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Estados Unidos

Análisis: la geopolítica de la elección estadounidense a días del Trump v Biden. Por Alexander Dugin

La visión del filósofo ruso Alexander Dugin, principal asesor del presidente Putin, acerca de la inminente elección entre Donald Trump y Joe Biden. Dos mundos, diametralmente opuestos, se enfrentan en la elección más importante de la historia del país.

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Por Alexander Dugin.

La misma expresión “la geopolítica de las elecciones estadounidenses” suena muy inusual e inesperada. Desde los años 30 del siglo XX, el enfrentamiento entre los dos principales partidos estadounidenses, los republicanos “rojos” (Great Old Party – GOP) y los demócratas “azules”, se ha convertido en una competencia basada en un acuerdo frente a los principios básicos en la política, la ideología y la geopolítica aceptados por ambas partes. La élite política de Estados Unidos se basó en un consenso profundo y completo, en primer lugar, en la lealtad al capitalismo, el liberalismo y el establecimiento de Estados Unidos como la principal potencia del mundo occidental.

Independientemente de si estamos tratando con los “republicanos” o con los “demócratas”, uno podría estar consciente de que su visión del orden mundial era casi idéntica: globalista,
liberal,
unipolar
atlantista y
centrado en los Estados Unidos.

Esta unidad tuvo su expresión institucional en el Consejo de Relaciones Exteriores – CFR (Council on Foreign Relations), creado durante la celebración del acuerdo de Versalles como consecuencia de la Primera Guerra Mundial y que reunió a representantes de ambas partes. El papel del CFR creció constantemente y después de la Segunda Guerra Mundial se convirtió en la sede principal del creciente globalismo. En las primeras etapas de la Guerra Fría, el CFR permitió que los sistemas convergieran con la URSS sobre la base de los valores compartidos de la Ilustración. Pero debido al fuerte debilitamiento del campo socialista y la traición de Gorbachov, la “convergencia” ya no era necesaria, y la construcción de una paz global estaba en manos de un polo: el del ganador de la Guerra Fría.

El comienzo de la década de los 90 del siglo XX se convirtió en un minuto de gloria para los globalistas y el propio CFR. A partir de ese momento, el consenso de las élites estadounidenses, independientemente de la afiliación partidista, se fortaleció aún más, y las políticas de Bill Clinton, George W. Bush o Barack Obama, al menos en temas importantes de política exterior y lealtad a la agenda globalista, prácticamente no fueron diferentes. Por parte de los republicanos, el análogo “derechista” de los globalistas (representados principalmente por los demócratas), fueron los neoconservadores, quienes expulsaron a los paleoconservadores del partido después de los años 80, es decir, aquellos republicanos que seguían tradiciones aislacionistas y se mantuvieron fieles a los valores conservadores, característicos del Partido Republicano, hasta principios del siglo XX y de los primeros tiempos de la historia de Estados Unidos.

Sí, demócratas y republicanos estaban en desacuerdo en política fiscal, en materia de medicina y seguros (aquí los demócratas estaban económicamente a la izquierda y los republicanos a la derecha), pero esta era una disputa en el marco del mismo modelo, que de ninguna manera o casi nunca afectó a los principales vectores de la política, por no hablar de la política extranjera. En otras palabras, las elecciones en los Estados Unidos no tenían ningún significado geopolítico y, por lo tanto, una combinación como “la geopolítica de las elecciones estadounidenses” no se utilizaba debido a su falta de sentido o sin sentido.

Alexander Dugin, filósofo ruso y uno de los principales asesores en materia internacional que tuvo el presidente Vladimir Putin.

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Trump destruye el consenso

Todo cambió en 2016, cuando el actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump, llegó inesperadamente al poder. En el propio EEUU, su llegada se convirtió en algo completamente excepcional. Todo el programa de campaña de Trump se basó en las críticas al globalismo y a las élites estadounidenses gobernantes. En otras palabras, Trump desafió directamente el consenso bipartidista, incluido el ala neoconservadora de su partido republicano, y … ganó. 

Por supuesto, 4 años de presidencia de Trump han demostrado que es simplemente imposible reformar por completo la política estadounidense de una manera tan inesperada, y Trump tuvo que hacer muchos compromisos, incluido el nombramiento del neoconservador John Bolton como su asesor de seguridad nacional. Pero a pesar de todo, trató de seguir su línea, al menos en parte, lo que enfureció a los globalistas. Así, Trump cambió drásticamente la estructura misma de las relaciones entre los dos principales partidos estadounidenses. 

Bajo su mando, los republicanos han regresado en parte a las posiciones del nacionalismo estadounidense características del Partido Republicano temprano, de ahí las consignas de America First! o Make America Great Again!. Esto provocó una radicalización de los demócratas, quienes, a partir del enfrentamiento entre Trump y Hillary Clinton, de hecho, declararon una guerra real a Trump y a todos los que lo apoyaron en un nivel político, ideológico, mediático, económico, etc.

Durante 4 años esta guerra no se detuvo ni un instante y hoy, en vísperas de las nuevas elecciones, alcanzó su punto culminante. Todo esto se manifestó:

  • en la amplia desestabilización del sistema social, 
  • en la rebelión de elementos extremistas en las principales ciudades de Estados Unidos (con el apoyo casi abierto de las fuerzas anti-Trump del Partido Demócrata), 
  • en la demonización directa de Trump y sus partidarios, quienes, en caso de la victoria de Biden, se enfrentan al ostracismo real, sin importar el cargo que ocupen, 
  • acusan a Trump y a todos los patriotas y nacionalistas estadounidenses de ser fascistas, 
  • a un intento de presentar a Trump como un agente de fuerzas externas, en primer lugar, Vladimir Putin, etc.

