Termina el período escolar y en cada escuela los niños concurren con entusiasmo al acto de fin de curso, donde padres y abuelos se deleitarán observando a sus pequeños actuar, cantar y divertirse.
Me ha tocado en suerte este año, presenciar algunos eventos donde los niños participaron en obras de teatro o musicales impregnados de wokismo. He visto actuaciones sobre revueltas antiimperialistas y un presentador drag queen animando una audiencia infantil de 6 años en un teatro.
El apogeo del adoctrinamiento de menores ha sido publicado en diferentes medios pocos días atrás: En una escuela pública de Madrid, un grupo de niños uniformados, con réplicas de armas y encapuchados como terroristas de Hamás, realizaban su perfomance sobre la “liberación de palestina”.
En algunas escuelas públicas de Barcelona se puede encontrar carteles alusivos a un apoyo hacia la lucha yihadista, mayormente disfrazados como solidaridad o apego emocional. Anuncios donde se utiliza el amigable dibujo de la sandía, llaman a detener un inexistente genocidio. También hubo en Septiembre pasado, un día dedicado a ello en algunos establecimientos educativos catalanes, convocado por entidades sindicales.
La mente de un niño es como cemento fresco, las vivencias dentro de su marco educativo dejan huellas que allí permanecerán.
Cada vez que se convierte un conflicto internacional en una causa escolar, se borra la frontera entre educación y propaganda. Y cuando esa propaganda se dirige a los más jóvenes, estamos frente a un intento profundamente irresponsable de radicalización infantil.
La escuela no debería ser lugar para esas prácticas., El maestro no debe ser un comisario moral, ni el aula un campo de manipulación política afectiva; su papel no es dictar qué causa merece apoyo, sino enseñar a pensar, a comparar, a dudar, a analizar fuentes descartando componentes ideológicos.
Educar en valores no significa inculcar una causa, más aún si esa causa alienta la eliminación de un grupo humano, en este caso los judíos. Formar en valores es ofrecer herramientas para que cada persona, cuando tenga criterio y madurez, pueda elegir cómo actuar ante la injusticia.
¿Deben las autoridades responsables permitir este feroz adoctrinamiento infantil?
¿Desean los padres que sus hijos sean mártires, o que abracen la ley de la Sharía Islámica?
La propaganda yihadista abunda a través de los medios, la política y las redes sociales, disfrazada de lucha por los derechos humanos. Todo vale, cualquier gesto que destaque lo que en realidad es desinformación, ignorancia y judeofobia puede ser utilizado para difundir mentiras y dogmatizar, inculcar odio y resentimiento a partir de impresiones profundamente emocionales.
Estimulados desde las altas esferas del poder político, todo ambiente parece hoy ser hostil a los valores de convivencia y libertad que llevó siglos conseguir en las democracias occidentales. El wokismo ha impregnado estamentos sociales con su veneno antisistema. Occidente se sumerge en las aguas del más negro oscurantismo.
En este mundo al revés agrupaciones LGTB apoyan a quienes quieren asesinarlos, colectivos feministas sostienen a quienes castigan a las mujeres y niegan sus derechos, periodistas alaban a quienes instalan censuras totalitarias, sindicalistas brindan soporte a quienes no otorgan ningún derecho a sus trabajadores y algunas organizaciones de maestros son cómplices de quienes solo permiten enseñar en sus países con la ley de la Sharía en la mano.
No hay memoria pare recordar los atentados en La Rambla de Barcelona, en Atocha, Londres, París, Niza, Nueva York o Buenos Aires; ejecutados por los personeros de Hamás, Hezbollá, Isis o Al Qaeda, con el soporte de conocidas dictaduras y monarquías.
Banalizando el yihadismo y desprotegiendo la educación de sus niños, occidente allana el camino hacia su propia catástrofe, entregándose a su autodestrucción.