Frente a los desafíos y amenazas actuales que enfrenta Occidente conviene reflexionar sobre algunas cuestiones y conceptos que hacen a nuestras formas de pensar nuestra civilización. Esas reflexiones pueden permitirnos ordenar y hacer más profunda nuestra comprensión de Occidente.
Suele asociarse a Occidente con la Modernidad y hasta usarlos como sinónimos. De esa asociación se han derivado actitudes confusas y problemáticas. Porque históricamente la civilización occidental surgió en los siglos VIII y IX y desarrolló sus características propias en los siglos siguientes. Occidente comenzó a modernizarse en el siglo XVIII. Occidente fue occidental mucho antes de que fuera moderno. Y por lo tanto, occidentalizarse no era, ni es equivalente a modernizarse.
Entonces para defender la civilización occidental, debemos repasar aquello qué hace occidental a Occidente. Aquello que se suele dar por supuesto y que está bajo ataque. Es decir, las características distintivas de la civilización occidental antes de que se modernizara.
Siguiendo los trabajos Samuel Huntington, a fines del siglo XX, podemos enumerar de manera casi textual una serie de estas características fundamentales:
La herencia clásica. Occidente heredó mucho de las civilizaciones tempranas, incluyendo más notablemente a la civilización clásica. Los legados clásicos son muchos, e incluyen la filosofía y el racionalismo griego, el derecho romano, el latín y la moral judeo-cristiana.
Las lenguas europeas. El lenguaje se encuentra sólo después de la religión como el factor que distingue a la gente de una cultura de otra. El Occidente difiere de la mayoría de las otras civilizaciones en su multiplicidad de lenguas. Occidente heredó el latín, pero se desarrollaron lenguas nacionales y el siglo XVI estas lenguas ya habían asumido por lo general sus formas contemporáneas.
La separación de autoridad espiritual y autoridad temporal. A lo largo de la historia occidental, primero la Iglesia y después muchas iglesias existieron separadas del Estado. Dios y el César, Iglesia y Estado, autoridad espiritual y autoridad temporal, habían sido un dualismo prevaleciente en la cultura occidental. La separación entre Iglesia y Estado que caracteriza a la civilización occidental no tuvo lugar en ninguna otra civilización. Esta división de autoridad contribuyó enormemente al desarrollo de la libertad en el Occidente.
El gobierno de la ley. El concepto de la centralidad de la ley para la existencia civilizada fue heredado de los romanos. La tradición del gobierno de la ley estableció las bases del constitucionalismo y la protección de los derechos humanos, incluyendo los derechos de propiedad en contra del ejercicio del poder arbitrario.
El pluralismo social y la sociedad civil. Lo que ha sido distintivo para el Occidente, es el auge y persistencia de diversos grupos autónomos no basados en relaciones de sangre o matrimoniales. Por más de un milenio Occidente ha tenido una sociedad civil que se distingue de otras civilizaciones.
Los cuerpos representativos. El pluralismo social dio origen tempranamente a estamentos, parlamentos y otras instituciones que representaron los intereses de la aristocracia, el clero, los comerciantes y otros grupos. Estos cuerpos proporcionaron formas de representación que en el curso de la modernización evolucionaron en las instituciones de la democracia moderna. En algunos casos, durante la era del absolutismo, fueron abolidos o fuertemente limitados en sus poderes. Pero incluso cuando eso sucedió, pudieron resurgir como un vehículo para la expansión de la participación política. Ninguna otra civilización actual tiene una herencia comparable de cuerpos representativos desarrollados en un milenio.
El individualismo. Muchas de las características anteriores de la civilización occidental contribuyeron a la emergencia de un sentido de individualismo y una tradición de derechos individuales y libertades únicas entre las sociedades civilizadas. El individualismo desarrollado en los siglos XIV y XV y la aceptación del derecho a la elección individual, que según Deutsch constituye "la revolución de Romeo y Julieta", prevaleció en el Occidente durante el siglo XVII. Tanto los occidentales como los no occidentales señalan al individualismo como la marca distintiva central del Occidente.
Este listado de Huntington no es una enumeración exhaustiva de las características distintivas de la civilización occidental ni esas características estuvieron siempre y en todo lugar presentes en la sociedad occidental. Tampoco pretende que ninguna de estas características haya aparecido en otras civilizaciones. Individualmente, casi ninguno de estos factores es único en el Occidente. La combinación de ellos es y ha dado a Occidente su cualidad distintiva. Han sido por mucho más prevalecientes en el Occidente que en otras civilizaciones. Forman el corazón de la continuidad esencial de la civilización occidental. Son lo que es occidental, pero no moderno, para el Occidente. Generaron el compromiso de la libertad individual que distingue Occidente de otras civilizaciones. Son los factores que permitieron que el Occidente tomara la dirección de su modernización. Hacen única a nuestra civilización.