La feroz confrontación interpartidaria, en la que algunos de los propios republicanos, principalmente los neoconservadores (como Bill Kristol, además de los principales ideólogos de los neoconservadores), se opusieron a Trump, provocó una fuerte polarización en toda la sociedad estadounidense. Y hoy, en el otoño de 2020, en el contexto de la constante epidemia del Covid-19 y sus consecuencias sociales y económicas asociadas, la carrera electoral es algo completamente diferente de lo que fue en los últimos 100 años de la historia estadounidense, comenzando con Versalles, los 14 puntos globalistas de Woodrow Wilson y la creación del CFR.

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Años 90: un minuto de gloria para los globalistas

Por supuesto, no fue Donald Trump quien rompió personalmente el consenso globalista de las élites estadounidenses, poniendo a Estados Unidos al borde de una Guerra Civil a toda regla. Trump se ha convertido en un síntoma de profundos procesos geopolíticos desde principios de la década del 2000.

En los años 90 del siglo XX, el globalismo alcanzó su clímax, el campo soviético estaba en ruinas, los agentes directos de los Estados Unidos estaban en el poder siendo líderes de Rusia y China, quienes comenzaban a copiar obedientemente el sistema capitalista, lo que creó la ilusión del inminente “fin de la historia” (F. Fukuyama). Al mismo tiempo, a la globalización sólo se opusieron abiertamente las estructuras extraterritoriales del fundamentalismo islámico, a su vez controladas por la CIA y los aliados de Estados Unidos de Arabia Saudita y otros países del Golfo, y varios “Estados rebeldes”, como el Irán chiíta y la todavía comunista Corea del Norte, que son grandes en sí mismos, pero no representaban un peligro verdadero. 

Parecía que la dominación del globalismo era total, el liberalismo seguía siendo la única ideología que sometía a todas las sociedades y el capitalismo seguía siendo el único sistema económico. Antes de la proclamación del Gobierno Mundial (y este es el objetivo de los globalistas y en particular, la culminación de la estrategia CFR) solo quedaba un paso.

Los primeros signos de la multipolaridad

Pero desde principios de la década de 2000, algo salió mal. Con Putin se detuvo la desintegración y la mayor degradación de Rusia, cuya desaparición final de la arena mundial era una condición necesaria para el triunfo de los globalistas. Tras emprender el camino de la restauración de la soberanía, Rusia ha recorrido una gran distancia en los últimos 20 años, convirtiéndose en uno de los polos más importantes de la política mundial, por supuesto, todavía muchas veces inferior al poder de la URSS y el campo socialista, pero ya no obedeciendo servilmente a Occidente, como lo era en los años 90 …

Paralelamente, China, armada con la liberalización de su económica, retuvo el poder político en manos del Partido Comunista, evitando el destino de la URSS, el colapso, el caos, la “democratización” según los estándares liberales y gradualmente se convirtió en la mayor potencia económica solo comparable a Estados Unidos.

En otras palabras, existían requisitos previos para un orden mundial multipolar que, junto con el propio Occidente (los Estados Unidos y los países de la OTAN), tenía al menos dos polos bastante importantes y de peso: la Rusia de Putin y China. Y cuanto más lejos, más claramente emergió esta imagen alternativa del mundo, en la que, junto con el Occidente liberal globalista, de otro tipo de civilizaciones, basadas en estos polos que crecían en poder: la China comunista y la Rusia conservadora se daban a conocer cada vez más. Los elementos del capitalismo y el liberalismo están presentes tanto allí como allá. Todavía no se trate de una alternativa ideológica real, no es la contrahegemonía (según Gramsci), pero ya son algo. 

Sin convertirse en algo multipolar en el sentido pleno, en la década del 2000 el mundo dejó de ser inequívocamente unipolar. El globalismo comenzó a ahogarse, a desviarse de su trayectoria prevista. Esto fue acompañado por una división emergente entre Estados Unidos y Europa Occidental. Además, en los países de Occidente se inició el auge del populismo de derecha e izquierda, en el que se manifestó el creciente descontento de la sociedad con la hegemonía de las élites liberales globalistas. El mundo islámico tampoco detuvo su lucha por los valores islámicos que, sin embargo, dejó de identificarse estrictamente con el fundamentalismo (controlado de una forma u otra por los globalistas) y comenzó a adquirir formas geopolíticas más claras:

  • ascenso del chiísmo en el Medio Oriente (Irán, Irak, Líbano, en parte en Siria), 
  • crecimiento de la independencia – hasta entrar en conflictos con los EE.UU. y la OTAN – de la Turquía sunita de Erdogan, 
  • fluctuaciones de los países del Golfo entre Occidente y otros centros de poder (Rusia, China), etc.

La pareja Clinton, mayores exponentes de la ideología globalista que tomó rehén al Partido Demócrata en los 90s, y que al día de hoy sigue dominando en el Partido, con candidatos títeres como Barack Obama o Joe Biden.

