Las sociedades suelen confundir el nombre de una cosa con su verdadera causa. Llaman salario al número impreso en un recibo y creen que aumentarlo consiste simplemente en escribir una cifra mayor. Pero el ingreso de una persona no es, en esencia, una cantidad de dinero. Es la porción de bienes, servicios y oportunidades que su trabajo le permite obtener. Cuando la moneda pierde valor, el número puede crecer mientras la vida se vuelve más estrecha.
En mayo, el índice general de salarios aumentó 2,2%, apenas por encima de una inflación mensual del 2,1%. Sin embargo, el promedio esconde realidades diferentes: los salarios registrados subieron 1,8%, mientras que los ingresos del sector privado no registrado avanzaron 3,5%. En términos interanuales, el índice salarial aumentó 35,9%.
La verdadera noticia no es que los salarios hayan empatado o superado a la inflación durante un mes. La verdadera noticia es que la economía empieza a recuperar las condiciones para que los salarios vuelvan a depender de la productividad y no de la inflación.
Durante años, la inflación alteró ese vínculo. El salario dejó de reflejar el valor del trabajo para convertirse en una carrera permanente contra la pérdida del poder adquisitivo. Empresas y trabajadores negociaban mirando el pasado, intentando recuperar lo que la moneda ya había destruido, mientras la incertidumbre hacía cada vez más difícil invertir, contratar o planificar.









