Argentina no sólo cierra el año con estabilidad, orden y crecimiento. Lo cierra en paz. Y ese dato —el mejor diciembre en al menos 25 años— no es menor. Durante décadas, cuando el peronismo no controlaba el poder, nos acostumbraron a asociar fin de año con saqueos, aprietes sindicales, extorsión callejera y caos organizado. El desorden no era una fatalidad: era un método. Hoy, con Javier Milei en la Casa Rosada, la normalidad volvió a ser noticia. No por magia ni por suerte, sino por una decisión política clara: hacer cumplir la ley, ordenar las cuentas públicas y decirle la verdad a la sociedad.
Ese cambio de rumbo explica todo lo demás. El ajuste real —el que ningún gobierno quiso o se animó a hacer en décadas— ya muestra resultados concretos. El gasto público primario se redujo en el equivalente a USD 38.000 millones en apenas dos años y el tamaño del Estado cayó al 31,4% del PBI, el nivel más bajo desde 2008. Quedó atrás el delirio del 41,8% heredado en 2015, cuando el Estado devoraba recursos sin producir bienestar. Menos Estado no es un eslogan ideológico: es más libertad para producir, invertir y trabajar. Y, sobre todo, es más previsibilidad.
Por eso la inversión responde cuando se aclaran las reglas. Un ejemplo contundente es Gualcamayo, el nuevo proyecto aprobado por el Comité Evaluador del RIGI, con una inversión de USD 665 millones en minería de oro y plata en San Juan. El proyecto permitirá extender la vida útil de una mina en etapa de agotamiento y generará 1.700 empleos directos. Con este, ya son 10 proyectos RIGI aprobados, superando los USD 25.000 millones en inversiones comprometidas. Empleo de calidad, sectores estratégicos y horizonte de largo plazo: exactamente lo que el modelo estatista bloqueó durante años con cepos, impuestos confiscatorios y discrecionalidad política.
El sector energético confirma el mismo patrón. La producción de petróleo crece 32,9% interanual y la de gas 3,4%, impulsadas por Vaca Muerta. Más producción es más desarrollo, más dólares genuinos y más soberanía real. No la soberanía declamada desde un atril mientras se importaba energía a precios récord y se vaciaban las reservas, sino la que se construye produciendo y exportando.
El campo también dio vuelta la página. De importar trigo bajo el kirchnerismo pasamos a exportar más de USD 5.000 millones, un récord histórico. La cadena agropecuaria creció 3,5% mensual y 10% interanual, el nivel más alto desde que se mide el índice de la Bolsa de Comercio de Rosario. Este salto no es casual: es la consecuencia directa de haber abandonado un paradigma que castigaba al que produce para reemplazarlo por otro que vuelve a premiar el trabajo, la inversión y la previsibilidad.








