El 8 de junio de 1978, Alexandr Solzhenitsyn hablaba en Harvard. Cuatro años antes la URSS lo había expulsado; antes de eso, ocho años de campos. Ante la élite estadounidense reunida para la graduación pronuncia su famoso discurso que hablaba del declive del coraje en el Occidente. Para él, el Occidente lo tiene todo (libertades, prosperidad, derecho) y ya no tiene voluntad de usarlo para mirar la realidad de frente y llamar al mal por su nombre.
Para Solzhenitsin, el problema no era la censura directa, sino la prensa libre, que participa al declive del coraje por causa de conformismo intelectual. Casi 50 años después, ese diagnóstico parece más actual que nunca.
El confort como disolvente
Su reproche no era la falta de libertad de expresión, sino su desuso. Una prensa que juzgaba más conformista que la que había dejado atrás; no por censura estatal, sino por miedo difuso a incomodar al espíritu de la época.









