La parábola muestra que la solidaridad nace de la libertad y no de la coerción del poder político.
Durante el Tedeum por el Día de la Independencia, el arzobispo Jorge García Cuerva eligió la parábola del Buen Samaritano para invitar a los argentinos a recuperar la honestidad, la compasión y la cercanía con quienes sufren. Difícil encontrar a alguien que pueda estar en desacuerdo con ese diagnóstico. La corrupción destruye sociedades. La indiferencia degrada a las personas. Y ninguna nación puede aspirar a prosperar si abandona a los más vulnerables.
Sin embargo, la parábola contiene una enseñanza institucional que muchas veces pasa inadvertida. Toda la historia transcurre sin intervención del poder político. No aparece un ministerio. No surge un programa estatal. No existe un impuesto extraordinario para asistir al herido. Lo que aparece es algo mucho más profundo: una persona libre que decide actuar moralmente.
El Buen Samaritano se detiene porque quiere. Utiliza recursos propios. Celebra un acuerdo con el posadero. Asume personalmente los costos y promete regresar para responder por cualquier gasto adicional. Hay compasión, propiedad privada, responsabilidad y cooperación voluntaria. Cuesta encontrar una descripción más cercana a la sociedad civil que imaginaban pensadores como Murray Rothbard, para quien la virtud solo tiene sentido cuando nace de una decisión libre.
Esa diferencia no es menor. El Estado puede obligar a transferir recursos. No puede obligar a amar al prójimo. Puede recaudar impuestos. No puede fabricar misericordia. La solidaridad pierde buena parte de su contenido moral cuando deja de ser una elección para convertirse en una obligación impuesta desde el poder.
Durante décadas, la Argentina recorrió el camino contrario. El kirchnerismo prometió reemplazar los vínculos espontáneos de la sociedad por un Estado omnipresente. Cada problema parecía requerir una nueva oficina pública, un nuevo subsidio, un nuevo impuesto o una nueva estructura burocrática. En nombre de la justicia social, el aparato estatal creció sin pausa mientras la pobreza aumentaba, la inflación destruía los salarios y la corrupción ocupaba un lugar central en la discusión pública.
El resultado fue paradójico. Nunca hubo un Estado tan grande y, al mismo tiempo, tantos argentinos dependiendo de él para sobrevivir. La solidaridad terminó siendo administrada por la política, mientras millones de ciudadanos perdían autonomía económica y capacidad para decidir sobre el fruto de su propio trabajo.
El gobierno de Javier Milei representa una ruptura con esa lógica. Su apuesta consiste en devolver protagonismo a la sociedad, reducir el peso del Estado y construir un marco institucional donde las personas puedan producir, intercambiar, invertir y ayudar libremente. Sus defensores sostienen que el equilibrio fiscal, la desregulación y la estabilidad económica son condiciones necesarias para que vuelva a florecer una sociedad más próspera y con mayor capacidad de cooperación voluntaria.
Esto no significa negar la existencia del sufrimiento ni desconocer que hay argentinos que necesitan asistencia. Significa preguntarse cuál es el mejor camino para construir una sociedad donde cada vez menos personas dependan del poder político y cada vez más puedan desarrollarse gracias a su trabajo, su iniciativa y la ayuda libre de los demás.
Friedrich Hayek advertía que una sociedad libre descansa sobre instituciones que permiten la cooperación espontánea entre millones de individuos. Rothbard iba un paso más allá al recordar que ninguna institución puede reemplazar la responsabilidad moral de cada persona. Ambas ideas parecen dialogar sorprendentemente bien con la parábola del Buen Samaritano.
Quizás esa sea una de las lecciones más valiosas de este 9 de Julio. La verdadera independencia no consiste solamente en liberarse de un poder extranjero. También implica abandonar la idea de que toda necesidad humana debe resolverse mediante el aparato estatal.
El Buen Samaritano no pidió un ministerio. Se detuvo. Ayudó. Pagó con lo suyo. Organizó la asistencia junto con otro ciudadano y siguió su camino.
Dos mil años después, esa sigue siendo una poderosa lección sobre la diferencia entre una sociedad organizada alrededor del poder y otra construida desde la libertad.