Hace menos de dos años, la Argentina era un paciente en coma 4. Un país quebrado, saqueado, sin pulso moral ni económico. Los mismos que lo llevaron al abismo decían que no había salida. Los que vaciaron las arcas, destruyeron la moneda y convirtieron la política en un negocio de pocos, repetían como un mantra que “sin Estado no hay Nación”. Pero apareció Milei. Y con él, la voluntad política que hacía décadas el país no conocía. Hoy el enfermo se levanta de la cama. Respira, camina y produce. Todavía está débil, sí, pero con una fuerza que nadie imaginaba. Porque lo que lo mueve no es un respirador artificial, sino la convicción de un pueblo que volvió a creer en sí mismo.
Pero la lucha no terminó. El enemigo sigue ahí: el sistema putrefacto que hace ocho meses sueña con verlo otra vez entubado. La misma casta que se enriqueció con la miseria ajena, los que lloran “ajuste” desde sus despachos con aire acondicionado, los que extrañan la inflación porque era su negocio. Todos ellos siguen conspirando, disfrazados de defensores de los pobres, pero aferrados a los privilegios que el nuevo gobierno les arrebató.
Durante años, la palabra “reforma” fue tabú. Hablar de bajar impuestos era un pecado. Ajustar el Estado, impensable. Reprimir el delito, fascismo. Terminar con los piquetes, dictadura. El relato progre nos hizo creer que la decadencia era justicia social. Que vivir de subsidios era un derecho. Que la pobreza era virtud. Milei rompió todos esos tabúes. Y al hacerlo, rompió también el cerco mental que mantenía a la Argentina encadenada al atraso.
El cambio es real y los números lo demuestran. En septiembre, la balanza comercial registró un superávit de 921 millones de dólares. Las exportaciones crecieron 16,9% interanual. La producción de petróleo aumentó 13,8%. El consumo interno de carne subió 3,6%. La actividad económica creció 2,4%. Se escrituraron casi 7.000 propiedades en CABA, un 35% más que el año pasado. Y por primera vez en mucho tiempo, el crédito hipotecario volvió a existir: más del 20% de las operaciones se concretaron gracias a préstamos. Eso no es relato. Es confianza.
La Argentina dejó de pedir limosna para empezar a producir riqueza. Muestra de ello es que Estados Unidos cuadruplicó la cuota para importar carne bovina desde nuestro país: 80.000 toneladas que representan más de 500 millones de dólares. Pasamos de “regalarles los glaciares” a venderles más carne. De mendigar dólares a generarlos con trabajo. De depender del Fondo Monetario a recuperar el crédito del mundo. Milagroso, sí, pero el milagro tiene nombre y apellido.








