Hace poco leí con atención la entrevista que le hicieron a Eric Kaufmann a propósito de su libro “The Third Awokening” (Bombardier Books, 2024). Me resultó especialmente útil y muy interesante, porque pone en perspectiva histórica algo que muchos seguimos viviendo en carne propia dentro de las instituciones, particularmente, en las universidades: la captura de espacios públicos que deberían ser de deliberación y respeto por la ciencia, por un conjunto de ideas que se presentan como morales e inevitables, pero que funcionan como una teología secular. De hecho, prácticamente está prohibido cuestionarlas. Los alumnos temen la sanción de sus “docentes/sacerdotes” progres y los pocos docentes disidentes se ocultan para sobrevivir a la censura y la cancelación.
Kaufmann llama a este fenómeno “socialismo cultural”. No es una moda nueva, aunque su aceleración y Profundización se ha incrementado notablemente en estos últimos años. Es la tercera ola de un mismo impulso que viene desde finales de los sesenta. Ya entonces existían la “affirmative action”, las ocupaciones de edificios (Okupas), las exigencias de cuotas raciales, las primeras cancelaciones y la idea de que ciertas obras canónicas eran intrínsecamente racistas, de acuerdo siempre al retorcido gusto del progresismo.
El Informe Moynihanfue censurado. El feminismo de la segunda ola ya hablaba de patriarcado como estructura total. La sacralización de determinados grupos y la conversión de la “ofensa emocional” en pecado político ya estaban operando, aunque todavía de manera localizada. Su radicalización y violencia ya estaban presentes.
Informe Moynihan, titulado oficialmente “The Negro Family: The Case For National Action”, fue publicado en marzo de 1965 por el sociólogo y subsecretario de Trabajo de EE.UU., Daniel Patrick Moynihan. El documento argumentaba que la desintegración de la familia nuclear en la comunidad afroamericana —marcada por la falta de empleo masculino y el aumento de hogares monoparentales encabezados por mujeres— perpetuaba un ciclo de pobreza, más allá de los logros legales en derechos civiles.
De la corrección política a la cultura woke
Lo que cambió con las décadas siguientes fue la escala. En los ochenta y noventa apareció la “corrección política”, se popularizó el ataque a la civilización occidental (“Western Civ has got to go”, “¡Hey, hey, ho, ho, la civilización occidental tiene que morir!”) y se consolidaron raza, género y orientación sexual como los tres pilares intocables.
Lo “woke”, en el fondo, es eso: la transformación de los mitos de opresión de ciertos grupos en mitos sagrados que pretenden convertirse en la identidad oficial de las instituciones y, en algunos casos, de naciones enteras. Y los herejes deben desaparecer o vivir en los márgenes.
“The Third Awokening” de Eric Kaufmann.
Dos corrientes distintas detrás de una misma transformación cultural
Lo que más me interesa de la lectura de Kaufmann es la distinción que establece entre dos corrientes que suelen confundirse. Por un lado, están los teóricos críticos o marxistas culturales, que hablan de estructuras ocultas —patriarcado, supremacía blanca— que deben ser derrocadas de manera revolucionaria. Por otro lado, está el liberalismo de izquierda dominante del siglo XX, que no propone la revolución sino el cambio incremental permanente: siempre más diversidad, siempre menos de lo que consideran privilegiado, siempre más igualdad de resultados.
Este segundo liberalismo ha retorcido conceptos clásicos. Ya no basta la libertad de expresión; se exige una “igualdad de oportunidades para hablar” que justifica silenciar a unos para empoderar a otros. Eso no es liberalismo. Es una distorsión, es el camino más cómodo al fascismo.
Cuando las minorías activistas dominan las instituciones
El resultado es un problema democrático profundo. Grandes mayorías rechazan las cuotas raciales (en el caso de EE.UU.), las prerrogativas de género y las declaraciones obligatorias de diversidad, pero esas ideas dominan amplios sectores de las élites institucionales.
Existe un desfase entre la voluntad de la sociedad y el poder cultural de minorías activistas que lograron colonizar universidades, escuelas, organismos públicos y espacios culturales.
También repercute en una relativa “falta de paciencia” con los gobiernos que pretenden restablecer el equilibrio en estas instituciones, que no siempre se puede hacer a la velocidad que la sociedad exige, ya que la captura que sufren las instituciones requiere de un proceso de recuperación progresivo para ser efectivo.
No se trata de una conspiración secreta de un puñado de iluminados. Es algo más real y más difícil de combatir: la acumulación gradual de poder por parte de una visión del mundo que se presenta como la única moralmente aceptable. Esa lógica es impermeable a la evidencia y hostil a la deliberación genuina, no acepta la más mínima disidencia. Cuando se instala en las universidades, deja de ser una corriente intelectual y se convierte en un problema de poder, de formación de las nuevas generaciones y de soberanía nacional.
Cómo recuperar las instituciones sin reemplazar un dogma por otro
La respuesta no puede ser simétrica. No se trata de construir una “derecha woke” ni de abandonar la neutralidad como ideal. Los medios pueden ser políticos; los fines deben seguir siendo los de una institución abierta: libertad de expresión, meritocracia, enseñanza equilibrada de la historia y lealtad a la verdad por encima de los mitos identitarios.
Si se habla, por ejemplo, de la esclavitud, la igualdad o la identidad, deben situarse en su contexto histórico real, no convertirse en un arma anacrónica de sus militancias. La ciencia por encima del activismo y los dogmas de los movimientos identitarios.
La batalla cultural en las universidades argentinas
En las universidades argentinas conocemos de cerca otras formas de captura: el clientelismo, la politización partidaria, la defensa de intereses sectoriales por encima de la calidad académica y de la formación de los estudiantes. El socialismo cultural que describe Kaufmann es una variante más sofisticada del mismo problema: la subordinación de la institución a una ideología. Recuperar el terreno no es una cuestión de estética.
La batalla cultural no es solo retórica. Lo que acá se dirime es si las universidades van a ser espacios de formación o se consolidarán, definitivamente, como aparatos de adoctrinamiento. ¿Estarán al servicio de los intereses del pueblo o de una elite ideologizada y desconectada del destino de la Nación?
Kaufmann tiene razón en algo central: el campo de batalla principal está en la cultura doméstica, en las escuelas y en las universidades. Quienes creemos en la autonomía universitaria real, en el rigor y en la pluralidad de ideas no podemos seguir cediendo terreno por miedo a las acusaciones de “neoliberal” o de “falta de sensibilidad”. La neutralidad institucional no es una posición ingenua. Es la única que permite que la deliberación sobreviva.
Vamos a defender a la ciencia defendiendo el derecho de todos a la disidencia. La pluralidad de ideas, el respeto y valoración de las diferencias, y la evidencia científica como única regla deberá volver a ser lo único incuestionable.