En agosto de 1936, en el primer proceso de Moscú, Grigori Zinóviev y Lev Kámenev (bolcheviques de la primera hora, compañeros de Lenin) fueron declarados culpables de pertenecer a un bloque trotsko-fascista. La acusación no se apoyaba en ninguna prueba de connivencia con el fascismo real, encarnado entonces por Mussolini y Hitler ; servía para fundir en una sola palabra a todos los opositores posibles, situándolos, según la fórmula del fiscal Vishinski, entre los enemigos del pueblo a quienes ya no valía la pena contradecir, pues se encontraban fuera de la humanidad política legítima.
Casi noventa años después, el procedimiento no ha desaparecido; solo ha cambiado de vocabulario.
Una palabra vaciada de sentido
En 1946, George Orwell ya observaba en Politics and the English Language que la palabra fascismo había perdido significado propio, salvo el de designar "algo indeseable". Ochenta años después, su diagnóstico se aplica casi al pie de la letra al uso político occidental de los términos "fascista" o "racista": esgrimidos en el Parlamento, en televisión o en redes sociales, describen cada vez menos una ideología precisa (nacionalismo integral, corporativismo económico, culto al líder) y cada vez más una simple frontera moral entre el bando del bien y el resto.
Durante la reforma de las pensiones de 2023 en Francia por ejemplo, varios diputados de la oposición calificaron al gobierno de fascista, sin discutir jamás las cifras de financiación de las pensiones. Pocos de quienes emplean estas palabras sabrían, por lo demás, definir el fascismo histórico más allá del propio insulto.
El insulto como sustituto del balance o del debate
Este desplazamiento compensa un déficit. Cuando un movimiento político carece de resultados económicos que exhibir, o de propuestas demasiado frágiles para resistir un examen numérico, la descalificación moral del adversario resulta racionalmente más rentable que el debate sobre los hechos.
La France Insoumise (extrema izquierda en Francia), que nunca ha ejercido el poder nacional y cuyo programa económico sigue en gran medida sin cuantificar por institutos independientes, ilustra el mecanismo. El líder del partido, Jean-Luc Mélenchon, califica regularmente a policías, gobierno u opositores de fascista, sin entablar jamás el debate sobre los resultados migratorios, de seguridad o presupuestarios que su propia familia política podría presentar.
El bando del bien tiene virtud y una grandeza moral superior, y eso es más importante que balances o argumentos.
El procedimiento no es exclusivo de Europa. El kirchnerismo argentino, ante un balance económico catastrofico (con inflación, pobreza, o aislamiento financiero), también ha calificado a sus opositores, de Mauricio Macri a Javier Milei, de fascistas en lugar de debatir política monetaria o fiscal.
El mecanismo es universal, donde falta el balance, donde no hay argumentos validos, prospera el insulto, y donde prospera el insulto, retrocede el debate democrático. Cuando ya no quedan resultados concretos que defender ante los electores o propuestas que defender, siempre queda, cómodamente, un fascista al que denunciar.