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El momento Trump: el gran cambio

Las elecciones estadounidenses del 2016, que fueron ganadas por Donald Trump, se llevaron a cabo en este contexto, en un momento de grave crisis del globalismo y, en consecuencia, de las élites globalistas gobernantes.

Fue entonces que, debido a la fachada del consenso liberal, surgió una nueva fuerza, esa parte de la sociedad estadounidense que no quería identificarse con las élites globalistas dominantes. El apoyo de Trump se ha convertido en un voto de desconfianza a la estrategia del globalismo, no solo contra los demócratas, sino también contra los republicanos. Así, la escisión se reveló en la propia ciudadela del mundo unipolar, en la sede de la globalización. Aparecieron bajo la espesura del desprecio los deplorables, la mayoría silenciosa, la mayoría desposeída (V. Robertson). Trump se ha convertido en un símbolo del despertar del populismo estadounidense.

Así que la política real volvió a los Estados Unidos, de nuevo se trata de una disputa ideológica, de la cancel culture, de los BLM, donde la destrucción de monumentos de la historia estadounidense se convirtió en la expresión de una profunda división en la sociedad estadounidense al interior de sus temas más fundamentales.

El consenso estadounidense se ha derrumbado

De ahora en adelante, élites y masas, globalistas y patriotas, demócratas y republicanos, progresistas y conservadores se han convertido en polos independientes y de pleno derecho, con sus propias estrategias, programas, puntos de vista, evaluaciones y sistemas de valores alternativos. Trump hizo estallar a Estados Unidos, rompió el consenso de la élite, descarriló la globalización.

Por supuesto, no lo hizo solo. Pero él audazmente, tal vez bajo alguna influencia ideológica del atípico conservador y antiglobalista Steve Bannon (un caso raro de un intelectual estadounidense familiarizado con el conservadurismo europeo, e incluso con el tradicionalismo de Guénon y Evola), fue más allá del discurso liberal dominante, abriendo así una nueva página en la historia de la política estadounidense. En esta página, leemos claramente la fórmula “la geopolítica de las elecciones estadounidenses”.

Steve Bannon, jefe de campaña de Trump en 2016, y principal asesor de la Casa Blanca en materia internacional en 2017.

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Elecciones estadounidenses 2020: todo está en juego

Dependiendo del resultado de las elecciones de noviembre de 2020, se determinará

  • la arquitectura del orden mundial (la transición al nacionalismo y la multipolaridad de facto en el caso de Trump, la continuación de la agonía de la globalización en el caso de Biden), 
  • la estrategia geopolítica global de Estados Unidos (América primero en el caso de Trump, un impulso desesperado hacia el Gobierno Mundial en el caso de Biden), 
  • el destino de la OTAN (su disolución a favor de una estructura que refleje más estrictamente los intereses nacionales de Estados Unidos, esta vez como Estado, y no como bastión de la globalización en general en el caso de Trump, o la preservación del bloque atlantista como instrumento de las élites liberales supranacionales en el caso de Biden), 
  • la ideología dominante (conservadurismo de derecha, nacionalismo estadounidense en el caso de Trump, globalismo liberal de izquierda, la eliminación final de la identidad estadounidense en el caso de Biden), 
  • la polarización de los demócratas y los republicanos (crecimiento continuo de la influencia de los paleoconservadores en el Partido Republicano en el caso de Trump) o un retorno a un consenso bipartidista (en el caso de Biden, con un nuevo aumento de la influencia de los neoconservadores en el Partido Republicano), 
  • e incluso el destino de la Segunda Enmienda a la Constitución (su preservación en el caso de Trump, y su posible derogación en el caso de Biden).  

Estos son momentos tan importantes que el destino del Healthcare, el Muro de Trump e incluso las relaciones con Rusia, China e Irán resultan ser algo de importancia secundaria. Estados Unidos está tan profunda y fundamentalmente dividido que la pregunta ahora es si el país sobrevivirá alguna vez a estas elecciones sin precedentes. Esta vez, la lucha entre demócratas y republicanos, Biden y Trump, es una lucha entre dos sociedades agresivamente opuestas entre sí, y no un espectáculo sin sentido, de cuyos resultados nada depende fundamentalmente. Estados Unidos ha cruzado a una línea fatal. Cualquiera sea el resultado de estas elecciones, Estados Unidos nunca volverá a ser el mismo. Algo ha cambiado de manera irreversible.  

Por eso estamos hablando de “la geopolítica de las elecciones estadounidenses”, y por eso resulta tan importante. El destino de Estados Unidos es en muchos sentidos el destino de todo el mundo moderno.

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El fenómeno del Heartland

El concepto más importante de la geopolítica desde Mackinder, el fundador de esta disciplina, es el “Heartland”. El cual denota el núcleo de la civilización de la civilización de la tierra (Land Power) opuesta a la civilización del mar (Sea Power).

Tanto el propio Mackinder, como especialmente Carl Schmitt, quien desarrolló sus ideas y su intuición, están hablando del enfrentamiento entre dos tipos de civilizaciones, y no solo de la disposición estratégica de fuerzas en un contexto geográfico.

“La Civilización del Mar” encarna la expansión, el comercio, la colonización, pero también el “progreso”, la “tecnología”, los cambios constantes en la sociedad y sus estructuras, reflejando el elemento líquido del océano – la sociedad líquida de Z. Bauman.

Es una civilización sin raíces, móvil, en movimiento, “nómada”.

