La historia nos cuenta que Argentina declaró su independencia de España el 9 de julio de 1816 en la casita de Tucumán. Lo que se suele dejar de lado, o enseñar muy por arriba, es que el camino hasta ahí fue tortuoso, lleno de altos y bajos. Se llegó a 1816 después de batallas muy duras en las que parecía que todo estaba perdido. La declaración de la independencia llegó apenas siete meses después de Sipe Sipe, donde el Ejército del Norte fue aplastado por los realistas y todo el esfuerzo parecía haber sido en vano.
La analogía vale para la gestión del presidente Milei. El norte está claro: que Argentina sea el país más libre del mundo. La gente compró esa máxima y la revalidó en las elecciones de 2025. Pero el camino hacia esa meta va a tener sus propios Sipe Sipe, y los números del "minuto a minuto" no siempre van a ser los que uno espera.
Esta semana hubo uno. El INDEC publicó un EMAE con una caída que no se veía desde la pandemia. El riesgo país, que había llegado a tocar mínimos en la zona de 400 puntos, superó los 600. Y el BCRA publicó números de mora crediticia en niveles récord.
Puestos uno detrás del otro en un zócalo, esos tres títulos describen un derrumbe, un fracaso de la gestión. Con los datos completos sobre la mesa, la historia es bastante distinta, y casi nadie la está contando, empezando por el propio Gobierno.
El plan es claro y los números lo acompañan
La inflación de agosto fue 1,7%, la más baja en catorce meses. Llegó después de un 2,1% en julio, y el promedio de los últimos tres meses bajó a 1,9%. El sendero de desinflación, que se había trabado en el primer trimestre, retomó su curso.
Eso empieza a notarse en el bolsillo. En los últimos cuatro meses, el índice general de salarios le ganó a la inflación, y en los últimos doce está algo más de dos puntos porcentuales por encima. Hay que leerlo con cuidado. Los salarios registrados todavía corren debajo de la inflación, y lo que empuja el índice son los no registrados, un componente que el INDEC mide con cinco meses de rezago. El trabajo no está terminado, pero la tendencia pegó la vuelta, y un salario que le gana a los precios es la condición para que el consumo se reactive.
Con el empleo pasa algo parecido, y por el mismo lado: la recuperación viene por la informalidad. El desempleo subió de 7,6% a 7,9% en un año. En el mismo período, la cantidad de ocupados creció en unas 265.000 personas y la tasa de actividad aumentó 0,8 puntos. Hay más desocupados porque salió más gente a buscar trabajo mientras la cantidad de gente trabajando también crecía. Con salarios que empiezan a recuperarse, más gente decide volver al mercado laboral. La deuda pendiente es la regulación, que todavía no le sirve ni a empleados ni a empleadores. Por eso el empleo crece por la vía informal, con efectos negativos sobre la recaudación y la seguridad social.
En el frente externo también hay avances. Estados Unidos lanzó el Corredor Andes-Atlántico, un marco de financiamiento del EXIM Bank de hasta US$7.000 millones con horizonte 2027 para energía, minería, puertos y ferrocarriles. Todavía no se desembolsó un solo dólar, pero pocas veces Estados Unidos puso su banco de exportaciones detrás de la infraestructura argentina.
No hay línea recta, y no es momento de volantazos
El EMAE cayó 2,9% en julio contra junio, la peor caída mensual desde abril de 2020. Es un mal dato, y tiene explicación. Hubo lluvias y nevadas muy por encima del promedio y un Mundial que recortó horas trabajadas. También hubo restricciones de gas para la industria en pleno invierno, y ahí hay una deuda de infraestructura que el Gobierno tiene que resolver. La construcción, la más expuesta al clima, crecía 4% interanual en mayo y en junio antes de caer en julio. Agosto y septiembre dirán si fue un bache o un cambio de tendencia. Hasta entonces, un mes malo no alcanza para hablar de recesión.
Además, la volatilidad del EMAE está en máximos históricos, lo que vuelve muy riesgoso sacar conclusiones del "minuto a minuto". En este mandato se registraron las dos subas mensuales más grandes de los últimos 22 años, si se excluye el rebote pospandemia: julio de 2024 y marzo de 2026, ambas de +2,7%. Nadie usó esos meses para declarar un boom, y con julio debería valer la misma vara.
