén. Namuncurá significa “pie de piedra”, en mapudungun (lengua de los actuales mapuches.

Su padre, fundador de la dinastía araucana de los “Curá” (Piedras), ganó fama con los sucesivos y feroces malones que organizaba, durante su vida, que arrasaban y asolaban poblados enteros, en lo que primero era el virreinato del Río de la Plata; y luego, las nacientes provincias argentinas pampeanas, litoraleñas y cuyanas.

A la edad de veinte años, Manuel su padre lo llevó a la pampa argentina, con la tribu Llaimache (indios del río Llaima). Hablaba fluídamente el castellano; lo que le sirvió para representar a su padre en sucesivos parlamentos o tratados con las autoridades argentinas; incluyendo el propio Juan Manuel de Rosas.

Hacia 1834 los araucanos se instalaron en las Salinas Grandes, que se convertirían en su base de operaciones, para los malones que organizarían en los años siguientes; así como los enfrentamientos con las tropas de la confederación rosista.

Después de Caseros, Calfucurá envió a Manuel a Paraná, capital de la provincia de Entre Ríos, a entrevistarse con el nuevo referente de la política argentina, Justo José de Urquiza. Cuentan que es allí donde Manuel Namuncurá se convirtió al cristianismo. Pareciera que el propio Urquiza fue su padrino y que Manuel juró la Constitución Nacional de 1853. El gobernador entrerriano se comprometió a no atacar a los araucanos, mientras éstos no asolaran a los pueblos de la Confederación.

Tiempo después, los indios reanudaron los malones y la guerra recrudeció. El punto culminante llegó con la Batalla de San Carlos (8 de Marzo de 1872), en que el legendario Juan Calfucurá fue decisivamente derrotado por las tropas argentinas. En la acción, Manuel tuvo una actuación destacada, a lado de su padre.

Calfucurá murió al año siguiente, y se desató una dura pelea entre sus hijos por heredar el cacicazgo de la Confederación de las Salinas Grandes. Manuel, José Millaqueucurá, Bernardo Namuncurá y Alvarito Reumaycurá se disputaron el mando. Para evitar un enfrentamiento fraticida, un consejo de ancianos declaró incapaz a Millaqueucurá, que era el hijo mayor, a quien le correspondía el liderazgo; y creó un triunvirato entre los tres hermanos restantes. Parece que, efectivamente, Millaqueucurá, cuyo nombre significaba “piedra que parece oro”, era bastante limitado, ya que Estanislao Zeballos, que lo conoció, dijo que era un “pobre diablo”.

No obstante, hacia 1875, Manuel maniobró para quedar como único líder indiscutido de la confederación salinera. Ya como cacique supremo, procuró mantener relaciones pacíficas con el gobierno nacional; aunque al mismo tiempo impulsó incursiones, argumentando el incumplimiento de los tratados celebrados. La más recordada de estas ofensivas fue el llamado “Malón Grande”, a fines de 1875. En esa campaña participaron guerreros de Namuncurá, junto a indios chilenos, algunos ranqueles, y grupos aportados por los famosos caciques Pincén, Catriel, su hermano Alvarito Reumaycurá y Baigorrita; alcanzando entre tres mil quinientos y cuatro mil lanzas.

El malón devastó los partidos de Azul, Tandil, Olavarría, Juárez, Tapalqué, Tres Arroyos y Alvear, en el centro de la Provincia de Buenos Aires. Solo en Azul, según las crónicas, dejaron cuatrocientos muertos, quinientos cautivos y cerca de trecientas mil cabezas de ganado arrebatadas.

La coalición indígena fue derrotada el 6 de marzo de 1876, en la Batalla de Paragüil, cerca de una laguna entre los actuales partidos de Laprida y General Lamadrid. Hacia 1878, su poder declinó más aún, por las expediciones del coronel Nicolás Levalle contra los toldos de Salinas Grandes. Levalle lo expulsó de Chilihué en enero de 1878, y más tarde, en noviembre de ese año, avanzó hasta Lihuel Calel, donde Namuncurá se había establecido, obligándolo finalmente a retirarse hacia los Andes.

Cansadas las autoridades nacionales argentinas de las tropelías indígenas, el presidente Nicolás Avellaneda encomendó a su Ministro de Guerra, Gral. Julio Argentino Roca, una solución definitiva al “problema indio”. El Congreso Nacional aprobó, por ley, una campaña militar para asegurar el territorio al Sur de la pampa para la soberanía nacional y pacificar los territorios, desde donde los aborígenes lanzaban sus temibles malones hacia los pueblos argentinos.

