Milei, Fátima, Rock y la batalla cultural que la izquierda creyó ganada para siempre

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porJuan Gabriel Flores
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Mientras la izquierda sigue defendiendo una hegemonía cultural agotada, Milei avanza sobre el terreno que define el futuro.

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Durante décadas, la política argentina no solo se sostuvo sobre un modelo económico fracasado, sino sobre una hegemonía cultural cuidadosamente construida. No fue casual ni improvisada. La izquierda entendió antes que nadie que el poder real no se agota en el control del Estado: se consolida cuando logra dominar el sentido común, el lenguaje y los valores que una sociedad acepta como “normales”. Esa fue su mayor fortaleza. Y hoy, empieza a ser su talón de Aquiles.

Por eso el episodio en el que Javier Milei se sube a un escenario a cantar rock no debería leerse como una anécdota liviana ni como una excentricidad personal. Es un gesto político profundo. Un acto simbólico deliberado que rompe con la solemnidad impostada de la vieja política y disputa un terreno que la izquierda creyó propio durante décadas: la cultura. Milei no ignora esa batalla; la enfrenta de lleno.

El socialismo siempre supo que el poder se disputa en el plano cultural. Lo teorizó, lo planificó y lo ejecutó. Desde la educación hasta el arte, desde los medios hasta el lenguaje cotidiano, la izquierda colonizó el imaginario colectivo con una narrativa donde el Estado es protector, el mercado es sospechoso y el individuo es apenas una pieza subordinada al “proyecto colectivo”. Esa hegemonía cultural permitió justificar el avance del Leviatán incluso cuando los resultados eran pobreza, inflación y decadencia.

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La novedad no es que exista una batalla cultural. La novedad es que, por primera vez en décadas, alguien la disputa desde el poder político sin pedir permiso. Milei irrumpe como una anomalía porque no intenta adaptarse a la estética progresista ni busca la aprobación del establishment cultural. No habla el lenguaje de la corrección política, no simula moderación para tranquilizar a periodistas ni académicos, y no acepta la liturgia republicana como coartada del inmovilismo. Entiende que sin ruptura simbólica no hay transformación real.

Ahí aparece el núcleo del problema para la izquierda. Su hegemonía cultural se volvió burocrática, moralizante y autorreferencial. Dejó de ser contrahegemónica para convertirse en cultura oficial. Museos, universidades, organismos internacionales y medios repiten consignas gastadas mientras se presentan como rebeldes. Milei, en cambio, ocupa el lugar que ellos abandonaron: el de la disrupción. El de la irreverencia. El de la impugnación directa al poder establecido, incluso cuando ese poder se disfraza de progresismo.

El rock no es un detalle menor. Históricamente fue un lenguaje de ruptura con la autoridad, con lo impuesto, con lo uniforme. Que un presidente liberal se apropie de ese código no es frivolidad: es una señal política. Es afirmar que la libertad no es solo una discusión técnica sobre impuestos o déficit, sino una actitud vital frente al Estado. Milei conecta con símbolos no domesticados porque entiende que la batalla cultural no se gana desde el Boletín Oficial, sino desde el sentido común popular.

Aquí es donde la figura de Antonio Gramsci resulta clave. Gramsci enseñó a la izquierda que no bastaba con tomar el poder político: había que construir hegemonía cultural para que ese poder se volviera estable y legítimo. Durante décadas, el progresismo aplicó esa lección con eficacia. Milei hace algo todavía más disruptivo: usa las armas de Gramsci contra Gramsci. No busca imponer una nueva cultura desde el Estado, sino desmontar la hegemonía existente exponiendo su vacío moral y su fracaso material.

Mientras el gramscismo apostó a la pedagogía estatal y al control institucional de la cultura, Milei apela a lo imprevisible, a lo no planificado, a lo espontáneo. No construye hegemonía desde arriba; la disputa desde abajo. No moraliza; provoca.

No adoctrina; desafía. En términos gramscianos, Milei no intenta reemplazar una hegemonía por otra desde el aparato estatal, sino romper el consenso que sostenía a la hegemonía progresista. Y eso es exactamente lo que más la desestabiliza.

Por eso el kirchnerismo reacciona con furia. No es solo por el ajuste fiscal, el superávit o la motosierra. Es porque Milei desarma el relato que legitimó al estatismo durante años. Deja al descubierto que la “sensibilidad social” fue muchas veces la máscara del saqueo y que la solemnidad institucional sirvió para ocultar el empobrecimiento sistemático de la sociedad.

La batalla cultural que encarna Milei no es un capricho ni una pose. Es una estrategia de fondo. Porque sin un cambio cultural profundo, las reformas económicas son reversibles. Sin una sociedad que deje de ver al Estado como salvador, cualquier intento de libertad es transitorio. Milei lo sabe. Y actúa en consecuencia.

Mientras la izquierda sigue defendiendo una hegemonía cultural agotada, Milei avanza sobre el terreno que define el futuro. Y en esa disputa, el progresismo ya no juega de local.