Con el tiempo, los romanos agregaron travesaños horizontales, formando una T (crux commissa), o la cruz que hoy identifica a los cristianos (crux immissa). También se registraron cruces en forma de X o de Y.
En el Siglo I DC eran comunes las cruces con la forma de la letra T (letra griega Tau); compuesta de un poste (stipes o palus), con un travesaño (patibulum), sujetado por una clavija, en la parte superior. Es probable que ése haya sido el formato de la cruz de Cristo. Plauto (254-184 a. C.) usa la palabra “patibullum” o travesaño como sinónimo de cruz. Lo cual revela que ambos términos eran equivalentes.
La crucifixión era una muerte lenta, vergonzosa, pública y espantosa. No era común flagelar al reo antes del suplicio, ya que se consideraba que con la cruz tenía castigo suficiente. Se obligaba al desdichado a cargar el travesaño o madero de su cruz (patibulum o furca), desde su lugar de condena o detención hasta el de la ejecución, que debía ser afuera de la ciudad, cerca de un camino concurrido o una entrada transitada, para que todos pudieran apreciar el “correctivo”. En Roma, era afuera de la Puerta del Esquilino, según Tácito. En Jerusalén, en la entrada al Noroeste de la ciudad, que daba a una cantera, llamada Golgotha o Cráneo; cerca de donde había excavadas unas cuevas, para enterramientos rituales judíos.
En el camino al lugar de ejecución, alguien conducía el “títulus crucis”, que era la publicación de la sentencia de muerte. Identificaba al condenado y exponía brevemente por qué se lo crucificaba. A veces el cartel se colgaba del cuello del reo.
La historia registra crucifixiones masivas durante la Tercera Guerra Servil (73-71 AC); cuando esclavos y gladiadores, liderados por Espartaco, se sublevaron contra la República Romana y la pusieron en jaque. Vencidos, finalmente más de seis mil sobrevivientes (de ambos sexos) fueron crucificados, desnudos, a lo largo de la Vía Apia, entre Capua y Roma.



