El 16 de abril de 1879 Roca inicia la famosa “Campaña del Desierto”. Diez días después, emite esta proclama: “Soldados del Ejército Expedicionario al Río Negro. Al despedirme del  señor presidente de la Republica para venir a ponerme al frente de vosotros, me recomendó saludaros en su nombre y deciros que está satisfecho de vuestra conducta. Con asombro de todos nuestros conciudadanos, en poco tiempo habéis hecho desaparecer las numerosas tribus de la Pampa que se creían invencibles con el pavor que infundía al desierto y que era como un legado fatal que aún tenían que transmitirse las generaciones argentinas por espacio de siglos... Cuando la ola humana invada estos desolados campos que ayer eran el escenario de correrías destructoras y sanguinarias, para convertirlos en emporios de riquezas y en pueblos florecientes en que millones de hombres puedan vivir ricos y felices, recién entonces se estimara en su verdadero valor el mérito de vuestros esfuerzos... En esta campaña no se arma vuestro brazo para herir compatriotas y hermanos extraviados por las pasiones políticas o para esclavizar y arruinar pueblos o conquistar territorios de las naciones vecinas. Se arma para algo más grande y noble; para combatir por la seguridad y engrandecimiento de la Patria, por  la vida y fortuna de millares de argentinos y aún por la redención de esos mismos salvajes, que, por tantos años librados a sus propios instintos, han pesado como un flagelo en la riqueza y bienestar de la República... Aún quedan restos de las tribus de Namuncurá, Baigorrita, Pincen y otros caciques que pronto caerán en poder de las divisiones encargadas de hacer la batida general en el circuito de la Pampa, mientras otras toman posesión del Río Negro...

Dentro de tres meses quedara todo concluido. Pero la República no termina en el Río Negro: más allá acampan numerosos enjambres de salvajes que son una amenaza para el porvenir y que es necesario someter a las leyes y usos de la nación, refundiéndolos en las poblaciones cristianas que se han de levantar al amparo de vuestra salvaguardia... Soldados del Ejercito Expedicionario: Antes de dar el primer paso sobre la ruta del río Negro, os invito a dar un ¡Viva! A la República Argentina, al presidente de la República, doctor Avellaneda".

La Campaña del Desierto

La campaña de Roca fue fulminante y exitosa. A diferencia de la que había ideado Rosas en 1833, en esta oportunidad se efectuó una ocupación efectiva del territorio, evitando el establecimiento de nuevas tolderías, que fueran el germen de futuros malones. El 25 de Mayo de 1879 Roca telegrafió a su comprovinciano, el Presidente Avellaneda: “Desde ayer estoy campado en la margen izquierda del Río Negro. En estas apartadas latitudes me ha parecido más puro y radiante el Sol de Mayo. Hoy lo hemos saludado al asomarse en el horizonte con salvas y otras pompas militares. Nada ha habido que lamentar en estas marchas a través del desierto más completo, con una fuerza completa que todo lo ha tenido que traer consigo, sacerdotes, sabios, mujeres, niños y hasta los perros y demás animales domésticos de las guarniciones, lo que daba a la columna el aspecto de un éxodo, de un pueblo en marcha que se traslada en busca de un clima y suelo propicios donde plantar sus tiendas. Saluda y felicita a V.E. su servidor y amigo – Julio A. Roca”.

En los próximos cinco años, todos los capitanejos y caciques se vieron arrinconados y fueron deponiendo las armas, integrándose a una Argentina que incorporaba, efectivamente, a la Patagonia oriental a su territorio y bajo su soberanía.

Los misioneros salesianos cumplieron una misión fundamental, en servir de mediadores, facilitar el diálogo y permitir la incorporación de miles de indios a la civilización. Muchas veces actuaron como garantes de la integridad y respeto a la vida y posesiones de los aborígenes; lo cual les dio, entre ellos, un prestigio del que gozan hasta el día de hoy, en nuestra Patagonia. Ello facilitó, en muchos casos, la conversión o el bautismo de muchos de ellos a la fe cristiana.

