Quien reduce el conflicto palestino-israelí a un problema de “ocupación” o “colonialismo” está, conscientemente o no, leyendo el Medio Oriente con un manual marxista en la mano. La izquierda materialista, tanto europea como latinoamericana, interpreta cualquier disputa como una lucha de clases, un enfrentamiento entre opresores y oprimidos. Esa visión puede servir para analizar huelgas o injusticias laborales, pero fracasa estrepitosamente cuando se aplica a un conflicto cuyas raíces son teológicas.
En la cosmovisión islámica clásica, la Tierra de Israel forma parte del Dar al-Islam (territorio del islam) y, más específicamente, es considerada parte del Wakf al-Islamiya, patrimonio religioso inalienable. Según la sharía, cualquier tierra que haya estado bajo dominio musulmán queda consagrada para siempre al islam y nunca puede ser gobernada legítimamente por no musulmanes. Este principio, recogido por juristas como Al-Mawardi y reforzado por la escuela Hanbali, no es negociable.
En este marco, los judíos y cristianos pueden existir, pero solo como dhimmis, protegidos pero subordinados, pagando la jizia (Corán 9:29) y aceptando limitaciones humillantes: no construir nuevas sinagogas, no portar armas, no montar caballos, ceder el paso al musulmán en la calle. Un Estado judío soberano no es solo ilegítimo: es herético.













