Los ataques de Hamás, Hezbollah y los Hutíes lanzados conta Israel el 7 de Octubre de 2023 no llegaron solos. Junto a los brutales asesinatos, violaciones y secuestros ocurridos ese día contra civiles israelíes, se ha desplegado en el planeta un plan preconcebido, con años de anticipación, por parte del islamismo radical.
Al unísono y en distantes geografías de occidente, se montaron las mismas “marchas de protesta”, con las mismas pancartas, se gritaron los mismos eslóganes, se pintarrajearon los mismos grafitis, se instalaron idénticas carpas en campus universitarios y se lanzó la consigna del antisionismo; un mero reemplazo del antisemitismo histórico. Ese tradicional antisemitismo que fue en un tiempo religioso y luego racial, se convertía ese día en odio político.
En paralelo a los criminales ataques en Medio Oriente, la maquinaria perversa yihadista lanzó su agresión social. Prensa, redes sociales, manifestaciones, boicots, censura, intimidación, cartelería de contaminación visual, merchandising y pegatinas acompañaron una narrativa engañosa que intenta manipular la opinión pública con un bombardeo constante de slogans y propaganda.
Al mejor estilo nazi se lanzan lemas como genocidio, hambruna y apartheid; junto a panfletos que apelan a lo emocional basados en realidades inexistentes.
No hay escrúpulos; hay un enorme espacio para la mentira.
El yihadismo de los Hermanos Musulmanes no pudo ganar guerras por las armas, solo degollaba personas ante las cámaras y acaparaba un terruño por poco tiempo; se lanzó entonces a la conquista de occidente a través de un cambio de estrategias, aprovechando las libertades y beneficios que brindan las democracias occidentales.
La aplicación de su plan nefasto comenzó años atrás con la inmigración masiva, la ocupación de ciudades y las demostraciones de poder, montando mezquitas y minaretes; apoderándose del espacio público para oraciones y rituales.
La avalancha de “inversiones económicas” fue dirigida hacia a la compra de medios de prensa y paquetes accionaros en empresas relevantes. El esquema de poder fue consolidado a través de fondos como el de “Qatar Investment Authority” con un aluvión de miles de millones de dólares hacia universidades y partidos políticos. Una incontable cantidad de trolls se activaron en redes sociales, herramientas de internet e Inteligencia artificial.
Se elaboró un sistema de influencias a través de la política, financiando allegados en partidos que ocupan lugares en parlamentos, alcaldías y presidencias. Se abordó también la diplomacia, ocupando puestos en importantes organismos multilaterales, ONG, fundaciones y foros internacionales. Espacios culturales, escuelas y hasta entidades de beneficencia fueron copados por los activistas.
La inversión en propaganda, subliminal o directa, ha crecido en progresión geométrica.
El dinero fluye, apreciado lector, comprando voluntades y opiniones.
La instrumentación de semejante estrategia ha sido posible gracias a la alianza del islam radical con una izquierda woke violenta e intolerante, que insulta frente a sinagogas y boicotea competencias ciclistas. Los militantes vociferan en las calles blandiendo la bandera palestina, como si eso significara algún tipo de liberación del yugo capitalista. Su lucha deja de lado el exterminio de cristianos en Yemen, Somalia o Nigeria, solo activan flotillas de agitadores panfletarios hacia Medio Oriente, generando provocaciones y más propaganda maliciosa.
¿Acaso estos individuos que concurren a “marchas propalestinas”, defendiendo la teocracia de los ayatolas y el régimen totalitario madurista, querrían vivir bajo la ley de la “Sharia”? Quizás desconocen que donde imperan esas dictaduras religiosas la mujer, propiedad del hombre, no puede estudiar ni conducir, no hay lugar para iglesias o sinagogas, no hay elecciones, libertad de expresión o de movimientos, allí se asesina a los homosexuales, se lleva a cabo la mutilación genital y no se permite que tu perro sea tu mascota; entre otros “beneficios”.
Contradicciones incomprensibles, o no tanto, porque cuando cierto dinero y poder logran infiltrar el alma de sociedades abiertas, imperfectas pero libres, penetra en ellas un extremismo radical que no se dedica solo poner bombas o acuchillar personas. Es otro tipo de accionar, es también terrorismo, un terrorismo de fractura social.