Quien reduce el conflicto palestino-israelí a un problema de “ocupación” o “colonialismo” está, conscientemente o no, leyendo el Medio Oriente con un manual marxista en la mano. La izquierda materialista, tanto europea como latinoamericana, interpreta cualquier disputa como una lucha de clases, un enfrentamiento entre opresores y oprimidos. Esa visión puede servir para analizar huelgas o injusticias laborales, pero fracasa estrepitosamente cuando se aplica a un conflicto cuyas raíces son teológicas.
En la cosmovisión islámica clásica, la Tierra de Israel forma parte del Dar al-Islam (territorio del islam) y, más específicamente, es considerada parte del Wakf al-Islamiya, patrimonio religioso inalienable. Según la sharía, cualquier tierra que haya estado bajo dominio musulmán queda consagrada para siempre al islam y nunca puede ser gobernada legítimamente por no musulmanes. Este principio, recogido por juristas como Al-Mawardi y reforzado por la escuela Hanbali, no es negociable.
En este marco, los judíos y cristianos pueden existir, pero solo como dhimmis, protegidos pero subordinados, pagando la jizia (Corán 9:29) y aceptando limitaciones humillantes: no construir nuevas sinagogas, no portar armas, no montar caballos, ceder el paso al musulmán en la calle. Un Estado judío soberano no es solo ilegítimo: es herético.
El Pacto de Omar, texto clásico de la tradición islámica, regula esta sumisión. No se trata de un anacronismo: Hamás lo menciona indirectamente en su Carta Fundacional de 1988 y líderes como Yusuf al-Qaradawi lo evocan para justificar la lucha armada. El propio líder espiritual de Hamás, el jeque Ahmed Yassin, declaró en 1998: “La Yihad continuará hasta que Palestina sea toda islámica”.
Esto explica por qué el objetivo declarado no es solo “liberar Cisjordania” sino “Palestina, desde el río hasta el mar”, un lema que implica la desaparición total de Israel. No es un problema de fronteras, sino de existencia.