La “Civilización de la Tierra”, por el contrario, está asociada al conservadurismo, la constancia, la identidad, la estabilidad, la meritocracia y los valores inmutables, es una cultura con raíces, de carácter sedentario.

Así, el Heartland adquiere también un significado civilizatorio: no es solo una zona territorial, lo más alejada posible de las costas y los espacios marítimos, sino también una matriz de identidad conservadora, un área de fuertes raíces, una zona de máxima concentración de la identidad.

Al aplicar la geopolítica a la estructura contemporánea de los Estados Unidos, obtenemos una imagen asombrosamente clara. La peculiaridad de los Estados Unidos es que el país está ubicado entre dos espacios oceánicos, entre el Océano Atlántico y el Océano Pacífico. A diferencia de Rusia, Estados Unidos no tiene un cambio tan inequívoco del centro a uno de los polos, aunque la historia de los Estados Unidos comenzó desde la costa Este y se trasladó gradualmente hacia el Oeste, y hoy, hasta cierto punto, ambas zonas costeras están bastante desarrolladas y representan dos segmentos de una pronunciada “civilización del mar” …

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Los Estados y la geopolítica electoral

Y aquí es donde comienza la diversión. Si tomamos el mapa político de los Estados de Estados Unidos y lo coloreamos con los colores de los dos partidos principales de acuerdo con el principio de qué gobernadores y qué partidos dominan en cada uno de ellos, obtenemos tres franjas:

  • la Costa Este es azul, aquí se concentran grandes áreas metropolitanas y, en consecuencia, dominan los demócratas; 
  • la parte central de los EE. UU., que es la zona del medio, esta llena de zonas industriales y agrícolas (incluida la “América de un piso”), es decir, el propio Heartland, que está pintada casi en su totalidad de rojo (la zona de influencia de los republicanos); 
  • la Costa Oeste vuelve a ser de mega-ciudades, centros de alta tecnología y, en consecuencia, del color azul de los demócratas.  

Bienvenidos a la geopolítica clásica, es decir, a la primera línea de la “gran guerra de los continentes”.

Por lo tanto, el EE.UU. del 2020 consta no solo de muchas (varias) civilizaciones, sino precisamente de dos zonas de civilización: el Heartland central y dos territorios costeros, que representan más o menos el mismo sistema sociopolítico, marcadamente diferente del Heartland. Las zonas costeras son el área de los demócratas. Es allí donde se ubican las semillas de la protesta más activa de BLM, LGBT +, el feminismo y el extremismo de izquierda (grupos terroristas “antifa”), involucrados en la campaña electoral de los demócratas a favor de Biden y contra Trump.

Antes de Trump, parecía que los Estados Unidos eran solo zonas costeras. Trump dio voz al Heartland estadounidense. Por lo tanto, se activó y se conscientizó el centro rojo de EE.UU. Trump es el presidente de esta “segunda América”, que prácticamente no está representada por las élites políticas y no tiene casi nada que ver con la agenda de los globalistas. Este es el EEUU de las pequeñas ciudades, de las comunidades y las sectas cristianas, las granjas o incluso de grandes centros industriales, devastados y destruidos por la deslocalización de la industria y el traslado de la industria a áreas con mano de obra más barata. Este es el Estados Unidos abandonado, traicionado, olvidado y humillado.

Esta es la patria de los deplorables, es decir, de los verdaderos nativos americanos, de los estadounidenses con raíces, no importa que sean blancos o no blancos, protestantes o católicos. Y este Estados Unidos del Heartland está desapareciendo rápidamente, poblado por las zonas costeras.

Resultados de la elección presidencial de 2016. Clara diferencia entre las costas demócratas, con bastiones como California al oeste y Nueva York al este, y un centro altamente republicano.

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La ideología del corazón de Estados Unidos: la vieja democracia

Es significativo que los propios estadounidenses hayan descubierto recientemente esta dimensión geopolítica de Estados Unidos. En este sentido, es característica la iniciativa de crear todo un Instituto de Desarrollo Económico, enfocado en planes para reactivar las micro-ciudades, los pequeños pueblos y los centros industriales ubicados en el centro de Estados Unidos. ¡El nombre del instituto habla por sí solo “Heartland forward”, “Heartland adelante!” De hecho, esta es una interpretación geopolítica y geoeconómica del eslogan de Trump “¡Let’s make America great again!”

En un artículo reciente del último número de la revista conservadora American Affairs (otoño de 2020. V IV, n. ° 3), el analista político Joel Kotkin publica The Heartland’s Revival, una pieza programática sobre el mismo tema: el revivir del Heartland. Y aunque J. Kotkin no ha llegado todavía en el sentido pleno a la afirmación de que los “Estados rojos”, de hecho, representan una civilización diferente a las zonas costeras, se acerca a esta conclusión, desde su posición más pragmática y económica.

El centro de Estados Unidos es un área muy especial con una población dominada por los paradigmas de la “vieja América” ​​con su “vieja democracia”, “viejo individualismo” y “viejas” ideas sobre la libertad. Este sistema de valores no tiene nada que ver con la xenofobia, el racismo, la segregación o cualquiera de los otros términos peyorativos con los que los intelectuales y periodistas arrogantes de las áreas metropolitanas y los canales nacionales suelen usar para referirse a los estadounidenses comunes. Este es el Estados Unidos con todas sus características distintivas, solo que es el Estados Unidos autentico, tradicional, algo congelado en su voluntad original de libertad individual de la época de los padres fundadores. Está más claramente representada por la secta Amish, todavía vistiendo según el estilo del siglo XVIII, o entre los mormones de Utah, profesando un culto grotesco, pero puramente estadounidense que se parece de forma muy distante al “cristianismo”. 

