Hans-Hermann Hoppe fue alguna vez el referente del pensamiento anarcocapitalista más importante. Hoy, lamentablemente, parece más un jubilado ideológico que no entiende el mundo moderno ni las luchas reales por la libertad.
En su más reciente intervención durante el Mises Institute, se lanzó con todo contra Javier Milei, acusándolo de arruinar la reputación de los libertarios en el mundo. Sí, leyó bien: según Hoppe, el tipo que quiere dinamitar el Banco Central, cortar con el estatismo y recortar privilegios está dañando al movimiento...
Dice Hoppe: "Si esto es lo que él (Milei) hace, eso arruina la reputación de los Libertarios en el mundo entero".
¿En serio, Hans? ¿Un presidente que pone el cuerpo para frenar la inflación, sacar al país del barro y frenar el avance comunista es una "mala imagen"? ¿Para quién? ¿Para los que hacen seminarios en Suiza sin ensuciarse los zapatos?
Pero Hoppe va más allá. Se queja de que Milei es amigo de Trump, apoya a Israel y tiene palabras duras para Zelenski. Según él, eso es incompatible con el "verdadero libertarismo". Como si el libertarismo fuera un club de pureza moral y no un conjunto de ideas en defensa de la libertad ante el avance del totalitarismo.

Dice Hoppe: "Libertarianismo significa de repente ser fan de Netanyahu, fan del payaso Zelinski y fan de Trump… Eso no es libertarismo, nos oponemos a todos ellos".
¿Nos oponemos? ¿A quiénes exactamente? ¿A todos los que tienen el coraje de enfrentar al islamismo radical, al socialismo criminal o al progresismo degenerado? ¿Y a quién propone Hoppe como modelo? ¿A la neutralidad sueca mientras te prenden fuego la ciudad?
Lo cierto es que esta crítica no tiene que ver con teoría ni con estrategia. Tiene que ver con una fijación. Hoppe no puede dejar de meter a Israel en cada discusión. Es automático.
Está tan obsesionado con su cruzada anti-Israel que hasta Walter Block —otro libertario de pura sangre— lo tuvo que salir a cruzar. Según Block, lo que realmente molesta a Hoppe no es Milei ni su política monetaria, sino su defensa firme y valiente del Estado de Israel.
Y no es la primera vez. Hoppe lleva años con este discurso antiisraelí, disfrazado de "no intervencionismo", pero que ya dejó de ser teoría para convertirse en manía. Como si apoyar a Israel —una democracia liberal que combate al terrorismo islámico y es potencia en ciencia, medicina y defensa— fuera incompatible con el ideario libertario.









