Una baja moderada en la balanza puede generar cambios concretos en la salud. Perder entre el 3% y el 5% del peso corporal alcanza para mejorar la presión arterial, el control de la glucosa y el funcionamiento de los riñones, según advirtió la American Heart Association. No hace falta un descenso drástico: los cambios graduales y sostenidos en el tiempo alcanzan para reducir el riesgo de enfermedades crónicas.
El problema tiene escala global. En 2024, 940 millones de adultos vivían con obesidad en el mundo, lo que representa el 16% de la población mayor de 18 años, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud. Esta condición se asocia con mayor probabilidad de hipertensión, alteraciones del colesterol y de la glucosa, además de daño en la función renal.
El cardiólogo preventivo Francisco López-Jiménez, profesor de Medicina de la Clínica Mayo, explicó que el control del peso va mucho más allá de la estética. En declaraciones difundidas por la American Heart Association, señaló que la obesidad puede propiciar afecciones que dañan el sistema circulatorio.
El tejido graso necesita recibir sangre para mantenerse. Cuando aumenta la grasa acumulada, el corazón debe bombear más para abastecerla. Con el tiempo, esa exigencia extra puede favorecer la aparición de insuficiencia cardíaca. Además, la grasa puede depositarse alrededor del corazón.











