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León XIV, la inteligencia artificial y el viejo problema del poder

León XIV, la inteligencia artificial y el viejo problema del poder
León XIV, la inteligencia artificial y el viejo problema del poder
Imagen de Juan Gabriel Flores
porJuan Gabriel Flores
Opinión

Entre la protección de la dignidad humana y la expansión regulatoria emerge una tensión difícil de ignorar.

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La primera gran intervención doctrinal de León XIV sobre la inteligencia artificial deja una sensación ambivalente. Por un lado, identifica con precisión un problema real: la tecnología no es neutral respecto de la cultura, las instituciones y la dignidad humana. La expansión de sistemas capaces de influir sobre decisiones, información y relaciones sociales abre interrogantes que trascienden la mera eficiencia económica.

Sin embargo, cuando el documento avanza desde el diagnóstico hacia las soluciones, aparecen tensiones que merecen atención.

La encíclica insiste en la necesidad de regulación, coordinación institucional y mecanismos de gobernanza internacional para supervisar el desarrollo de la inteligencia artificial. El planteo parece razonable a primera vista. Pero inmediatamente surge una pregunta que atraviesa toda la tradición libertaria: ¿quién controla a quienes controlan?

La historia política ofrece una lección incómoda. Los organismos regulatorios rara vez permanecen ajenos a los intereses que deberían vigilar. Con frecuencia terminan capturados por grandes corporaciones, grupos de presión o burocracias que desarrollan objetivos propios. El problema del poder no desaparece cuando se traslada desde una empresa tecnológica hacia un organismo estatal o supranacional; simplemente cambia de manos.

La preocupación central debería pasar por pensar qué podría hacer un aparato político con capacidad de supervisar, censurar o dirigir el desarrollo tecnológico a escala global. Como advirtió Murray Rothbard, el Estado posee incentivos estructurales para expandir sus atribuciones más allá de los límites inicialmente prometidos.

La encíclica también cuestiona la "idolatría del lucro". La observación apunta a un fenómeno real: ninguna sociedad puede reducir todas las dimensiones humanas al beneficio económico. Sin embargo, existe el riesgo de confundir dos cuestiones distintas.

El lucro no constituye necesariamente una forma de explotación. En una economía de mercado, la ganancia suele ser la señal de que una empresa logró satisfacer necesidades ajenas de manera más eficiente que sus competidores. El beneficio económico no es, por definición, una anomalía moral, sino una herramienta de coordinación social basada en intercambios voluntarios.

La cuestión relevante no es la existencia de ganancias, sino la existencia de privilegios. No es lo mismo una fortuna construida mediante innovación y competencia que una obtenida gracias a regulaciones diseñadas para bloquear rivales o capturar rentas políticas.

Otro aspecto llamativo es el énfasis colocado sobre los riesgos de la tecnología y la relativa escasez de referencias a los mecanismos espontáneos de adaptación social. La historia económica muestra que los mayores saltos de prosperidad no surgieron de planes centralizados sino de procesos descentralizados de innovación, competencia y descubrimiento empresarial.

La Revolución Industrial, internet o la economía digital no fueron el resultado de una autoridad global que anticipó correctamente el futuro. Fueron el producto de millones de decisiones individuales coordinadas a través de instituciones abiertas y mercados dinámicos. La capacidad humana para experimentar, corregir errores y generar soluciones desde abajo aparece menos desarrollada en el documento que la necesidad de supervisión desde arriba.

Algo similar ocurre con la confianza depositada en estructuras multilaterales. León XIV recupera una tradición de pensamiento católico que ve en la cooperación internacional una herramienta para enfrentar desafíos globales. Sin embargo, la experiencia reciente ha alimentado una creciente desconfianza hacia las burocracias transnacionales.

La crítica libertaria no rechaza la cooperación. Lo que cuestiona es la concentración de poder en organismos cada vez más alejados de los ciudadanos y menos sujetos a mecanismos efectivos de control político. Cuanto mayor es la escala de decisión, más difícil resulta identificar responsabilidades y corregir errores.

Finalmente aparece una cuestión más profunda: la relación entre ética y libertad.

La encíclica propone una visión moral exigente sobre el uso de la tecnología. En ese terreno existe un amplio espacio para el acuerdo. Toda sociedad necesita deliberar sobre los fines hacia los cuales orienta sus avances científicos. El problema surge cuando la reflexión ética deja de ser persuasiva y pretende transformarse en imposición institucional.

Una tradición liberal robusta acepta plenamente el debate moral, la crítica cultural y la discusión filosófica. Lo que rechaza es que una determinada concepción del bien se convierta en fundamento para restringir coercitivamente elecciones individuales pacíficas.

Allí se encuentra, probablemente, el núcleo del desacuerdo.

La preocupación de León XIV es evitar que la tecnología deshumanice al hombre. La preocupación liberal consiste en evitar que, en nombre de proteger al hombre, se fortalezcan estructuras de poder capaces de limitar su libertad.

Ambas inquietudes son legítimas. La cuestión decisiva es determinar cuál de los dos riesgos representa la amenaza más inmediata para una sociedad abierta.

Porque la historia demuestra que las tecnologías cambian. Los mercados evolucionan. Las empresas nacen y desaparecen. Pero el poder político, una vez expandido, rara vez retrocede por voluntad propia.


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