La izquierda está perdiendo las elecciones en toda Europa pero no la batalla del lenguaje.
La izquierda está perdiendo las elecciones en toda Europa (al momento solo hay España, Dinarmarca y Reino-Unido que están dirigidos por la izquierda, y a esto se suman Francia y los Países Bajos, gobernados por progresistas/liberales) pero no la batalla del lenguaje.
La derecha sigue autocensurándose según reglas que los progresistas han fijado sobre tiempo, prueba de que la ocupación cultural sobrevive a la derrota política. De hecho, dar marcha atrás tras años de progresismo y de reforma del Estado requiere mucho más que una victoria, por muy memorable que sea, y no es algo que se consiga en un mes...
En 2020, el Cato Institute preguntó a estadounidenses si se sentían libres de expresar sus opiniones políticas. El 72% respondió que no (una cifra que subía a casi 8 de cada 10 conservadores, frente a poco más de 1 de cada 2 progresistas). Hoy no es la izquierda quien se autocensura, es la derecha, incluso allí donde gobierna. El ministro del Interior francés Nicolas Sarkozy (derecha)pudo en 2005 emplear las palabras «chusma» y «Kärcher» sin que su carrera se resintiera, sus herederos sopesan cada frase, temiendo la acusación de racismo más que la propia derrota electoral.
Esta paradoja merece detenerse en ella: ¿cómo puede una familia política que gana elecciones en muchos países Europeos seguir hablando la lengua de aquellos a quienes vence en las urnas?
La guerra de las palabras precede a la guerra de las urnas
La respuesta se encuentra en un concepto creado por Antonio Gramsci (uno de los fundadores del Partido Comunista de Italia) y popularizado después por el activista alemán Rudi Dutschke bajo el nombre de «la larga marcha a través de las instituciones». Para él, antes de conquistar el Estado hay que ocupar la escuela, la universidad, los medios y el vocabulario común, esa guerra de posiciones, lenta e invisible, precede a toda victoria electoral y le sobrevive. Desde los años setenta, esa ocupación ha fijado los límites de lo decible en Europa: ciertas palabras se volvieron impronunciables no por ley, sino por el simple miedo social que inspiran.
Los líderes de la derecha europea, que a menudo se alían con partidos aún más a la derecha y que han conseguido ser elegidos abordando cuestiones como la inmigración o la seguridad (temas importantes para los ciudadanos europeos), se muestran moderados una vez en el poder, y algunos temas se convierten en tabú. Esos politicos siguen eligiendo eufemismos que su propio electorado considera tibios, no por convicción, sino porque la administración, las redacciones y la universidad con las que aún debe convivir han interiorizado reflejos que ninguna elección ha logrado cambiar. Así, muy a menudo las promesas de revolución no sobreviven a los días posteriores a unas elecciones ganadas, mientras que la guerra cultural ya se ha perdido…
Gobernar sin haber reconquistado el lenguaje
Ahí está el núcleo del problema: una victoria electoral cambia quién ocupa el poder, no quién fijó las reglas de lo que puede decirse dentro de ese poder. Los funcionarios, los docentes, los periodistas que ejecutan día a día las decisiones de un gobierno de derecha fueron, en su mayoría, formados bajo la hegemonía cultural contraria.
El resultado es sencillo, la derecha en el poder gobierna a menudo con la gramática mental de sus propios adversarios, autocensurándose por anticipado ante un juicio de intenciones que sigue perdiendo aun después de haber ganado las urnas.
En Francia, por ejemplo, se habla a menudo del «gobierno de los jueces» y de que la magistratura es «roja». Así, cualquier decisión del poder ejecutivo que vaya en contra de la ideología progresista puede ser revocada o anulada por los jueces... La paradoja es total, porque la derecha puede tener el poder ejecutivo, pero no puede governar como quiere...
La advertencia para América Latina
Este mecanismo interesa directamente a una región donde la derecha encadena victorias electorales espectaculares desde hace 3 años, de Colombia a Peru o Argentina. Ganar una elección es recuperar un edificio; reconquistar el país o el lenguaje es una obra mucho más lenta y dificil que cualquier mandato presidencial.
Si las nuevas derechas latinoamericanas no libran también esa batalla cultural en las escuelas, la universidad, los medio o las administraciones, terminarán gobernando sin gobernar realmente.
Los mandatos que los ciudadanos van a considerar decepcionantes por alejarse de las promesas iniciales serán como un simple paréntesis, teniendo en cuenta que la izquierda nunca ha sido derrotada de verdad.