En esta “vieja América”, una persona puede tener cualquier creencia, decir y pensar lo que quiera. Este es el origen del pragmatismo estadounidense: nada puede limitar ni al sujeto ni al objeto, y todas las relaciones entre ellos se aclaran solo en el proceso de la acción activa. Y nuevamente, tal acción tiene un criterio: funciona o no funciona. Y eso es todo. Nadie puede imponer a un “liberalismo tan antiguo” lo que una persona deba pensar, hablar o escribir. La corrección política no tiene sentido aquí.

Es aconsejable solo expresar claramente tu pensamiento, que puede ser, teóricamente, lo que sea. Esta libertad de todo, de cualquier cosa, es la esencia del “sueño americano”.

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La Segunda Enmienda a la Constitución: “Defensa Armada de la Libertad y la Dignidad”

El Heartland de los Estados Unidos es más que solo un hecho económico y sociológico. Tiene su propia ideología. Ésta es una ideología nativa de los Estados Unidos – además, muy republicana – en parte anti-europea (especialmente anti-británica), que reconoce la igualdad de derechos y la inviolabilidad de las libertades. Y este individualismo legislativo se materializa en el libre derecho a poseer y portar armas. La segunda enmienda a la Constitución es un resumen de toda la ideología de tal Estados Unidos “rojo” (en el sentido del color del Partido Republicano). 

“Yo no tomo lo tuyo, pero tú tampoco tocas lo mío”. En resumen, puede tratar se de un cuchillo, una pistola, un arma, pero también de un fúsil o una ametralladora. Esto se aplica no solo a las cosas materiales, también se aplica a las creencias y formas de pensar, la libre elección política y la autoestima.

Pero las zonas costeras, los territorios americanos de la “Civilización del Mar”, los Estados azules están invadiéndolo todo. Esa “vieja democracia”, ese “individualismo”, esa “libertad” no tienen nada que ver con las normas de la corrección política, cada vez más intolerante y agresiva con su cultura de la cancelación, con la demolición de los monumentos a los héroes de la Guerra Civil o con el besar los pies de los afroamericanos, de las personas transgénero y los fanáticos del body positive. La “Civilización del Mar” ve a la “vieja América” ​​como un montón de deplorables (en palabras de Hillary Clinton), como una especie de “fascistoides” y “no humanos”. 

En Nueva York, Seattle, Los Ángeles y San Francisco, ya estamos lidiando con un EEUU diferente – con el EEUU azul de los liberales, los globalistas, los profesores posmodernos, los defensores de la perversión y el ateísmo prescriptivo ofensivo que expulsa de la zona de todo lo permisible cualquier cosa que se parezca a la religión, la familia, la tradición.

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La Gran Guerra de los Continentes en Estados Unidos: la proximidad del fin

Estos dos EEUU, los EEUU de la tierra y los EEUU del mar, se han unido hoy en una lucha irreconciliable por su presidente. Además, tanto los demócratas como los republicanos, obviamente, no tienen la intención de reconocer a un ganador si este proviene del campo opuesto. Biden está convencido de que Trump “ya ha falsificado los resultados electorales”, y su “amigo” Putin “ya ha intervenido en ellos” con la ayuda del GRU, los “novichok”, los trolls Olga y otros ecosistemas multipolares de “propaganda rusa”. En consecuencia, los demócratas no tienen la intención de reconocer la victoria de Trump. No es una victoria, sino una farsa.

Casi que también lo mismo lo consideran los republicanos más consistentes. Los demócratas utilizan métodos ilegales en la campaña electoral; de hecho, se está produciendo una “revolución de color” en los propios Estados Unidos, dirigida contra Trump y su administración. Y detrás hay huellas completamente transparentes de sus organizadores, de los principales globalistas y opositores a Trump, como George Soros, Bill Gates y otros fanáticos de la “nueva democracia”, los representantes más brillantes y consistentes de la “civilización del mar” estadounidense. Por lo tanto, los republicanos están listos para llegar hasta el final, especialmente porque la amargura de los demócratas en los últimos 4 años contra Trump y sus designados es tan grande que, si Biden termina en la Casa Blanca, la represión política contra una parte del establecimiento estadounidense, al menos contra todos los designados por Trump, tendrá una escala sin precedentes.

Así es como una barra de chocolate americano se rompe ante nuestros ojos: las líneas delineadas de una posible ruptura se convierten en los frentes de una guerra real.

Esta ya no es solo una campaña electa, es la primera etapa de una Guerra Civil en todo su sentido.

En esta guerra, chocan dos EEUU: dos ideologías, dos democracias, dos libertades, dos identidades, dos sistemas de valores mutuamente excluyentes, dos políticas, dos economías y dos geopolíticas.

