El gobierno viene demostrando con creces que le cumple las expectativas en materia económica a su electorado y muy pocas voces disienten con este diagnóstico.
Un superávit comercial récord le permitió comprar reservas por un monto significativamente mayor a las metas acordadas con el propio FMI para todo el año.
La inflación viene circulando en una ruta claramente descendente donde el último número disponible de la núcleo se ubicó en 1,6%, la mayorista en 1,1% y el consenso del mercado la pone por debajo del 1,5% para fin de este año. Para las elecciones llega el tan ansiado arranque con 0.
El PBI crece hace dos años, y aunque lo haga de manera heterogénea, los sectores más competitivos (agro, energía/minería y servicios financieros) lo hacen a una velocidad que sobre compensa la caída de sectores vinculados al mercado interno aunque todavía no derrama en el empleo.
Los ingresos formales e informales en promedio recuperaron la inflación pero hay una parte que se resigna con menor consumo para afrontar el pago de tarifas y servicios que las personas más humildes (que aún siguen pagando tarifas bastante menores al precio real) subsidiaban a la clase media y alta del 2019 al 2023.
El consumo privado que incluye todos los bienes y servicios de la economía está en su pico máximo pero el consumo masivo, que en tiempos de alta inflación constituye una herramienta importante para protegerse de la pérdida constante de poder adquisitivo, no se termina de recuperar en parte por lo que explicábamos del precio lleno de tarifas que debe afrontar la clase media y la mayor propensión al ahorro que elige la clase media alta y alta al disponer de un sobrante que en dólares comienza a resultar atractivo para atesorar e invertir.
Hasta acá, lo que se ha podido lograr habiendo heredado una hecatombe en materia de precios relativos, reservas internacionales negativas y una bomba de deuda interna en pesos a punto de explotar literalmente todos los días.









