Se trataba de un plan demasiado arriesgado y atrevido; que demuestra la falta de formación militar del Gral. Belgrano. El general patriota ignoraba la cercanía de Tristán, con el grueso de sus tropas, con respecto a su vanguardia; y hasta llegó a creer que ambas (vanguardia y reserva) estaban muy próximas, la una de la otra. En consecuencia, no había tiempo posible para que Balcarce bajara a Tucumán, parlamentara con la dirigencia local, reclutara voluntarios, y volara con ellos cuanto antes, a reunirlos con Belgrano, para juntos así, poder dar cuenta de la vanguardia real. Todo suena muy arrebatado; ante la inminente cercanía de todo el ejército enemigo, que con un pronto y eficaz contra-ataque, podría haber descalabrado las menguadas tropas de Belgrano. Se corría el riesgo de perderlo todo en una descabellada aventura.
Mitre nos transmite, además, qué le dijo Belgrano a Balcarce, al despacharlo hacia Tucumán: “En el trance apurado en el que nos hallamos, y en que con sobrados fundamentos sabemos que el enemigo intenta atacarnos, es necesario que podamos oponerle una fuerza respetable, para contener sus pasos con nuestras maniobras, y acaso para arruinarlo”.
Paralelamente, el 7 de Setiembre, y preparando el terreno para lo que ya casi tenía definido, Belgrano se dirigirá de nuevo al Gobierno, y le expondrá su insólito plan de atacar, con todo su ejército, a la vanguardia enemiga, a fin de ganar tiempo para una retirada más ordenada, y sacarse de encima a un adversario molesto, que le venía pisando los talones: “Es muy doloroso tener que ir retrogradando, y no ver el término de esta campaña, cuando las tropas han tomado un fuego y una energía estraordinaria con la acción del 3 (se refiere al exitoso Combate de Las Piedras), que de necesidad debe resfriarse con la retirada, no estando á su alcance la razón de ella, y así es que se me han empezado á desertar desde que emprendí mi marcha. Yo quisiera hacer prodigios por la patria y el honor de sus armas pero no veo camino si el enemigo no me da tiempo. Entre la mucha gente que tengo, apenas contaré 600 á 700 hombres útiles, y en cuanto á armas me hallo con muchas descompuestas. Sin embargo de todo, veré si puedo estimular á los tucumanos para aumentar el número de caballería con lanzas, y si logro poder montar á todos los hombres de armas para poder contramarchar con rapidez y conseguir alguna victoria sobre las divisiones del enemigo, cargándolo con el todo de mis fuerzas, lo que acaso nos sacaría de apuros y libertaría de retirarnos tanto”.
La gestión de Balcarce
Entre tanto, ¿cómo le había ido a Balcarce en sus gestiones en Tucumán?. Mitre nos dice que “los tucumanos correspondieron á las esperanzas del General. En presencia del peligro, se despertó súbitamente su entusiasmo, poderosamente estimulado por el influjo de la familia Aráoz, una de las más respetables y reconocidas de aquel distrito. Todas ofrecieron a Balcarce sacrificarse con tal de que no se abandonase su territorio, y en este sentido fueron diputados varios vecinos cerca del General Belgrano. Éste, aún antes de ver convertidas esas promesas en realidades, se resolvió definitivamente á dirigirse a Tucumán, con el ánimo de esperar allí al enemigo”.
Lo que tenía que hacer ahora Belgrano era explicarle al Gobierno su resolución de quedarse en Tucumán, y jugarse el todo por el todo, su destino, junto a los tucumanos. El 12 de Setiembre, a orillas del Río Salí, antes de ingresar a la ciudad, mandó esta comunicación: “Son muy apuradas las circunstancias, y no hallo otro medio que esponerme á una nueva acción: los enemigos vienen siguiéndonos. El trabajo es muy grande; si me retiro y me cargan, todo se pierde, y con ella nuestro total crédito. La gente de esta jurisdicción se ha decidido á sacrificarse con nosotros, si se trata de defenderla, y de no, no nos seguirán y lo abandonarán todo: pienso aprovecharme de su espíritu público y energía para contener al enemigo, si me es dable, o para ganar tiempo á fin de que se salve cuanto pertenece al Estado. Cualquiera de los dos objetos que consiga es un triunfo, y no hay otro arbitrio que esperarse. Acaso la suerte de la guerra nos sea favorable, animados como están los soldados y deseosos de distinguirse en una nueva acción. Es de necesidad aprovechar tan nobles sentimientos, que son obra del cielo, que tal vez empieza á protegernos para humillar la soberbia con que vienen los enemigos, con la esperanza de hacer tremolar sus banderas en esa capital. Nada dejaré por hacer; nuestra situación es terrible, y veo que la patria exige de nosotros el último sacrificio para contener los desastres que la amenazan”.
Belgrano sabía que para cuando el Gobierno recibiera esta carta, su suerte estaría echada. Si el Altísimo lo acompañaba y tenía éxito; nadie le reprocharía su providencial desobediencia. En cambio, si caía derrotado… ¿Qué importaba, ya, si todo estaría perdido, y él, tal vez, habría caído en la batalla, o terminaría prisionero, o ejecutado por los enemigos?.