Para evitar repetir los mismos errores, es necesario conocer el pasado, analizarlo, y buscar patrones de comportamiento que se mantienen a lo largo de la historia; conflictos que de forma cíclica volverán a surgir.
Los ecos del pasado
El personalismo encarnado en Herrera, como decían sus detractores internos, era un peligro para el futuro partidario. Hoy, el bisnieto de Herrera, Lacalle Pou, ya parece un peligro para el futuro de su partido por el exceso de personalismo. Lo que puede llevar de la unidad partidaria a la confrontación en algún momento.
El Partido Nacional es un partido de tradiciones muy fuertes, de líderes o caudillos que, cuando acumularon demasiado poder, también empezaron a tener grandes resistencias, producto de la rebeldía intrínseca al sentir blanco. Así surgieron cuestionamientos y oposiciones internas, a veces tan profundas que ocasionaron fracturas y divisiones enormes.
Estas divisiones derivaron en la creación de nuevas agrupaciones opositoras al oficialismo, e incluso en nuevos partidos con dirigentes blancos que se abrieron camino por fuera, dividiendo al electorado nacionalista por décadas, como el Partido Blanco Radical (1925-1933) o el Partido Nacional Independiente (1931-1958).
En este último caso, los conflictos nacieron de las decisiones políticas adoptadas por Herrera: su respaldo a Perón, el rechazo de la ayuda estadounidense en plena Guerra Fría, y los pactos con el Partido Colorado, incluido su apoyo a la dictadura de Terra. Estas decisiones generaron heridas internas muy difíciles de sanar, afectando al caudillo más popular del Partido Nacional y provocando nuevas escisiones.
Bandera blanca.
A mi entender, fue uno de los periodos de mayor conflicto dentro de la interna blanca, con fuertes discusiones ideológicas que trascendieron el concepto de izquierdas y derechas.
Diagnóstico actual
La historia blanca ya demostró lo que pasa cuando una parte del electorado no se siente representada. Hoy muchos blancos de a pie, los blancos auténticos, no nos sentimos representados; el descontento crece en redes y en actos públicos, mientras los dirigentes parecen no comprender lo que se les reclama.
Se pide una postura firme ante el avance voraz del Frente Amplio contra la libertad y las instituciones. Pero la dirigencia nacionalista sufre una crisis político-ideológica: falta de ideas, pérdida de valores e identidad, desconexión con las bases y ausencia total de autocrítica tras la derrota electoral.
En gran medida, Álvaro Delgado es responsable directo de los errores de campaña, pero también Lacalle Pou, al aprobar como candidato a su secretario en la lista 404, que dejó de ser la más votada. El personalismo creó un presidente con alta aceptación, pero sin crecimiento electoral del partido: el gobierno se comió al partido.
Delgado.
No es sano para el Partido Nacional tener un “líder indiscutible”. Siempre fue necesaria la amplitud de sectores que discutan bajo los mismos principios. Ante la ausencia de grandes figuras como Larrañaga, la dirigencia se volvió Lacalle Pou dependiente. ¿Qué pasará cuando ya no pueda ser candidato o fracase en las próximas elecciones?
El partido parece unido, pero unido sin ideas, puede ir como el ganado directo al matadero. El nuevo Directorio está dominado por arribistas y calculadores que negocian con el Frente Amplio y mantienen una oposición tibia, alimentando el discurso de “son todos lo mismo”.
El futuro por las ideas
El Partido Nacional necesita una revolución juvenil que enfrente al oficialismo partidario y despierte del quietismo ideológico de los viejos dirigentes. Los jóvenes no tienen que esperar su lugar: deben ganarlo, pensando en el país que dejarán a sus hijos dentro de treinta años.
Son los jóvenes blancos quienes deben reavivar la hazaña revolucionaria de Saravia y devolver orgullo al nacionalismo. Los dirigentes deben aceptar opiniones críticas y autocrítica real, o nacerán nuevos movimientos con talante blanco que disputen el espacio desde afuera.
Si el oficialismo partidario suprime la interna sana y representativa, podría desatar una crisis mayor. O surge una nueva alternativa nacionalista o todo seguirá igual. El país no puede permitirse una oposición sin brújula; la renovación interna debe ser el primer acto de responsabilidad de los dirigentes.
El mayor fracaso electoral fue no ofrecer un modelo diferente que ilusione a los uruguayos. Nada sería más triste que ganar una elección para dejar todo como está.
Homenaje a Herrera.
El nacionalismo blanco debe ser el mayor enemigo del globalismo y las agendas antipatria. Las circunstancias demandan acción vigorosa y oposición franca al sistema que busca quitarnos libertades.
Hoy el Uruguay necesita blancos de verdad, sin dobleces y dispuestos a defender la patria y la libertad. Los líderes deberán asumir una actitud valiente, o el pueblo los juzgará.
Son necesarios nuevos hitos y gestas que reaviven el sentir nacionalista, con corrientes de ideas claras que sostengan con valor la patria y la libertad.