En Estocolmo, un inquilino que hoy se apunte a la lista de espera municipal para conseguir un piso de alquiler regulado en el centro deberá aguardar de media casi veinte años, según la oficina pública de vivienda Bostadsförmedlingen. El dispositivo, creado en 1942 para proteger a los inquilinos de la especulación, terminó produciendo lo contrario de su objetivo, con un mercado paralizado, donde los pisos se transmiten mediante subarriendo gris, herencia familiar o sobornos bajo mano, mientras los recién llegados esperan una generación entera.
Nueva York, San Francisco y Berlín conocen una dinámica parecida. El economista sueco Assar Lindbeck resumió la paradoja con una fórmula brutal : tras el bombardeo, el control de alquileres sería la técnica más eficaz para destruir una ciudad.
Lo que se ve y lo que no se ve
Ya en 1850, Frédéric Bastiat distinguía el efecto visible de una política de su efecto invisible. El control de alquileres muestra su efecto visible de inmediato, porque los inquilinos ya instalados pagan menos. Pero el efecto invisible tarda años en aflorar, porque los propietarios dejan de mantener un bien cuyo rendimiento se desploma, los inversores dejan de construir, la oferta se enrarece, y la protección inicial se convierte en una renta reservada a quienes ya estaban dentro.
La misma lógica se aplica al salario mínimo cuando se fija por encima de la productividad de los empleos menos cualificados: Milton Friedman lo resumía diciendo que un salario mínimo demasiado alto garantiza sobre todo el derecho a seguir en paro. En Francia, donde el SMIC figura entre los más altos de Europa en relación con el salario mediano, el desempleo de los menores de 25 años representa un 21,1% en los primeros meses de 2026, casi el triple de la media alemana.
La trampa en lugar del trampolín
La acumulación de varias ayudas sociales decrecientes con el ingreso laboral crea lo que los economistas llaman una trampa de pobreza, es decir que a partir de cierto umbral de renta, cada euro ganado trabajando más hace perder casi otro tanto en prestaciones. El mecanismo se deriva directamente de una arquitectura pensada para la igualdad de resultado antes que para la igualdad de oportunidades, donde cada dispositivo corrige una injusticia creando, en el margen siguiente, un nuevo desincentivo. Las familias monoparentales están especialmente expuestas a esta trampa: reincorporarse a un empleo a tiempo completo puede no cambiar en nada la renta disponible del hogar.
Argentina conoce este mecanismo mejor que ningún otro país. Décadas de control de precios (Precios Cuidados desde 2013, luego Precios Justos) pretendían proteger el poder adquisitivo de los más humildes; produjeron desabastecimiento, mercado negro y un dólar paralelo cotizado abiertamente en la prensa, con una brecha que durante mucho tiempo superó el 50% frente al tipo oficial. Quienes disponían de información, contactos o liquidez esquivaban el control; los demás hacían cola. La igualdad prometida por la ley terminó, como siempre, negociándose en el mercado negro.
Cabe preguntarse si, en lugar de buscar desesperadamente la igualdad (lo cual es, en realidad, improductivo y crea desigualidades), no sería mejor centrarse en la equidad y ayudar realmente a las personas que lo necesitan...