Durante décadas, la política argentina no solo se sostuvo sobre un modelo económico fracasado, sino sobre una hegemonía cultural cuidadosamente construida. No fue casual ni improvisada. La izquierda entendió antes que nadie que el poder real no se agota en el control del Estado: se consolida cuando logra dominar el sentido común, el lenguaje y los valores que una sociedad acepta como “normales”. Esa fue su mayor fortaleza. Y hoy, empieza a ser su talón de Aquiles.
Por eso el episodio en el que Javier Milei se sube a un escenario a cantar rock no debería leerse como una anécdota liviana ni como una excentricidad personal. Es un gesto político profundo. Un acto simbólico deliberado que rompe con la solemnidad impostada de la vieja política y disputa un terreno que la izquierda creyó propio durante décadas: la cultura. Milei no ignora esa batalla; la enfrenta de lleno.
El socialismo siempre supo que el poder se disputa en el plano cultural. Lo teorizó, lo planificó y lo ejecutó. Desde la educación hasta el arte, desde los medios hasta el lenguaje cotidiano, la izquierda colonizó el imaginario colectivo con una narrativa donde el Estado es protector, el mercado es sospechoso y el individuo es apenas una pieza subordinada al “proyecto colectivo”. Esa hegemonía cultural permitió justificar el avance del Leviatán incluso cuando los resultados eran pobreza, inflación y decadencia.










