La distinción que plantea Sotelo no es un detalle técnico: es la línea que separa la democracia liberal de la censura ideológica. Cuando el “odio” se transforma en un concepto vago y expansivo, el poder político obtiene una herramienta para silenciar lo que le incomoda.
Resulta especialmente llamativo que quien hoy empuja esta lógica haya sido durante más de treinta años la cara visible del noticiero Subrayado de Canal 10. Rodríguez se presentó durante décadas como periodista. Ahora, desde un alto cargo político, propone restringir aquello que vagamente denomina “discurso de odio”. En la práctica, esa categoría suele abarcar cualquier expresión que no sintonice con la visión de la izquierda.
Estas iniciativas de control del discurso no son inocuas. Cuando se las presenta como defensa de la convivencia, en realidad erosionan el núcleo de la libertad de expresión y, con ella, de la democracia misma.