El futuro de Occidente depende en gran medida de la unidad de Occidente. El problema para Occidente, en esta situación, es mantener su dinamismo y promover su coherencia.
Estas características distintivas de la civilización occidental encuentran un profundo respaldo en el pensamiento de Friedrich A. Hayek, quien vio en ellas las condiciones que permitieron el surgimiento del orden extenso de la libertad y la prosperidad modernas. Hayek no solo defendió estas tradiciones; demostró cómo su erosión amenazaba la civilización misma.
Sobre el gobierno de la ley, Hayek escribió en Los fundamentos de la libertad: “La regla de derecho significa que el gobierno en todas sus acciones está vinculado por reglas fijadas y anunciadas de antemano —reglas que hacen posible prever con razonable certeza cómo la autoridad usará sus poderes coercitivos en circunstancias dadas y planificar los propios asuntos individuales sobre la base de este conocimiento.” Esta tradición, que limita el poder arbitrario y protege la propiedad y la libertad individual, es precisamente una de las herencias romanas y medievales que distinguen a Occidente y que el texto destaca como base del constitucionalismo.
El derecho como orden evolucionado (nomos). En su obra Derecho, legislación y libertad, Hayek distingue entre el derecho que surge espontáneamente de las costumbres y la interacción de las personas (nomos) y la legislación impuesta deliberadamente por una autoridad (thesis). Como señala: “El derecho no es el producto de un designio deliberado, sino que surge de la interacción espontánea de individuos que persiguen sus propios fines dentro de reglas abstractas. El derecho es más antiguo que la legislación.” Esta distinción refuerza que las bases del gobierno de la ley en Occidente son el fruto de un proceso evolutivo de siglos, no de una construcción racional moderna.
Sobre el individualismo y el orden espontáneo, en su ensayo “Individualismo: verdadero y falso” (1945), Hayek señaló que el verdadero individualismo occidental “reconoce que la colaboración espontánea de hombres libres a menudo crea cosas que son mayores de lo que sus mentes individuales pueden comprender o diseñar conscientemente”. Este principio explica cómo el pluralismo social, los cuerpos representativos y la sociedad civil evolucionaron orgánicamente a lo largo de más de un milenio, sin un designio central, generando el dinamismo que llevó a la modernización de Occidente. Como enfatizaba Hayek, el orden social es “el resultado de la acción humana pero no del designio humano”.
El orden extenso de la civilización occidental. En La fatal arrogancia, Hayek sostiene que el gran logro de Occidente fue el desarrollo de un “orden extenso de cooperación humana” que permite a millones de personas colaborar pacíficamente aunque no se conozcan ni compartan valores concretos. Este orden “no es el resultado de un plan o designio humano, sino de un proceso de evolución en el que un gran número de individuos, cada uno persiguiendo sus propios fines, han contribuido”.
Las características que enumeramos —pluralismo social, individualismo, reglas generales de conducta, cuerpos representativos— son precisamente los pilares de ese orden extenso que hizo posible la prosperidad y la libertad modernas.
El arte de asociarse y la preservación de la libertad. Alexis de Tocqueville, en La democracia en América, advirtió que en las sociedades democráticas el principal riesgo es la atomización de los individuos y el crecimiento del poder central. La gran lección que extrajo de Estados Unidos fue el extraordinario desarrollo del “arte de asociarse”. Escribió que en los países democráticos “la asociación debe sustituir al individuo poderoso que, en las aristocracias, se encarga de todo”. Si los hombres no aprendieran a formar asociaciones voluntarias, caerían “en el despotismo o en la anarquía”. Para Tocqueville, estas asociaciones intermedias —cooperativas, iglesias, clubs, empresas, comunidades locales— son el principal baluarte contra la tiranía de la mayoría y la centralización burocrática. Esta observación refuerza la importancia del pluralismo social y la sociedad civil que destacamos como rasgo distintivo de Occidente.
La religión como condición de la libertad democrática. Tocqueville fue aún más lejos al afirmar que la religión —y en particular la tradición judeo-cristiana— es indispensable para sostener la libertad en las democracias. “El despotismo puede gobernar sin fe, pero la libertad no”, escribió. En su análisis, la religión proporciona los límites morales y las costumbres compartidas que las leyes por sí solas no pueden garantizar. Sin ese fundamento, la igualdad de condiciones tiende a producir o bien apatía individual o bien una tiranía de la mayoría desprovista de frenos.
En definitiva, mantener la coherencia en torno a estas instituciones evolucionadas de libertad, derecho y orden espontáneo es la mejor garantía para preservar el dinamismo civilizatorio frente a los desafíos actuales. El futuro de Occidente depende de su fidelidad a lo que lo hizo único mucho antes de la Modernidad.