Si entendiéramos lo importante que es ahora la “geopolítica de las elecciones estadounidenses”, el mundo aguantaría la respiración y no pensaría en nada más, ni siquiera en la pandemia de Covid-19 o las guerras, conflictos y desastres locales. El centro de la historia mundial, el centro que determina el destino del futuro de la humanidad, es precisamente la “geopolítica de las elecciones estadounidenses”, el escenario estadounidense de la “gran guerra de los continentes”, la Tierra estadounidense co

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Estados Unidos

CNN asegura que Trump está llevando a cabo un “gobierno paralelo en las sombras”

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Un extraño artículo de análisis de CNN expone una serie de medidas que el ex presidente está tomando para mantener una línea ejecutiva paralela a la Casa Blanca.

En una extraña nota de análisis, el periodista de CNN Chris Cillizza publicó un artículo “revelando” una “presidencia en las sombras” de Donald Trump.

“Un beneficio de no haber admitido nunca que perdiste una elección presidencial —aunque, por supuesto, la perdiste— es que puedes seguir actuando como el presidente, escribe Cillizza. “Eso es exactamente lo que Donald Trump está tratando de hacer en estos días, supervisando una especie de presidencia en las sombras para la base del Partido Republicano en la que el Covid-19 no es un problema tan grande, le robaron las elecciones de 2020 y él tenía razón sobre, bueno, todo lo demás”.

Trump se ha estado haciendo cargo de muchas cosas que Joe Biden, por su propia ideología de izquierda o por su galopante demencia senil, no ha querido o no ha podido hacer.

“El último ejemplo de la presidencia desde las sombras de Trump se produjo el miércoles, cuando The Washington Post informó que Trump había hablado con varios de los familiares de los soldados estadounidenses que fueron asesinados por un terrorista suicida  en Afganistán, explica CNN. Hasta la fecha Biden no ha hablado con ellos, e incluso les faltó el respeto cuando miró su reloj mientras estaba impacientemente esperando que terminara el funeral de los 13 soldados caídos.

Varias de estas familias se negaron a reunirse o hablar con Biden, pero sí aceptaron el llamado de Donald Trump. Mientras otras directamente confrontaron al presidente demócrata por su desastrosa retirada luego de que el republicano pusiera fin a la guerra en Afganistán después de 20 años de ocupación estadounidense.

Trump también se hizo cargo de hablar con los policías y bomberos de la Comisaría 17° de Manhattan, que pusieron su cuerpo para rescatar a los estadounidenses tras el ataque a las Torres Gemelas. Joe Biden solo asistió al evento en Ground Zero, en el que no pronunció palabra y se fue sin saludar a los veteranos del atentado.

Otro de los indicios de esta “presidencia en las sombras” es el rol activo que está teniendo Trump con los gobernadores republicanos, como Ron DeSantis en Florida o Greg Abbott en Texas. El ex mandatario está prácticamente trabajando con ellos en lo que en Estados Unidos se conoce como “policy making”, determinando cómo proteger la frontera, bajar los impuestos, conseguir financiación y rechazar las cuarentenas de Biden.

Además Trump está teniendo un rol importante en la selección de candidatos a diputados y senadores para las elecciones de medio término en 2022. Está eligiendo todos candidatos propios, trumpistas, que puedan desplazar en las internas a los candidatos del establishment republicano.

La oficina de Trump en Mar-a-Lago

“La regla general para los expresidentes es mantenerse al margen de los asuntos nacionales, sabiendo quizás mejor que nadie en el planeta que no están al tanto del espectro completo de un tema de la misma manera que el presidente en turno”, trata de justificar CNN sobre por qué Trump debería minimizar su rol político.

“Una pospresidencia es su propio tipo de cargo, con un mandato limitado solo por la muerte, y ocupado en un momento dado por unos pocos hombres, cada uno con sus propias ideas sobre cómo ejercer un tipo de poder más abstracto”, asegura el artículo, y lo compara con Bush: “George W. Bush regresó a Texas, se dedicó a la pintura y casi nunca ofreció comentarios —positivos o negativos— sobre Barack Obama”.

Sin embargo, la pospresidencia de Trump es una casi sin precedente histórico. El 95% de los votantes republicanos cree que la elección fue robada y sigue viendo a Trump como el líder del Partido Republicano, algo que nunca había pasado con un presidente de un solo término.

Además, es la primera vez que un presidente pierde la reelección con un índice de imagen positiva entorno al 50%. De hecho, es el primer mandatario en dejar la Casa Blanca con un nivel de aprobación así desde Ronald Reagan en 1988.

El hecho de que Trump dice continuamente que quiere volver a candidatearse en 2024, y que logró que su base entienda que hubo fraude electoral en 2020, convierten a la pospresidencia de Trump en una sin comparación en la historia del país. Algo que CNN interpreta como un “gobierno paralelo en las sombras”.

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Estados Unidos

Biden obligará a los extranjeros a estar vacunados contra el coronavirus para poder ingresar al país

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Luego de decir durante cuatro años que Trump era racista por pedir documentación a los inmigrantes, Biden decretó que nadie puede entrar al país sin estar previamente vacunado.

A pesar de haber tenido un discurso tajante en contra de limitar la inmigración, habiendo acusado a Trump de racista y xenófobo por pedir documentación a los inmigrantes, ahora Joe Biden decretó que todos los extranjeros adultos deben estar vacunados contra el coronavirus si quieren ingresar al país, sea con VISA de trabajo o de turista.