El riesgo país subió por el contexto internacional, con tasas altas en Estados Unidos y tensión geopolítica, y también porque el mercado empieza a ponerle precio a 2027. Sobre esto último vuelvo más abajo. Lo que importa es qué hizo el dólar mientras tanto: en lo que va de septiembre subió 1,1%, menos que la inflación, y el techo de la banda sigue casi 25% más arriba. Hace un año, un ruido parecido terminó en corrida y en el salvataje del Tesoro norteamericano. Hoy hay colchón propio, y eso es mérito de Santiago Bausili y Luis Caputo.
Mucho se viene hablando de la mora crediticia. Es un indicador incómodo y merece un análisis más fino que un titular. Detrás de ese número hay familias que se endeudaron contando con que el ingreso iba a recuperarse más rápido, y eso hay que reconocerlo. Pero el nivel tiene una explicación que casi nadie cuenta. Cuando el crédito se expande rápido, la mora casi siempre sube. Es lógico: los bancos salen a buscar nuevos clientes y toman más riesgo. Los clientes sin riesgo ya estaban adentro. Ahora hay que ir por los que tienen riesgo, y riesgo es mora. El kirchnerismo y la destrucción sistemática del sistema financiero nos hicieron olvidar que los bancos tienen que trabajar de bancos. Y trabajar de bancos implica tomar riesgos en sus carteras y, a veces, asumir malos préstamos. Tampoco hay que perder la dimensión: el 12,9% de julio es apenas 0,1 punto porcentual más que en junio, y la probabilidad de default cayó 0,5 puntos.
Con el tiempo, el sistema se limpia solo. Los saldos prestados son bajísimos y el crédito sigue siendo insignificante en términos de PBI, en niveles comparables a los de países africanos. No hay riesgo sistémico. Las familias tienen deudas muy bajas, así que no hay un desapalancamiento capaz de arrastrar la economía a una recesión. Comparar esto con las subprime de 2008 es no entender cómo funciona el sistema argentino: acá la securitización de carteras es marginal y no hay un mercado secundario que propague el problema. Es un problema entre bancos y deudores, no una bomba financiera.
El Gobierno tiene que contar su historia
Con los datos en contexto y el ruido limpio, la historia sigue siendo favorable al Gobierno. El problema es que el contexto no se explica solo. El día del EMAE, Caputo dio una explicación técnicamente correcta en un posteo, y los titulares dijeron que había culpado al Mundial. Cuando la explicación llega después del dato, suena a excusa aunque sea verdad. Instalada antes, con series y con tiempo, habría sonado a diagnóstico. Y cada intervención pública tiene un costo: una frase descontextualizada o una cifra alcanzan para alimentar una operación.
Del otro lado, la oposición está haciendo el trabajo de mostrar que la alternativa a Milei es la vuelta al oscurantismo económico. Kicillof lanzó su candidatura en Avellaneda y a los pocos días estaba en Nueva York explicándoles a fondos de inversión que el peso está sobrevaluado, criticando el RIGI y diciendo que el país desperdicia su momento. No presentó una sola medida. Boudou pidió terminar con el superávit fiscal y volver a subsidiar tarifas. En Diputados circula un proyecto de impuesto a las transferencias de capital al exterior. La senadora Di Tullio dijo en un streaming amigo que no tenía registro de las SIRA, del yate de Insaurralde ni de otros casos de corrupción que fueron tapa de todos los diarios. Como frutilla del postre, Gabriel Rubinstein, exviceministro de Economía de Massa, propuso esta semana llevar el dólar a la zona de $3.000 o $3.500. Él mismo calculó el costo: varios meses con inflación de entre 5% y 8% mensual. Devaluar, subsidiar, cobrar más impuestos y proteger a los sectores de siempre: es una fotocopia del país que este Gobierno recibió, y del que la mayoría de los argentinos decidió irse cuando le dijo "nunca más" al experimento kirchnerista. Eso es lo que el mercado empieza a descontar en el riesgo país: no esta gestión, sino la posibilidad de que esa agenda vuelva en 2027.
Ese contraste es el mejor activo del oficialismo, pero nadie lo va a mostrar por el Gobierno. El Presidente no puede ser el único librando la guerra por las ideas. Después de Sipe Sipe, el Ejército del Norte se replegó y el frente lo sostuvo Güemes con sus gauchos, escaramuza tras escaramuza, mientras en Tucumán se declaraba la independencia. Milei marcó el norte. Lo que le falta al Gobierno son sus Güemes: coroneles, capitanes y tenientes que salgan a dar cada batalla del relato, todos los meses, con el dato en la mano y antes que la oposición. Cada número que el Gobierno deja sin explicar, otros lo van a explicar por él, y no de buena fe.