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La estabilidad empieza a transformarse en inversión, tecnología y modernización

La estabilidad empieza a transformarse en inversión, tecnología y modernización
La estabilidad empieza a transformarse en inversión, tecnología y modernización
Imagen de Juan Gabriel Flores
porJuan Gabriel Flores
Opinión

Menos inflación y más estabilidad abren una nueva etapa para la inversión y la incorporación tecnológica.

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Gran parte de la discusión económica argentina, durante décadas, estuvo atrapada en una lógica defensiva. La política giraba alrededor de administrar crisis, contener desequilibrios, repartir subsidios y sobrevivir al próximo salto inflacionario. La inflación permanente destruyó no solo salarios y ahorros. También erosionó algo mucho más profundo: la capacidad de pensar a largo plazo.

Cuando una economía vive bajo incertidumbre constante, desaparece el cálculo económico. Las empresas frenan inversiones, el crédito se vuelve marginal, la innovación pierde incentivos y el capital busca refugio fuera del país. La discusión pública termina reducida a cómo repartir escasez.

Por eso, algunos de los anuncios económicos y productivos de las últimas semanas muestran algo más importante que simples datos aislados. Empiezan a reflejar un cambio de lógica. La inflación de abril se ubicó en 2,6%, la cifra más baja para un mes de abril desde 2017, excluyendo la distorsión estadística de la pandemia. Al mismo tiempo, la Canasta Básica Alimentaria registró apenas 1,1% mensual, un dato particularmente sensible para los sectores más vulnerables.

La desaceleración inflacionaria no resuelve automáticamente los problemas estructurales de Argentina. Pero sí empieza a reconstruir una condición indispensable para cualquier proceso de crecimiento sostenido: previsibilidad. Ninguna economía puede incorporar inversión, tecnología o innovación de manera masiva mientras la moneda se derrite y el horizonte económico cambia todas las semanas.

Ese orden macroeconómico empieza a conectarse con otro fenómeno clave: la ampliación de escala económica mediante apertura e inversión.

La media sanción del acuerdo Mercosur-Singapur representa mucho más que un tratado comercial puntual. Expone una lógica distinta de inserción internacional. Argentina pasa de décadas de aislamiento defensivo y proteccionismo crónico a una estrategia orientada a integrarse a mercados más grandes, atraer capital y expandir oportunidades productivas.

Que las exportaciones argentinas ingresen con arancel cero a una economía con uno de los ingresos per cápita más altos del planeta no es solamente una mejora comercial. Es una señal institucional. Implica mostrar que el país empieza a abandonar la lógica cerrada donde la política protegía mercados cautivos a costa de menor competitividad, menos productividad y salarios deteriorados.

La misma lógica aparece detrás de los nuevos proyectos aprobados bajo el RIGI. Las inversiones en cobre, litio, oro y plata por casi 2.900 millones de dólares reflejan algo central: el capital global vuelve a mirar a Argentina cuando percibe reglas más previsibles y menor arbitrariedad política.

Durante años, el país expulsó inversiones mediante controles, cambios regulatorios permanentes, presión impositiva asfixiante e inseguridad jurídica. La consecuencia fue visible: recursos naturales extraordinarios coexistiendo con estancamiento económico y pérdida de oportunidades históricas.

Ahora empieza a emerger otra dinámica. El RIGI ya acumula proyectos aprobados por casi 30.000 millones de dólares. Detrás de esos números no hay solamente minería. Hay infraestructura, empleo, incorporación tecnológica, cadenas de proveedores y generación de divisas. Hay capacidad productiva futura.

Incluso en áreas sensibles como la salud pública aparecen señales de esta transformación. La incorporación de tecnología quirúrgica de última generación en el Hospital Garrahan muestra una diferencia importante respecto de viejos modelos estatales centrados exclusivamente en gasto y expansión burocrática.

Durante décadas, buena parte del aparato estatal argentino confundió presupuesto con eficiencia. Pero el problema nunca fue únicamente cuánto gastaba el Estado, sino cómo asignaba recursos, qué incentivos generaba y qué capacidades concretas construía.

La incorporación de equipamiento de alta precisión permite mejorar la productividad médica, ampliar tratamientos y elevar la calidad de atención. Es decir, tecnología aplicada a resultados reales, no relato político.

En el fondo, todos estos procesos empiezan a conectarse alrededor de una misma idea: la prosperidad no surge de controles, subsidios permanentes ni administración política de la escasez. Surge cuando existen instituciones capaces de generar estabilidad, atraer inversión, ampliar mercados e incorporar innovación.

La discusión de fondo que empieza a abrirse en Argentina ya no es solamente ajuste sí o no. La verdadera disputa es qué tipo de sistema permite que una sociedad acumule capital, adopte tecnología y aumente productividad de manera sostenible.

Porque las sociedades que prosperan no son las que redistribuyen pobreza de manera más sofisticada. Son las que crean condiciones para producir más, innovar más y crecer más. Y después de décadas de decadencia estructural, Argentina parece empezar lentamente a discutir eso otra vez.


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Javier MileiOpiniónInversiónEconomía

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