El día que falleció el Papa Francisco, el mundo no se detuvo —pero sí se desnudó. Su partida, este lunes, marcó algo más que el fin del pontificado de un líder espiritual de más de 1.300 millones de personas. Marcó también un símbolo: el silencio de una de las pocas voces globales que aún hablaba con autoridad moral en medio de una época saturada de ruido, polarización y cinismo.
Ese mismo día, los mercados financieros abrían con una mezcla de cautela y nerviosismo: los efectos de la prolongada guerra comercial entre Estados Unidos y China seguían repercutiendo en la economía global. Lo que comenzó como un cruce de aranceles —que afectó a productos por un valor superior a 550 mil millones de dólares entre ambas potencias— ha escalado hacia una confrontación sistémica. La competencia tecnológica, el desacoplamiento de cadenas de suministro estratégicas y las nuevas alianzas geopolíticas están redibujando el mapa del poder global. El FMI, consciente del impacto, ha reducido sus previsiones de crecimiento global para 2025 al 2,8%, y advierte que la fragmentación económica podría costarle al planeta hasta el 12% del PIB mundial en las próximas dos décadas.








