Las sociedades suelen confundir el nombre de una cosa con su verdadera causa. Llaman salario al número impreso en un recibo y creen que aumentarlo consiste simplemente en escribir una cifra mayor. Pero el ingreso de una persona no es, en esencia, una cantidad de dinero. Es la porción de bienes, servicios y oportunidades que su trabajo le permite obtener. Cuando la moneda pierde valor, el número puede crecer mientras la vida se vuelve más estrecha.
En mayo, el índice general de salarios aumentó 2,2%, apenas por encima de una inflación mensual del 2,1%. Sin embargo, el promedio esconde realidades diferentes: los salarios registrados subieron 1,8%, mientras que los ingresos del sector privado no registrado avanzaron 3,5%. En términos interanuales, el índice salarial aumentó 35,9%.
La verdadera noticia no es que los salarios hayan empatado o superado a la inflación durante un mes. La verdadera noticia es que la economía empieza a recuperar las condiciones para que los salarios vuelvan a depender de la productividad y no de la inflación.
Durante años, la inflación alteró ese vínculo. El salario dejó de reflejar el valor del trabajo para convertirse en una carrera permanente contra la pérdida del poder adquisitivo. Empresas y trabajadores negociaban mirando el pasado, intentando recuperar lo que la moneda ya había destruido, mientras la incertidumbre hacía cada vez más difícil invertir, contratar o planificar.
El poder adquisitivo sólo puede recuperarse de manera permanente cuando la estabilidad monetaria vuelve a conectar el salario con la productividad. Esa es la verdadera importancia de la desinflación. No garantiza que todos los ingresos mejoren de inmediato, pero devuelve a la economía una condición indispensable para que vuelvan a crecer de manera sostenible.
La Escuela Austríaca ha insistido durante décadas en que el sistema de precios es mucho más que un mecanismo para fijar valores monetarios. Es un sistema de información que coordina millones de decisiones dispersas. Cuando la inflación deja de distorsionar esa información, empresas, trabajadores e inversores pueden volver a calcular con mayor precisión, asignar mejor los recursos y descubrir nuevas oportunidades de producción.
Por eso, un mes en el que el promedio salarial supera levemente a la inflación no debe presentarse ni como una victoria definitiva ni como un dato irrelevante. Es la señal de que la economía comienza a abandonar un régimen donde los salarios reaccionaban a la inflación para ingresar, gradualmente, en otro donde vuelven a responder a la productividad.
El salario, además, no surge de una decisión aislada del empleador. Es el resultado de un complejo proceso de cooperación social. Depende del valor que los consumidores asignan a lo producido, del capital disponible, de la tecnología, de la organización empresarial y de las alternativas laborales existentes. Murray Rothbard explicó que la remuneración de los factores productivos tiende a vincularse con el valor descontado de su productividad marginal. En otras palabras, una empresa puede pagar mejores salarios de manera sostenible cuando cada trabajador dispone de más capital, mejores herramientas y procesos más eficientes.
Por esa razón, ninguna ley puede reemplazar la acumulación de capital. Se puede imponer un salario nominal por decreto, pero no la productividad necesaria para financiarlo. Cuando la remuneración obligatoria supera persistentemente el valor que una actividad puede generar, el ajuste no desaparece: reaparece como informalidad, menor contratación, sustitución tecnológica o cierre de empresas.
La diferencia observada en mayo entre trabajadores registrados y no registrados también debe interpretarse con prudencia. Los ingresos informales reaccionan con mayor velocidad porque se negocian con más flexibilidad, aunque esa misma flexibilidad convive con mayor incertidumbre. La formalidad, en cambio, suele responder con rezago debido a convenios y estructuras contractuales más rígidas. Un dato mensual no alcanza para extraer conclusiones definitivas sobre una tendencia de largo plazo.
La verdadera política salarial no consiste en intervenir cada negociación, sino en construir las instituciones que permitan invertir, ahorrar, innovar y contratar con libertad. Cuantas más empresas puedan competir por trabajadores, mayor será el poder de negociación de esos trabajadores y mejores serán sus oportunidades de progreso.
El verdadero éxito del programa económico no será que un mes los salarios le ganen a la inflación. Será haber reconstruido las condiciones para que los salarios crezcan porque la economía produce más, invierte más y crea más valor. Ese es el único camino por el cual una mejora del ingreso deja de ser transitoria y se convierte en progreso.
Una moneda estable protege el salario de ayer; el capital, la inversión y la libertad económica construyen el salario de mañana.