Hasta el momento, las restricciones eran incluso más duras. Estados Unidos había prohibido a la mayoría de los ciudadanos no estadounidenses que en los últimos 14 días hayan estado en el Reino Unido, los 26 países Schengen de Europa sin controles fronterizos, además de Irlanda, China, India, Sudáfrica, Irán y Brasil, de ingresar al país, sea cual sea su situación vacunatoria.

Ahora los pasajeros totalmente vacunados podrán viajar una vez que se levante la prohibición dentro de unas semanas, y también se permitirá la entrada de personas que participen en ensayos clínicos de fórmulas aún no aprobadas en Estados Unidos, como la canadiense. No obstante, deberán presentar una prueba de PCR negativa hecha 72 horas previas al viaje, sin necesidad de realizar una cuarentena al llegar.

En síntesis, las vacunas aprobadas para el ingreso a Estados Unidos son Pfizer, Moderna, J&J, AstraZeneca, Sinopharm y Sinovac. Vacunas como la Sputnik rusa y la Abdala cubana no permitirán el ingreso al país.

Por su parte, los ciudadanos estadounidenses que viajen al exterior también deberán someterse a una prueba un día antes y un día después de regresar al país. Por ahora, no se le exigirá a los propios que estén vacunados para salir y entrar al país.

El sector turístico temía que el gobierno de Biden no levante las restricciones a los viajes durante meses o potencialmente hasta 2022. El premier británico, Boris Johnson, tenía en su agenda pedirle al presidente estadounidense que permita la entrada de viajeros británicos, en el marco de la reunión que sostendrán en la Casa Blanca en los próximos días.

Las restricciones de viaje, que estaban en pie desde marzo de 2020, habían sido muy criticadas por los socios europeos, donde el porcentaje de vacunación es mayor que el de Estados Unidos, y la situación epidemiológica está más controlada.

La curva de casos en Estados Unidos ha permanecido en una meseta en los últimos días, con un promedio de casi 150 mil contagios por jornada, aunque la cantidad de muertes se mantiene en alza, superando las 2.000 por día. Esto con casi el 55% de la población vacunada, con uso de barbijo obligatorio en casi todos los Estados y con todavía restricciones severas en muchos distritos del país.

Biden ha culpado de estos números a los no vacunados, a pesar de que la gran mayoría de los pacientes de Covid son los vacunados, que se agarran la variante Delta. La Casa Blanca ha elevado la presión sobre los no vacunados y la medida sobre los pasajeros podría enfatizar su deseo de alcanzar un 90% de inmunización en todo el país.

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Estados Unidos

Biden le pidió al presidente afgano que mintiera ante la prensa en la última llamada antes de la toma de poder talibán

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En una filtración de una llamada entre Biden y Ghani, el estadounidense le pidió al afgano que cambiara la percepción de lo que estaba ocurriendo en el país y ocultara la inminente victoria de los terroristas talibanes.

El medio Reuters reveló una transcripción de una llamada del presidente Joe Biden al ahora ex presidente afgano Ashraf Ghani, del pasado 23 de julio, tres semanas antes de que los talibanes tomaran el poder.

En la llamada, Biden le pedía a Ghani que mintiera ante la prensa internacional y que dijera que la situación estaba controlada. “Biden presionó a Ghani para crear la percepción de que los talibanes no estaban ganando, aunque sea mentira”, reportó Reuters.

Los hombres hablaron durante aproximadamente 14 minutos, en los que Ghani le explicó que la situación era terminal. Le informó que Pakistán estaba intercediendo en favor de los talibanes y que la pelea en el interior del país era básicamente una guerra entre el Ejército afgano y unidades especiales paquistaníes, no talibanes locales.

En la llamada también le asegura que la asistencia aérea de Estados Unidos había estado decreciendo desde que él llegó a la Casa Blanca, y le recuerda que la paga a los soldados afganos no se aumentaba hace una década, lo cual estaba llevando a defecciones masivas al Talibán.

La llamada, que fue la última vez que hablaron ambos mandatarios, ocurrió 22 días antes del 15 de agosto, cuando Ghani huyó del palacio presidencial y los talibanes entraron en Kabul. Desde entonces, decenas de miles de afganos desesperados han huido del país y 13 soldados estadounidenses además decenas de civiles afganos murieron en un atentado suicida en el aeropuerto de Kabul durante la frenética evacuación militar estadounidense, que dejó a miles de norteamericanos varados en el nuevo Emirato.

Las cosas que dijo Biden en la llamada constituyen claramente el delito de abuso de poder. Esta semana, los republicanos presentaron artículos de impeachment contra el máximo mandatario, pero es altamente probable que este juicio político no pasará ni siquiera la votación en comisión, donde los demócratas tienen amplia mayoría.

Cabe recordar que el primer impeachment de Trump bajo la misma excusa: una llamada del mandatario republicano con el presidente de Ucrania, donde, según los demócratas, cometió abuso de poder al pedirle que investigara al hijo de Joe Biden por sus crimenes en el país, en plena campaña.

Si bien el impeachment prosperó en la Cámara de Diputados, la transcripción de la llamada de Trump con Volodímir Zelenski fue publicada y se demostró que el presidente republicano no había pedido nada de lo que se lo acusaba, y finalmente fue absuelto en el Senado.

La última visita de Ghani a Washington D.C.

Trancripto de la llamada Joe Biden – Ashraf Ghani

La transcripción fue filtrada por los periodistas de Reuters, Aram Roston y Nandita Bose, ambos militantes demócratas.