Agotado de tanto batallar, ante una presión militar superior y con parte de su familia capturada, Manuel Namuncurá decidió deponer las armas. La intervención del sacerdote salesiano italiano Domingo Milanesio logró que Manuel se presentara voluntaria y pacíficamente, el 21 de Marzo de 1884 en el fortín Paso de los Andes, Departamento de Ñorquín, provincia del Neuquén. El Coronel Pablo Belisle narra que el carismático cacique Namuncurá entró “obedeciendo al llamado de la civilización... con nueve capitanejos, ciento treinta y siete indios de lanza y ciento ochenta y cinco de chusma... Es un hombre que tendrá cincuenta años más o menos, bien conservado, de cara abierta y despejada que inspira mucha simpatía... Todos los indios lo adoran y se puede considerar entre ellos como un verdadero monarca”.

Roca había dado expresas instrucciones de que se respetara su vida, su autoridad y que se le diera un trato digno. Así se cumplió. Se le rindieron honores y se lo trasladó a Fuerte Roca, luego a Carmen de Patagones, para llevarlo luego a Bahía Blanca. Junto con el padre Milanesio, embarcó en el vapor “Pomona” rumbo a Buenos Aires, durante el mes de Junio, para concertar los términos del tratado de paz definitivo, ratificar su rendición y gestionar las mejores condiciones para su pueblo.

Desembarcado en Buenos Aires, arribó puntualmente aquella tarde del 26 de junio de 1884 a la Casa Rosada. Fue recibido, con mucha amabilidad, por el ya presidente Julio Argentino Roca; su antiguo rival. Manuel venía con sus hermanos, luego de reunirse con el Ministro de Guerra, Benjamín Victorica.

Parece que Roca quedó muy bien impresionado por el porte, la actitud, el carisma y el coraje del cacique. Al poco tiempo, ordenó reconocerlo como “Coronel de la Nación”, con derecho al uso de uniforme y sueldo militar. A partir de ese momento, Manuel luciría, orgulloso, el uniforme que tanto había combatido años atrás; entendiendo que, había llegado la hora de la concordia y de la conciliación. Sus años de correrías habían quedado atrás. Así, en todas las fotografías que han llegado a nosotros de Namuncurá, lo vemos luciendo, satisfecho, los galones de Coronel del Ejército Argentino.

El flamante coronel visitaría Buenos Aires en diversas oportunidades: en 1886,1894 y 1897. Consiguió que el Gobierno Nacional le otorgue, a su tribu, campos en San Ignacio, en la confluencia del arroyo San Ignacio con el río Aluminé (Neuquén), cerca de Junín de los Andes; consolidando la paz entre los aborígenes y los colonos argentinos.

El padre Antonio Ballari cuenta que el gobierno le cedió “algunas leguas de tierra, 40.000 pesos fuertes, 4.600 vacas, 6.000 yeguas y 100 bueyes de labranza, prendas de plata, armas, uniformes, yerba, jabón, sal, azúcar, tabacos y el título y sueldo de coronel argentino”. Ya en paz consolidada con sus vecinos, Manuel se instaló en Chimpay, provincia de Río Negro. De su unión con la cautiva mestiza chilena Rosario Burgos, tuvo varios hijos. El más conocido de todos fue Ceferino Namuncurá, quien nació en 1886.

En 1888 el padre Melanesio, visitó a Manuel en Chimpay; quien en esa oportunidad bautizó a Ceferino y le tomó un cariño especial. El salesiano decía que Ceferino tenía un carácter “dulce y apacible”. Tiempo después, el sacerdote convence a Manuel que le permita llevar a Ceferino para educarlo en Buenos Aires.

Entonces el cacique le escribe al Ministro de Guerra, Gral. Luis María Campos: “Vengo a decirle, señor ministro, que quiero educar a mi hijo y a un nieto.  Toda mi intención es que sean civilizados, buenos argentinos, para enseñar lo que aprendan a su tribu”.

Tomada su educación a cargo de los salesianos; Ceferino fue luego llevado a Roma, donde falleció el 11 de Mayo de 1905, a los dieciocho años. Por su carácter piadoso y sus méritos, fue luego beatificado por la Iglesia Católica.

En cuanto a Manuel, falleció a los noventa y siete años en San Ignacio, dos años después, el 31 de Julio de 1908. Fue enterrado en el cementerio de esa colonia indígena; pero lamentablemente, su tumba se ha perdido. En cuanto a Julio Argentino Roca, sobreviviría a su viejo adversario seis años más, para fallecer a los setenta y uno, el 19 de Octubre de 1914.


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