El 8 de junio de 1978, Alexandr Solzhenitsyn hablaba en Harvard. Cuatro años antes la URSS lo había expulsado; antes de eso, ocho años de campos. Ante la élite estadounidense reunida para la graduación pronuncia su famoso discurso que hablaba del declive del coraje en el Occidente. Para él, el Occidente lo tiene todo (libertades, prosperidad, derecho) y ya no tiene voluntad de usarlo para mirar la realidad de frente y llamar al mal por su nombre.
Para Solzhenitsin, el problema no era la censura directa, sino la prensa libre, que participa al declive del coraje por causa de conformismo intelectual. Casi 50 años después, ese diagnóstico parece más actual que nunca.
El confort como disolvente
Su reproche no era la falta de libertad de expresión, sino su desuso. Una prensa que juzgaba más conformista que la que había dejado atrás; no por censura estatal, sino por miedo difuso a incomodar al espíritu de la época.
Élites que preferían la prudencia procedimental al juicio moral, hasta confundir legalidad con coraje. Esa cobardía no necesita tiranos. Le bastan el confort y el temor social.
Charlie Hebdo como revelador
El 7 de enero de 2015, doce personas fueron asesinadas en Charlie Hebdo por unos dibujos. Ninguna redacción occidental estaba entonces amenazada de forma directa.
Y sin embargo, en cuestión de horas, el New York Daily News pixela las viñetas; la CNN renuncia a emitirlas y pide a sus periodistas que las describan en antena; el Telegraph retira la portada; la Associated Press la aparta de su archivo, amparándose en una vieja política contra las imágenes “deliberadamente provocadoras”.
Aunque ellos mismos no se veían amenazados, cabría esperar que la mayoría de los periódicos defendieran a sus colegas y la libertad de expresión, que en ese momento estaban siendo atacadas, pero no tuvieron el valor de hacerlo...
La prudencia hecha procedimiento
Más revelador todavía, porque es más reciente. A finales de agosto de 2026, un memorando interno de la radiotelevisión pública canadiense causó un escándalo. A quince días del vigésimo quinto aniversario, ordena a los periodistas de la CBC no calificar el 11-S de atentado terrorista. Fórmula sugerida: unos secuestros aéreos que derivaron en el estrellamiento de aviones de pasajeros.
El escándalo obligaba a la dirección a rectificar en 48 horas. La cadena decía que nunca negó que aquello fuera terrorismo, solo exigía atribución. Pero para los ataques de Madrid en 2004 o Londres es algo similar, y no se puede hablar de terrorismo para ellos. Una práctica compartida con la BBC, Reuters, la AFP y la AP. Y ahí está el problema.
En la BBC John Simpson dijo que no corresponde a la BBC decirle a la gente a quién apoyar y a quién condenar. Narendra Modi ya le había reprochado ese reflejo en abril de 2025, tras la matanza de Pahalgam, cuando veintiséis civiles fueron asesinados y la BBC calificaba a los terroristas de “militantes” en antena… Dos medios de comunicación públicos, que se supone que deben informar a miles de millones de personas, ni siquiera tienen el valor de llamar a las cosas por su nombre por miedo.
Solzhenitsyn no acusaba a Occidente de debilidad militar ni de declive económico. Señalaba un vacío más íntimo y importante, la falta de coraje de juzgar y de nombrar. El confort que describió no ha hecho más que espesarse. El coraje sigue faltando a la cita.
Tenía razón, y hoy ese miedo progresista podría salirnos muy caro, mientras que otros se aprovechan de eso.