BIDEN: Señor presidente. Joe Biden.

GHANI: Por supuesto, señor presidente, es un placer escuchar su voz.

BIDEN: Sabes, llego un momento tarde. Pero lo digo en serio. Oye, mira, quiero dejar en claro que no soy un militar más que tú, pero me he estado reuniendo con nuestra gente del Pentágono y nuestra gente de seguridad nacional, como tú lo has hecho con el nuestro y el tuyo, y como sabes. y no necesito decirles que la percepción alrededor del mundo y en partes de Afganistán, creo, es que las cosas no van bien en términos de la lucha contra los talibanes.

Y hay una necesidad, sea cierto o no, hay una necesidad de proyectar una imagen diferente.

– Silencio –

BIDEN: Si autorizás a Bismillah [el ministro de Defensa afgano] para que ejecute una estrategia centrada en partes clave de los centros de población, y yo no soy un militar, por lo que no te voy a decir cómo debería ser exactamente ese plan, vas a recibir no solo más ayuda, sino que vas a tener una percepción que va a cambiar en términos de cómo, um… nuestros aliados y gente aquí en los Estados Unidos y otros lugares piensan que estás haciendo.

Claramente tenés el mejor Ejército, tenés 300.000 soldados bien armados contra 70 u 80.000 y claramente son capaces de luchar bien, continuaremos brindando apoyo aéreo cercano, si sabemos cuál es el plan y lo que estamos haciendo. Y hasta finales de agosto, y quién sabe qué después de eso.

También continuaremos asegurándonos de que su fuerza aérea sea capaz de continuar volando y brindar apoyo aéreo. Además de eso, vamos a seguir luchando duro, diplomática, política y económicamente, para asegurarnos de que su gobierno no solo sobreviva, sino que se sostenga y crezca porque claramente redunda en el interés del pueblo de Afganistán, que tenga éxito y usted lidera. Y aunque sé que, por un lado, es presuntuoso por mi parte decirte esas cosas tan directamente, te conozco desde hace mucho tiempo, te encuentro un hombre brillante y honorable.

Pero realmente creo, no sé si estás consciente, hasta qué punto la percepción en todo el mundo es que esto parece una propuesta perdedora, pero no lo es, no es que necesariamente sea eso, pero lo que les estoy pidiendo es que consideren reunir a todos, desde el [ex vicepresidente Abdul Rashid] Dostum hasta el [ex presidente Hamid] Karzai, y en el medio, si se quedan ahí y dicen que respaldan la estrategia que usted elaboró, y poner un guerrero a cargo, conoces a un militar, [el ministro de Defensa Bismillah] Khan a cargo de ejecutar esa estrategia, y eso cambiará la percepción, y eso cambiará muchísimo, creo.

– Silencio –

GHANI: Señor Presidente, nos enfrentamos a una invasión a gran escala, compuesta por los talibanes, la planificación y el apoyo logístico totales de Pakistán, y al menos 10 o 15.000 terroristas internacionales, predominantemente paquistaníes arrojados a esto, por lo que esa dimensión debe tenerse en cuenta también.

En segundo lugar, lo que es crucial es el apoyo aéreo cercano, y si pudiera hacer una solicitud, usted ha sido muy generoso, si su asistencia, en particular a nuestra fuerza aérea, se carga al frente, porque lo que necesitamos en este momento, y es muy importante, es la dependencia en gran medida del poder aéreo, y hemos priorizado que, si pudiera ser de carga frontal, lo apreciaremos enormemente.

Y tercero, en cuanto al procedimiento para el resto de la asistencia, por ejemplo, la paga militar no se incrementa durante más de una década. Necesitamos hacer algunos gestos para reunir a todos, de modo que si pudieran asignar al asesor de seguridad nacional o al Pentágono, a cualquiera que desee, trabaje con nosotros en los detalles, por lo que nuestras expectativas en particular con respecto a su apoyo aéreo cercano. Hay acuerdos con los talibanes de los que nosotros [o “usted” esto no está claro] no conocemos previamente, y debido a que su fuerza aérea fue extremadamente cautelosa al atacarlos.

Y el último punto, acabo de hablar de nuevo con el Dr. Abdullah, él fue hoy a negociar con los talibanes, los talibanes no mostraron ninguna inclinación. Solo podremos llegar a la paz si reequilibramos la situación militar.

Biden interrumpe pero rápidamente se calla cuando escucha que Ghani no ha terminado de hablar

GHANI: Y puedo asegurarles que he estado en cuatro de nuestras ciudades clave, viajo constantemente con el vicepresidente y otros, podemos dar pelea, pero necesitamos más ayuda. Su garantía de apoyo es muy importante para permitirnos movilizarnos realmente en serio.

La resistencia urbana, señor presidente, ha sido extraordinaria, hay ciudades que han asediado por 55 días y que no se han rendido. Una vez más, les agradezco y siempre estoy a solo una llamada de distancia. Esto es lo que un amigo le dice a un amigo, así que por favor no sienta que me está imponiendo.

BIDEN: No, bueno, mira, yo, gracias. Mire, el apoyo aéreo cercano funciona solo si hay una estrategia militar en tierra para apoyar. Podemos revisar el acuerdo de cooperación pero necesitamos cambiar la percepción de la situación en Afganistán.

Los mandatarios hablaron unos minutos más pero no quedaron transcripciones del resto de la conversación.

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